Una tormenta tropical, que parecía no representar ningún peligro para la costa de Guerrero, en el lapso de 12 horas se convirtió en un huracán categoría 5, es decir, el máximo en fuerza y peligrosidad, entrando por Acapulco con toda su potencia.

El daño causado al puerto de Acapulco es incalculable y la prioridad es ayudar al millón de habitantes que resultaron gravemente afectados. El número de muertos y desaparecidos se incrementa constantemente y la posible tragedia humanitaria por la falta de agua y alimentos sigue latente. Por lo pronto, se estiman las pérdidas económicas entre 10 y 15 mil millones de dólares.

Voltaire, en su Poema sobre el desastre de Lisboa, pone en duda la existencia de un Dios benevolente y de que éste sea el mejor de los mundos posibles, como lo argumentaba Leibniz, ante el enorme terremoto, tsunami e incendio que destruyó Lisboa el 1 de noviembre de 1755, causando alrededor de 100 mil muertos.

En nuestro país, el actual gobierno ha tratado de vendernos que el México de la 4T es el mejor México posible y que los gobernantes emanados de MORENA son benevolentes. Esto a pesar de su responsabilidad en las 800 mil muertes por la pandemia de COVID, en el fallecimiento de los niños con cáncer por falta de tratamiento, en los 35 mil asesinados por la inseguridad cada año y en atender a los damnificados en Acapulco. Desafortunadamente, hay muchos cándidos que creen en las bondades del actual gobierno, a pesar de las evidencias.

La reacción ante el desastre de Acapulco es una muestra más de la incapacidad de los tres niveles de gobierno, todos de MORENA en este caso. No fueron capaces de reaccionar a tiempo para advertir a la población, a pesar de que una aplicación para celulares podía haber advertido del peligro unas horas antes; no previeron lo necesario para hacer frente a un desastre de esta magnitud porque no estaban preparados para esperar lo peor.

Algunos reclamos sobre el manejo del desastre se han concentrado en la desaparición del FONDEN, un fideicomiso que contaba con recursos para afrontar calamidades como la que se acaba de presentar en Acapulco y que el actual gobierno desapareció. Pero el problema no es el dinero, ya que éste puede obtenerse de alguna parte, sino la capacidad del Estado mexicano para usar bien ese dinero y responder a esta contingencia. Desafortunadamente, ya había una ausencia del Estado en Acapulco al dejar el puerto en manos del crimen organizado, quien vive del tráfico de drogas, del cobro de derecho de piso y del robo, en total impunidad. Ante esta tragedia, se resiente aún más la ausencia del Estado mexicano.

En el corto plazo urge resolver el problema de seguridad, buscar a los desaparecidos, abastecer de electricidad, gasolina, medicinas, servicios médicos, alimentos, agua, techo, etc., a la población. En el largo plazo, la reconstrucción deberá acelerarse para que el millón de habitantes de la zona recupere sus viviendas y fuentes de sustento. De otra forma, se generará un problema social de enormes dimensiones. Pero esta tarea tardará años.

La sociedad civil ya está respondiendo con la solidaridad que le caracteriza y se puede repetir la experiencia del gobierno de Miguel de la Madrid cuando, ante su pasividad y lentitud ante el sismo de septiembre de 1985, la sociedad tomó en sus manos el rescate de la ciudad de México. El gobierno no debe temer a esta ayuda, sino encabezarla. Lo que urge es salvar las vidas de los cientos de miles de damnificados.

La reconstrucción de Acapulco será difícil y tomará tiempo. Hará falta la ayuda de los empresarios para recuperar puestos de trabajo y del gobierno para restaurar servicios básicos y la seguridad. Como en 1985, parece que la única respuesta a la tragedia es la solidaridad de la sociedad ante la falta de preparación de los gobiernos para hacer frente a estas desgracias.