Luis Muñoz Fernández.

Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y los misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine. Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno.

Rachel Carson. El sentido del asombro, 1956.

Viendo estas fotografías, uno pudiera pensar que corresponden a la imagen de una típica mujer y ama de casa norteamericana de los años 40 y 50 del siglo pasado, pero Rachel Carson (1907-1964) fue todo menos eso.

Rachel Carson nació en 1907 y pasó su infancia explorando los alrededores de la granja familiar en Springdale, Pensilvania. Desde muy joven fue una ávida lectora y una escritora precoz, ya que publicó su primer relato a los once años en la revista St. Nicholas Magazine. Le gustaba mucho leer los cuentos de Beatrix Potter y las novelas de la famosa productora cinematográfica y escritora de éxito –llegó a tener 50 millones de lectores en todo el mundo– Gene Stratton-Porter.

Desde muy joven, la vida de Rachel Carson estuvo dedicada al cuidado y manutención de su madre y de su sobrino Roger, a quien adoptó cuando quedó huérfano. Aunque nunca se casó ni tuvo hijos, supo ver en Roger el nacimiento del asombro y la veneración hacia la naturaleza cuando lo puso en contacto con entornos naturales desde que tenía unos meses. Estaba convencida de que esa experiencia desarrollaba cualidades positivas en todo ser humano y dejaba una influencia que lo dotaba de una fortaleza especial hasta el fin de sus días.

Aunque inicialmente había decidido estudiar para filóloga, la influencia de una profesora de Biología la convenció de que esa era la disciplina a la que deseaba realmente dedicarse. Aunque quiso inscribirse en la prestigiosa Universidad Johns Hopkins, sus limitaciones económicas se lo impidieron, de modo que acabó matriculándose en el Pennsylvania College for Women (actualmente Universidad de Chatham), donde se licenció magna cum laude en Biología en 1929.

Poco después, se le presentó nuevamente la oportunidad de inscribirse para el doctorado en la Universidad Johns Hopkins pero, una vez más, las dificultades económicas la obligaron a abandonarlo. Tras un breve período dando clases como profesora, obtuvo un trabajo en la Sección de Publicaciones de la Administración de Pesca y Vida Salvaje de los Estados Unidos (U.S. Fish and Wildlife Service), en donde escribió textos de divulgación y guiones para programas de radio.

También escribió diversos artículos y algunos libros sobre temas marinos que fueron bien recibidos por la crítica y se volvieron muy populares. Su primer libro (y se dice que su favorito) fue Bajo el viento oceánico, que apareció en 1941. Ha sido traducido al español recientemente por Errata Naurae y se ha sumando a la excelente colección Libros Salvajes de esta casa editorial. He aquí un pequeño fragmento:

Al crecer la oscuridad e ir subiendo cada vez más el agua entre las espartinas, dos tortugas espalda de diamante se metieron en el agua para sumarse a las siluetas en movimiento de otros ejemplares de su especie. Éstas eran hembras y acababan de poner los huevos por encima de la línea de marea. […]

El olor a tortuga y a sus huevos recién puestos flotaba, intenso, en el aire. Husmeando y chillando por la excitación, la rata empezó a excavar y, al cabo de pocos minutos, ya había destapado un huevo, le había perforado la cáscara y había absorbido la yema. Después, desenterró dos huevos más, y se los habría comido si no hubiera sido porque oyó un movimiento en un matojo de espartina cercano: el barullo de una cría de tortuga tratando de escapar del agua que iba calando en torno a su montón de barro y raíces enmarañadas. Una silueta oscura atravesó la arena y el riachuelo. La rata atrapó a la tortuguita y se la llevó entre los dientes, a través de las espartinas, hasta un montículo más alto. Absorta en roer el fino caparazón de la tortuga, no se dio cuenta de que la marea estaba subiendo a su alrededor y el agua aumentaba de nivel en torno al montículo. Fue entonces cuando la garza azulada, que venía vadeando la orilla de la isla, se abalanzó sobre la rata y la cazó.

Basta leer este par de párrafos para darnos cuenta de las dotes descriptivas y, sobre todo, de la paciencia que se necesita para llegar a ser una observadora cuidadosa, cualidades desarrolladas por Rachel Carson en un grado sobresaliente. No en balde, la escritora Linda Lear tituló la biografía de nuestra protagonista Rachel Carson. Testigo de la naturaleza (Rachel Carson. Witness for Nature. Mariner Books, 2009).

Otros libros de Rachel Carson que tuvieron mucho éxito fueron El mar que nos rodea (1951), La orilla del mar (1955) y El sentido del asombro (1965). Sobre este último, dedicado a las observaciones que hizo llevando de excursión a su sobrino Roger, la ecóloga María Ángeles Rodríguez-Ovelleiro nos dice:

Carson intuyó que este sentido natural [el asombro de Roger ante el espectáculo de la naturaleza], que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza. Ella sospechó que aquella época que le tocó vivir, cuando se crecía al aire libre, iba a tener los días contados. El tiempo en que la naturaleza era parte del hogar, los niños jugaban a bañarse en el río, contruían cabañas en el árbol o se tumbaban en campos de trigo estaba próximo a acabarse. Es por esto que Carson vio imprescindible cultivar el sentido del asombro.

Lamentablemente, lo que intuyó Rachel Carson es hoy nuestra realidad. Y también descubrió algo mucho más inquietante que plasmó en un libro que la catapultó a la fama internacional. De ello escribiremos en la segunda parte.

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