La adolescencia es un período de vida complejo, caracterizado por patrones de vida adquiridos en la infancia y la absorción de modelos de vida considerablemente estereotipados en tiempos de la postmodernidad. A diferencia de la niñez, la adolescencia no es ese tiempo de maravilla, juego y curiosidad que caracteriza a la infancia; tampoco es la época de madurez, sobriedad y claridad que generalmente implica la vida adulta. La adolescencia es una combinación de ambas. Un adolescente es la persona cuya edad está entre los doce años cumplidos y menos de dieciocho, dice la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes.

Si exploramos la sociedad adolescente, encontraremos por un lado que cada generación tiene su dinámica de aprendizaje y comportamiento social. Los adolescentes de principios de este siglo XXI son nacidos en tiempos de aceleradas transformaciones en comparación con los de los años sesenta. Y por otro lado, encontraremos que la vida adolescente es compleja en sí misma y por tal razón requiere ser comprendida desde la complejidad, porque está reseñada de incertidumbres, vacía, enredada, desordenada, con una constante lucha de búsqueda y producción de autonomía. Los adolescentes pueden ser racionales e irracionales, perseverantes y capaces de desistir en un mismo momento, como decía Aristóteles: “los jóvenes están llenos de ardientes deseos y son capaces de realizarlos; pero son volubles y pronto se hastían”.

La adolescencia no es un lugar seguro y de resguardo, en la actualidad, se ha convertido en un período de conflicto en el cual los padres se preparan para afrontar las pugnas que se presentan con la llegada de esta etapa. Algunos adolescentes suelen ser herméticos, desafiantes, desconfiados, sarcásticos, hostiles y a veces insoportables, su vida secreta puede aparentar estar bien, aunque en realidad está fatal, “primero muertos que contar la verdad a los adultos”, y a veces es literal, se suicidan. Otra consecuencia de esta etapa es el conflicto con la Ley, pues suelen ser impulsivos, irritables, con baja tolerancia a la frustración y tendencias al riesgo, lo que puede incidir para que cometan actos delictivos en solitario contra la propiedad o actos vandálicos hasta delitos contra la salud, de lesiones, de robo y más recientemente la comisión de delitos en contra del honor de las personas a través de plataformas digitales como las redes sociales dañando la imagen, la autoestima y la confianza de quienes resultan expuestos (ciberbullying), o bien, pueden actuar amparados por la protección que les brinda un grupo y convertirse en un medio o activo que el crimen organizado utiliza para el desarrollo de sus actividades.

El Sistema Penal Mexicano reconoce que no es posible sancionar a un menor de la misma manera que a un adulto; se orienta, a través del principio de defensa del interés superior de la niñez; el andamiaje institucional de prevención del delito en los adolescentes se concentra en la no reincidencia de conductas delictivas y la detección oportuna de conductas antisociales para la debida atención, dentro de un marco Constitucional garantista vigente. Sin embargo, la delincuencia en los adolescentes no se produce de forma aleatoria, es fruto de diversas variables que interactúan entre sí, es parte de una cultura, de valores, de conflictos económicos, políticos y sociales en los que todos estamos inmersos. Es un problema multidisciplinar. Por lo que es imperante continuar con el esfuerzo corresponsal de procurar el buen desarrollo de los adolescentes, desde las Instituciones hasta la familia, quizá la habilidad más importante que los padres deben tener a la hora de hablar con sus hijos es escucharles para que compartan sus intereses, problemas, inquietudes y necesidades actuales. Porque siempre será mejor prevenir que intervenir.

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