1a Función
“BAJO LA MISMA ESTRELLA” (“THE FAULT IN OUR STARS”)

COLUMNA CORTELa violencia corporal y emocional que evoca la simple mención de la palabra “cáncer” y las ondas de choque anímicas que alcanzan a todos aquellos allegados a quien lo o la padece suele acoplarse paradójicamente a la idealización romántica como premisa para el desarrollo de relatos sobre idilios afectados o truncados vía metástasis, lo que en ficción ha resultado toda una veta inacabable de historias por la capacidad de poner de rodillas la sensibilidad del espectador frente a esta idea que parece arrojar siempre resultados favorables -al menos en materia monetaria, pues en contenidos, propuestas y audacia narrativa suele percibirse raquítica por ese ineludible favoritismo a la complacencia-, ya que el amor y la muerte son conceptos que funcionan análogamente para el espectador y su continua demanda de tragedia especulativa. En el caso de “Bajo La Misma Estrella” sucede algo peculiar, pues no se abandona a sí misma en los desolados terrenos de la catástrofe sensiblera ni logra emanciparse de la fórmula ya conocida (una chica, llamada Hazel -Shailene Woodley-, quien padece de cáncer tiroidal en estado delicado, conoce a un chico, llamado Augustus -Ansel Elgort- también afectado por el mal en su variedad Osteosarcoma, por lo que ya ha perdido una pierna y, por supuesto, se enamoran), simplemente aborda el tema desde una óptica meramente posmoderna y se ajusta a las necesidades de su audiencia meta -púberes y semiadolescentes fanáticos del exitoso libro en que se basa- para generar una narrativa amable, indolora y con tendencia a una tierna fatalidad que semeja un algodón de azúcar negro. Los eventos se marcan por el deseo de Hazel en conocer al autor de un libro con el que ella se identifica plenamente en un juego de meta-relato que guiña indecorosamente a lo que sin lugar a dudas John Green -el creador literario de esta historia- probablemente experimenta día a día. Para ello, cuenta con el apoyo incondicional de Augustus, quien se encuentra a su lado en cada momento y funge no solo como muleta emocional para la confundida chica sino además aporta una mirada sutilmente socarrona a la enfermedad que los mina, pues para el optimista joven su condición es tan solo la posibilidad de vivir desde otra perspectiva. Muy encomiable y en el contexto de la película podría erogar en algo por demás interesante, pero la cinta simplemente no puede superar su propia adversidad: el miedo a ir más allá de lo convencional, ya que su tratamiento argumental es básico en extremo y brutalmente predecible, equiparándose con cualquier otra cosa que ya hemos visto por el canal Hallmark con sus planteamientos diluidos y antisépticos, temerosos de ofender o sobresaltar la percepción de un público que ya tiene por demás entendido de qué trata el cáncer y sus consecuencias. Los jóvenes histriones se muestran resueltos y aún cuando sus oportunidades laborales no han sobrepasado los relatos juveniles de moda (la película previa de ambos fue la aburridísima “Divergente”), es probable augurarles un relativo éxito debido gracias a su poco explorado carisma y cualidades histriónicas, sobre todo Woodley, quien podría ser la hermana perdida de Jennifer Lawrence tanto en físico como en labor actoral. La película no pretende hacer del cáncer un instrumento romántico, pero sí se enamora demasiado de sí misma a pesar de sus esfuerzos por engendrar un lineamiento de exploración realista y terso, como si el novato director Josh Boone se autosaboteara constantemente mientras se desacraliza la enfermedad a la par que se regodea en los consabidos clichés argumentales que sobre el mismo se han presentado en incontables historias, idealizando a sus personajes tan solo porque sus cuerpos los han traicionado.
Como diría el doctor Gregory House, “hasta un ebrio con un violín podría decir que es un ángel”.
Cinta para fans y nada más.

2a Función

“LA JAULA DE ORO”
Un jovencito llamado Juan (Brandon López), nuestro personaje principal, mira como cae la nieve como solo un hombre viejo que mora en su interior puede mirar. De origen guatemalteco, ha llegado a los Estados Unidos pagando varias cuotas emocionales que lo han transformado, mutado en aquel ser que debió extraviar su alma por seguir la senda del hambre que provoca vivir en el Tercer Mundo y venderse a sí mismo como peón de un destino cruel que lo colocó como pieza en este juego llamado pobreza: un inmigrante. Su historia comienza desde su país de origen donde inicia la odisea de llegar al país anglosajón en compañía de sus colegas Samuel (Carlos Chajón) y Sara (Karen Martínez), ésta última caracterizándose como niño para sortear los brutales y abusivos baches en el camino. Durante la travesía conocen a Chauk (Rodolfo Domínguez), un joven indígena chiapaneco que no habla español, pero se gana la simpatía de Sara. Su único plan consistente es llegar a Norteamérica, pero conforme el trayecto comienza a tornarse vertiginoso y varios elementos ponen incluso en riesgo sus vidas, las cosas cambiarán para todos, comenzando un proceso de desgrane donde no todos verán a la tierra de la libertad, pues sus caminos siempre se pavimentan con la sangre de quienes aspiran a llegar ahí. El director Diego Quemada-Diez, quien debuta en el terreno de los largometrajes después de una serie de cortos y una interesante carrera en lides técnicas para producciones norteamericanas, construye un ejercicio en contemplación narrativa donde logra aproximarse a cabal intimidad con sus personajes al punto que cada espectador se convierte en un integrante más del grupo protagónico, pues su sensibilidad plástica y compositiva tiende al documental, logrando un efecto de realidad que golpea como mazo ante los eventos que se verifican y que no mencionaré para no diluir su potencia, basta decir que fluyen con naturalidad y sin efectismos baratos. Quemada-Diez logra conjugar no solo un proyecto de lirismo sociopolítico (el dedo jamás abandona el renglón del desequilibrio económico que obliga a muchas personas a abandonar sus hogares para buscar oportunidades que casi nunca llegan y sus sueños pisoteados o ultrajados en el camino) con la corrección narrativa fílmica, sino que obsequia una de las mejores cintas en lo que va del año por su concreción dramática, fuerza histriónica y limpieza narrativa, despreciando la pompa o aparatosidad de un Iñárritu o la insoportable petulancia de un Reygadas. Una poesía ruda y pura que nos orilla a contemplar, como Juan, el devenir mientras las lágrimas se contienen. Una película que contrarresta maravillosamente la puerilidad y banalidad del obscenamente costoso Mundial de Futbol, abismos insondables.

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