Despierto muy de mañana, y debajo escucho ruido en la cocina. De la modorra me saca el aroma del desayuno. Bostezando todavía, no son ni las siete, bajo la escalinata, y me encuentro en la mesa de la cocina al Licenciado (casi), zampándose unos chilaquiles; yo me pongo a preparar café.

Le comento que he comenzado el libro que me ha dejado, luego de leerlo de Thomas Bernhard, un neerlandés austriaco demencial que escribe, lo he constatado, en un torrente de palabras la mar de divertidas, de seductoras e inquietantes, la historia de su amistad con Paul, el sobrino, nada menos, de Ludwig Wittgenstein.

Yo le cuento al Licenciado (casi), mientras damos tragos cortos a un aromático y severo café de Costa Rica, de aquel divertido incidente que, en su día, poco después de la Segunda Guerra, tuvieron Wittgenstein y Popper, en Cambridge, con Bertrand Russell haciendo el papel del pacifista, mientras Wittgenstein amenaza a Popper con un atizador de chimenea.

Paul, le cuento a mi hijo, el padre del Paul de la novela, perdió un brazo, el derecho si no me equivoco, en el frente en la Gran Guerra, lo que era una desgracia para él que fue un reconocido concertista; Paul Wittgenstein, judío como todos los demás, se refugió en Estados Unidos tras la hecatombe del nazismo y, aun sin un brazo, siguió tocando el piano; Fue para él que Ravel compuso el famoso Concierto para la mano izquierda.

Resulta obvio que estas charlas no las puedo tener con otro que mi hijo, quien a los 21 años que tiene es un erudito precoz, un pianista aficionado bastante competente, y en general un permanente motivo de orgullo. Él me llena de satisfacciones y yo me avergüenzo un poco, o más bien mucho, de haber caído en la ruina y por ello ser causa de sus veladas preocupaciones. –No te preocupes –suele tranquilizarme.

En fin, más tarde, hace unos minutos, yo me dispongo a bajar a mi estudio a escribir estas líneas, y me detengo a las puertas del salón donde algo toca en el piano, que es una de las delicias de la vida doméstica, una vida doméstica que me resulta tan extraña como si hablara de la vida marciana, o la vida contemplativa, vidas todas que me son ajenas. Y es que el zarévich, que ya no lo es más, está aquí de paso y solo como una brevedad: ha venido a pasar estos días, aprovechando sus pequeñas vacaciones de Semana Santa, para marcharse en unos días, siempre demasiado pronto, a seguir con sus cosas: graduarse en dos meses y de inmediato seguir con sus estudios y con su vida, que ha decidido –para bien– hacer del otro lado del mundo.

De los escasos días de su visita –yo tenía justo un año de no poder verle–, apenas han transcurrido cuatro y pronto me he acostumbrado a saberle por allí; ya leyendo, ya escribiendo alguna monografía de fin de cursos, ya tocando alguna de sus cosas en el piano (toca a Satie con una firmeza deslumbrante); todo, sabiendo que estas escenas, estas charlas, esta sensación de una vida familiar me durará apenas unos días más.

Se marchó siendo casi un niño, no sin temores e incertidumbres, pero decidido a cumplir sus sueños, con la vida en dos maletas, y, siguiendo el mejor consejo que supe darle, sin siquiera mirar atrás; el abrigo del cariño de su madre y del mío, le habrán cobijado en las noches oscuras que seguramente ha de cruzar de vez en vez, pero que afronta con una entereza que me resulta desconocida; a mí siempre me deja ver su sonrisa, quizá para no agregar otra cuita a mis calamidades recientes.

Me duró muy poco esa vida doméstica que nunca pude imaginarme, pero agradezco lo indecible por estos momentos, breves, fugaces y demasiado poco frecuentes, pues sé que mi obligación siempre fue dar aliento a sus sueños. Lo sigue siendo.

Ahora que se marche, que su piano vuelva a enmudecer, que no se escuche sino el eco de mis pasos en esta casa luego tan vacía, me consolaré sabiendo que al menos pudimos hacer el café de esta mañana, sabiéndole allá, tan lejos, en su empeño por hacer algo de su vida, dejando huella allí por donde pasa.

Ya hablaré yo de Russell, Wittgenstein, Adorno y compañía con el espejo.

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