Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Luego de la muerte de Madero y después de la estrepitosa caída de Victoriano Huerta, coincidieron en la Ciudad de México Francisco Villa y Emiliano Zapata, y estuvieron juntos en Palacio Nacional, en el que por cierto Maximiliano de Habsburgo no quiso vivir por considerar que la sede de los poderes no debería ser la residencia de la persona al frente del estado. Se cuenta que Villa invitó a Zapata a sentarse en la silla presidencial, lo que Zapata declinó pero Villa se sentó y se sentó muy a sus anchas. Algo tiene esa silla que hace que quien se sienta en ella ya no se quiera levantar. Lo han experimentado varios de nuestros jefes políticos, desde luego Santa Anna que en ocho diversas veces ocupó el cargo máximo como jefe del país con diferentes denominaciones, le sucedió a Juárez que llegó por la vía burocrática a la presidencia, cubriendo la falta del Presidente por ser Presidente de la Corte y luego, ¿qué creen? alargó el mandato por las circunstancias especiales que atravesaba el país, desde luego pasó con Porfirio Díaz que se sacrificó por la patria en varias ocasiones para poder terminar su obra de pacificación y progreso.

El denominador común de todos los dictadores es que su permanencia en el poder no es por el poder mismo sino por servir a la patria, todos se sacrifican por culminar la tarea en la que el “destino manifiesto” los colocó. Llámense Tito, Salazar, Franco, Somoza, Dr. Francia, Pinochet, Maduro, Noriega u Ortega.

Luego de las sucesivas traiciones, revueltas, asonadas, etc., que a falta de un nombre más rimbombante llamamos Revolución Mexicana, el Jefe Máximo diseñó un gobierno en el que en torno a instituciones que deberían ser fuertes, se combatiría el caudillismo, él mismo, Plutarco Elías Calles, sufrió el destierro para preservar su obra antes de que siguiera perpetuándose como el avatar de la Revolución y del Gobierno. Lázaro Cárdenas le invitó a cerrar la puerta del país por fuera, como decía el bien recordado Lic. Eutimio Serna Chávez, el “Ceritos”. El general Ávila Camacho desapareció el sector militar del Partido (sólo había uno de verdad) y dejó la estructura básica con tres sectores: campesino, obrero y popular. La “dictadura perfecta” se consolidó con un mecanismo no escrito ni regulado pero conocido y acatado, en el que el Presidente de la República tenía todo el poder hasta nombrar a su sucesor, hecho con el culminaba su ejercicio y con el que empezaba a declinar su fuerza.

La dictadura perfecta resultó no ser tan perfecta, la tentación del autoritarismo se hizo presente muchas veces y sucumbieron a ella los presidentes. La necesidad de acotar el presidencialismo y la de reducir los márgenes de discrecionalidad de la autoridad, así como dotar al país de un sistema confiable de organización y supervisión de las elecciones dieron como resultado la creación de organismos constitucionales autónomos que empezaron a configurar el inicio de una vida democrática. El ejército, que para bien de la vida pública había dejado de jugar un papel protagónico, fue limitado aún más como resultado de la resolución indubitable de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que obligó al Gobierno Mexicano a someter a las fuerzas armadas a los juzgados civiles cuando en hechos del ejército hubiesen intervenido o resultado afectados “paisanos”.

El desgaste y, sin duda, la grave corrupción que ha experimentado el país ha sido un tema recurrente para los presidentes, ni la inventó ni inventó su combate López Obrador. Ruiz Cortines hizo una bandera de su combate, López Portillo tomó como lema “la corrupción somos todos”, De la Madrid creó una secretaría de estado para combatirla. La alternancia no tuvo los resultados esperados y tras larga espera Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones de una manera inobjetable pero con una falta de legitimidad real. Sólo la tercera parte del electorado votó por él pero obtuvo la mayoría.

Contra lo que podría esperarse por su edad, por los largos años de lucha, por el conocimiento de primera mano del país, por los “amarres” que sin duda tuvo que realizar para acceder al poder, la silla presidencial lo ha afectado más fuertemente que a todos los presidentes anteriores desde Lázaro Cárdenas para acá.

El desmantelamiento del sistema de controles ha sido sistemático y desde luego no casual. Andrés Manuel se ha inventado un personaje mezcla de reivindicador social, padre bonachón, predicador cristiano, profesor rural, militar en retiro, humorista involuntario y súper héroe en el que el “pueblo sabio” ha proyectado sus frustraciones, limitaciones y carencias. En buena parte “representa” lo que muchos mexicanos quisieran tener como modelo, guía o avatar. Habla torpe pero claramente asegurándose de que su mensaje simplista y directo penetre en sus seguidores. El reparto de “limosnas oficiales” que desde luego, ha contribuido por una parte a paliar la miseria generalizada de los mexicanos y por otra a asegurar una cauda de seguidores que le agradecen como si fueran favores personales y peor aún, que lo confunden con un acto de justicia y no de proselitismo, le ha asegurado un número de incondicionales.

Los signos son ominosos: el cinismo con el que se conduce, la fría forma de mentir, la difamación constante e impune, el ataque disfrazado de defensa, la apelación a datos falsos, el soporte en argumentos desgastados y sofistas y, sobre todo, el jugar el papel de víctima como consecuencia de luchar por la reivindicación de los oprimidos y sojuzgados. “Primero los pobres”.

Lo decía James Bond: la primera es mala suerte, la segunda es coincidencia, la tercera es acción del enemigo. El propósito de Andrés Manuel López Obrador ya no puede disfrazarse, ha estado preparando el terreno para un gobierno autocrático sin limitaciones ni cortapisas. La decisión presidencial más reciente, ordenar al Senado saltarse a la torera mediante un artículo transitorio disposiciones constitucionales que regulan la Suprema Corte de Justicia y el cinismo con el que públicamente lo reconoció y lo defendió, quitó el último velo de duda. No la hay, estamos en el camino de una dictadura, salvo lo que las urnas digan las próximas elecciones.

 

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