Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

31 de octubre de 2019. El Congreso del Estado realiza una sesión solemne para develar en una de las paredes del salón de sesiones la leyenda Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes. Para celebrar el fasto, la universidad lleva a cabo un alarde en la Plaza de la Patria, que comienza con la toma de una fotografía monumental del icono benemérito formado por estudiantes, profesores y administrativos que visten playeras en blanco y negro.

Prácticamente todo está listo; fotografiados y fotógrafos en sus puestos. En la pantalla del escenario de la parte norte comienza a proyectarse la imagen de lo que ocurre en el salón de sesiones del Palacio Legislativo. Se ve la tribuna ocupada por un grupo de personas, una de las cuales lee algo.

–Ahorita va a aparecer el rector en la transmisión, y les vamos a pedir a todos, silencio absoluto. ¿Estamos?

La nueva voz habla de la importancia que ha tenido la universidad para el estado. “La gran verdad… es que no se concibe el Aguascalientes de hoy, sin la presencia de su universidad, por lo que para el Congreso del Estado… resulta imprescindible reconocer la incansable y decidida labor de la comunidad universitaria, otorgándole justo reconocimiento a la universidad, al grado de ser considerada benemérita, por ser una institución fundamental en la historia de nuestro estado. El título de benemérito significa algo digno de un galardón, que merece premio, agradecimiento, o estimación por sus servicios. Proviene del latín bene meritus, que significa: lo ha merecido bien … Es por ello que esta declaración… debe de conceder a la universidad por sus aportaciones trascendentales, su vocación de servicio e innumerables beneficios de entrega a la sociedad, por lo que a la sociedad de Aguascalientes, a través del Congreso del Estado le resulta ineludible reconocer a la Universidad Autónoma de Aguascalientes, por su labor fundadora y consolidada como la máxima casa de estudios de nuestro estado, por lo que debe incorporarse a su nombre el título de benemérita como justo homenaje…

Lo que ahora vemos en la pantalla es que algunos de los que presiden la sesión bajan al área donde están los mesa bancos de los diputados, se unen con algunos miembros de los órganos de gobierno de la universidad que estaban en el patio de butacas, y todos se dirigen hacia la pared. Y a propósito de presidir, no nos acompaña, a su pueblo, el Ejecutivo estatal, y en su lugar asiste el secretario general de Gobierno. ¿Qué cosa más importante habrá tenido que hacer aquél, que le impide estar hoy aquí y ahora? ¿Qué le significa la UAA?

Uno de estos letrados jala un cortinaje y aparece la leyenda Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes. Todos aplauden, y se acabó la ceremonia. En la plaza viene ahora la toma de la fotografía.

Mucho se escribió en aquellos días en torno a este asunto de la autonomía, en un debate que aparentemente ha quedado cerrado, y sin embargo… Me queda claro, y supongo que a los promotores de la medida también -aunque quién sabe: entre políticos (estén en la posición en que estén, en este bando o en el otro) puede ocurrir la cosa más inverosímil y absurda; la más ruin-; me queda claro que cualquier cambio que se haga a los ordenamientos que rigen la vida de la universidad, deberá hacerse con el concurso de los universitarios, y que difícilmente prosperará algo que pretenda realizarse al margen de ellos; de la institución.

En este gran teatro del mundo; en esta feria de la vida, todos jugamos a ponerle la cola al burro, es decir, a explicarnos la realidad… Pero nos han vendado los ojos: no tenemos toda la información, porque mucho de lo trascendente se genera en las sombras, casi en silencio, y lo que sale a la luz es sólo el resultado. Entonces -sigo con mi metáfora- aquí andamos por la vida con una inocente cola de estambre de la mano. Nos acercamos a la pared, de la que pende un cartel pintado con un burrito negro descolado, a echar nuestro cuarto a espadas, y en el trance escuchamos los gritos de quienes nos observan, guiándonos hacia donde se encuentra esa parte del cuerpo de la que pende la cola, o al menos eso se supone.

Entonces, cada quien ofrece su explicación de lo ocurrido, y unos pondrán la cola entre los ojos, o en el cuello, en medio del vientre, y quizá no falten quienes se aproximen, e incluso la pongan en su lugar. ¿Cómo saberlo, si quienes iniciaron todo el relajo; los auténticos, no los títeres que aparecieron a la luz pública, permanecieron en las sombras, en silencio, observándonos y sonriendo o haciendo muecas, dependiendo de lo cerca o lo lejos que nos encontráramos de la verdad?

En fin. Ya para acabar, o casi, a la hora de los dimes y diretes; de las lindes y los deslindes; del yo no fui al yo la retiro, del gracias, al tú discúlpate, los que mandan desde el Palacio de Gobierno deberían saber -¿será cosa de elemental derecho constitucional?-, que el Gobierno del Estado no son ellos, y que el poder público, para evitar excesos, se fragmentó en tres poderes con funciones diversas, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, justamente para propiciar el equilibrio y evitar abusos. Ese es el auténtico, único, Gobierno del Estado, y no sólo uno de los poderes.

Vámonos, hay que regresar… Por la acera sur de la calle Juan de Montoro se acerca a la plaza un montón de momias, vampiros, catrinas y calacas. Pasan todos sus integrantes muy agarrados de las manos, de dos en dos, escoltados por adultos que caminan a su lado, porque sus edades oscilan de los 4 o 5 a los 7 u 8 años. Caminan gritando: ¡Los muertos queremos dulces! ¡Los muertos queremos dulces!… En verdad somos una especie extraña, con esta obsesión festiva por la muerte, una manera curiosa de celebrar la vida. En cuanto a los universitarios… Somos miles; somos legión y estamos en todas partes. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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