Luis Muñoz Fernández

Gerónimo Aguayo, hermano y colega, me compartió recientemente un párrafo que no tiene desperdicio. El párrafo, que está en el prefacio de “Cartas del diablo a su sobrino” (1942) de C. S. Lewis, es asombrosamente vigente:

“Me gustan mucho más los murciélagos que los burócratas. Vivo en la Era del Dirigismo, en un mundo dominado por la Administración. El mayor mal no se hace ahora en aquellas sórdidas ‘guaridas de criminales’ que a Dickens le gustaba pintar. Ni siquiera se hace, de hecho, en los campos de concentración o de trabajos forzados. En los campos vemos su resultado final, pero es concebido y ordenado (instigado, secundado, ejecutado y controlado) en oficinas limpias, alfombradas, con calefacción y bien iluminadas, por hombres tranquilos de cuello de camisa blanco, con las uñas cortadas y las mejillas bien afeitadas, que ni siquiera necesitan alzar la voz. En consecuencia, y bastante lógicamente, mi símbolo del Infierno es algo así como la burocracia de un estado-policía, o las oficinas de una empresa dedicada a negocios verdaderamente sucios”.

Hoy vivimos tiempos en donde importan mucho más los burócratas, los predicadores de la misión, la visión y los valores, que quienes trabajamos con las manos la materia prima, los que formamos parte de lo que se llama, no sin desdén, “el nivel operativo”. ¡Cómo me acuerdo mi padre con su bata de mecánico cuando me describía a los jóvenes ingenieros recién egresados, de pulcra vestimenta, que pretendían enseñarle cómo hacer su trabajo! “Pixatinters” (“mea tinteros”), los llamaba en catalán.

Quienes impartimos clases, conscientes de nuestras muchas limitaciones, sufrimos el imperio de una caterva de pedagogos, no todos, empeñados en someternos a sus “estrategias educativas” -dictadas en realidad por los poderes económicos globales- que, según ellos, nos harán mejores profesores. Devotos de la pirotecnia informática, a la que confunden con la calidad educativa, hoy viven días de gloria por la enseñanza telemática a la que nos obliga la pandemia.

También los médicos del sector público somos presa de administradores que, salvo honrosas excepciones, son las metástasis con las que el cáncer de la depredación política infiltra y saquea los hospitales públicos. Con su farragoso papeleo y el mantra falaz del “no hay recursos”, se desentienden de los gravísimos asuntos que están en juego: la salud y la vida de los ciudadanos.

Parece exagerado, pero no lo es.

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