Luis Muñoz Fernández

Esta segunda semana de diciembre hemos atestiguado la aplicación de la primera vacuna contra el coronavirus en el brazo de Margaret Keenan, una nonagenaria británica de aspecto apacible. La vacuna, inventada por un matrimonio de inmigrantes turcos que residen en Maguncia, Alemania, corresponde a una nueva generación de agentes vacunales basada en las instrucciones genéticas para fabricar proteínas virales.

Es un salto conceptual cuántico en relación a las costras pulverizadas de los enfermos de viruela que las campesinas turcas se inoculaban para inmunizarse en fiestas organizadas ex profeso desde tiempos inmemoriales. Así fue como Lady Mary Wortley Montagu, la esposa del cónsul británico en Estambul, llevó la curiosa práctica desde Turquía a la Inglaterra del siglo XVIII, inaugurando una de las estrategias más fecundas de la medicina moderna.

La experiencia de vivir mientras se desarrolla una pandemia como la actual es también una oportunidad de observar atentamente el cruce de historias que, viniendo del pasado, cobran hoy insospechada vigencia. Turquía, tierra pródiga en aportaciones universales, desde algunos de los grandes médicos de la antigüedad como Galeno hasta los primeros hospitales de Occidente, nos vuelve a regalar en dos de sus hijos la ciencia que ha permitido cristalizar la esperanza de una defensa eficaz contra el temido SARS-CoV-2.

Esta vacuna pareciese unir la obsesión del presidente de la República con la moral de la sociedad y la historia de una vacuna diseñada para abolir todos los vicios. Esa historia la acaba de sacar a la luz el periódico “El País” y su autor fue ni más ni menos que Santiago Ramón y Cajal, el científico español que ganó en 1906 el Premio Nobel de Medicina por descubrir la arquitectura del tejido nervioso. El relato, publicado originalmente en 1885, se titula “El fabricante de honradez” y puede leerse como parte de sus “Cuentos de vacaciones”. Su autor concluye que pretender eliminar totalmente la depravación de una sociedad acaba siendo contraproducente.

Una vacuna para controlar la conducta de la población puede parecer cosa de risa, pero no es una idea tan descabellada para quienes hoy mismo han señalado que la vacuna contra el coronavirus pudiera contener un dispositivo electrónico minúsculo patrocinado por Bill Gates con el avieso propósito de volvernos a todos dóciles consumidores de sus productos y, de paso, hacer estériles y carentes de libido a los vacunados. Desafortunadamente, todavía no hay una vacuna para las ocurrencias.

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