Gerónimo Aguayo Leytte

La risa es un fenómeno profundamente humano y nos parece tan natural y atractivo que, en ocasiones, no advertimos todo lo que hay detrás de ella. Por un lado, pareciera ser una expresión evolutiva, pues algunos primates, se sabe, son capaces de sonreír; por otro, es una manifestación compleja en el organismo humano que culmina con movimientos de la cara, boca y músculos que usamos para hablar y para deglutir, produciendo en ocasiones un sonido al que llamamos carcajada, cuando es intensa y en general expresa alegría y gozo.

Los científicos que estudian el cerebro han intentado desentrañar los mecanismos que gobiernan a la risa. Se sabe que la risa corresponde a la manifestación externa de esta y otras emociones que en neurología se identifican como afecto. Esta respuesta emocional se desencadena por la acción de un estímulo externo (ver a una persona muy querida o amada, observar una obra de arte, admirar un paisaje, compartir una comida o un viaje) o interno (recordar una experiencia intensa, un suceso cómico), que genera un sentimiento y además cambios en el sistema nervioso autónomo como taquicardia, leve elevación de la presión, entre otros, así como hormonales como elevación del cortisol, adrenalina, serotonina, oxitocina y otros neurotransmisores.

El substrato anatómico de todo este proceso es el cerebro mismo y en particular un circuito denominado sistema límbico localizado en la parte media de los hemisferios cerebrales y que tiene ramificaciones a otras zonas como los lóbulos frontales en particular, también los lóbulos temporales, parietales y occipitales, el hipotálamo y el tallo cerebral. Se conocen ya algunas vías de comunicación entre todas estas estructuras, que no son más que circuitos neuronales que dependiendo de los diversos estímulos generan una respuesta, que para el caso de la risa es predominantemente motora, por lo que los grupos neuronales del lóbulo frontal tienen una función destacada.

Como suele suceder en la neurología, aprendemos de la localización de las lesiones cerebrales al conocer a pacientes que tienen lesiones en ciertas partes de su cerebro. Existen casos de enfermos que presentan risa patológica o anormal, por su exageración, por la falta de un estímulo adecuado y por su persistencia.

Casos de infartos cerebrales múltiples, esclerosis lateral amiotrófica, esclerosis múltiple, traumatismos en cráneo, falta de oxígeno en el cerebro o demencia son ejemplos ilustrativos de pacientes que presentan con frecuencia risa inmotivada y exagerada ante estímulos pequeños o ausentes. Cuando son enfermedades difusas cerebrales y progresivas como las que se han mencionado es evidente un fenómeno de desinhibición fundamentalmente de la corteza cerebral frontal que conduce a conductas primitivas o pueriles, en donde la risa y el llanto se producen con gran facilidad.

Mención adicional merecen ciertos trastornos psiquiátricos como la esquizofrenia, todavía no cabalmente entendidos, en donde la risa aparece con frecuencia desprovista de un claro fondo emocional y más bien relacionada a episodios de alucinaciones visuales o auditivas.

Una sonrisa puede modificar la conducta de las personas. Tanto quien la ofrece como quien la recibe percibe, si se estableció un pequeño contacto visual, una sensación de satisfacción y de pequeña alegría, sobre todo si la persona receptora tiene alguna pena física o moral. Es la puerta por la que entra la compasión.