Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Ante la pandemia por COVID-19, y a pesar de los distintos esfuerzos que se están realizando, nadie duda que la educación se ha desdibujado, más de como estaba, por una serie de factores que han incidido en ello; los cuales se han comentado ampliamente: ha aumentado el rezago educativo, ha disminuido el nivel de aprovechamiento en general y son más los estudiantes que han abandonado la escuela, entre otras cosas. Para superar, en parte, esta situación, los estudiosos sobre la materia recomiendan a los padres de familia y maestros utilizar las nociones y la metodología de la resiliencia.

Según la Real Academia Española de la Lengua, resiliencia “es la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”. Los psicólogos, por su parte, dicen que resiliencia “es la capacidad que tiene una persona para recuperar circunstancias traumáticas como la muerte, la tragedia, el accidente, el conflicto…” y otras amenazas. COVID–19 ha provocado mortandad, tragedias, desgracias, estrés, temores, angustias, tristezas y desesperación, entre otros sentimientos negativos; y por estas razones, los enterados recomiendan la resiliencia con el fin de superar las adversidades.

Para la resiliencia se requiere el desarrollo de cualidades o atributos específicos en las personas; y mientras más pronto (a temprana edad) es mejor; así como también es necesaria la participación de padres de familia y de maestros. Los autores más destacados distinguen varias cualidades en una persona resiliente. En esta colaboración comentaremos 8 de ellas y algunas sugerencias para su desenvolvimiento:

  1. Autoconocimiento y autoestima. Los padres de familia y los maestros debemos desarrollar estos atributos, haciendo reflexionar al hijo y al alumno para que tengan nociones de su persona; es decir, para que se den cuenta y estén conscientes de sus capacidades físicas, mentales y emocionales, y que las valoren, las aprecien, tengan seguridad en ellas y las utilicen para resolver situaciones que se presenten en la vida diaria. 2. Empatía. Los padres y los maestros debemos hablar y conducirnos con el hijo y con el alumno en forma afectiva y sincera; y propiciar en ellos la demostración de su empatía hacia los demás: ayudando a una persona discapacitada a cruzar la calle; sentir como propia la alegría de un ser querido; socorrer a alguien que se ha lastimado. 3. Autonomía. Debemos desarrollar en los educandos la facultad de pensar y hacer las cosas según su criterio, con independencia de la opinión de otros: dejar y respetar que escuchen la música que les gusta; que decidan por sí mismos el deporte que les agrada; que lean el libro de su preferencia. 4. Afrontamiento positivo de la adversidad. Una vez que los alumnos son conscientes de sus potencialidades y se dan cuenta que sí pueden hacer las cosas bien; habrá que cultivar más su autoestima; inducirlos, insistirles, acostumbrarlos, a que enfrenten con vigor y perseverancia los problemas, las tragedias, las desgracias, las tristezas y todos los males, hasta lograr superarlos. 5. Optimismo. Hay que formar alumnos con la tendencia de ver y juzgar los conflictos, las tragedias y las tristezas, en su aspecto más positivo o más favorable: ver en los fracasos oportunidades de crecimiento, con realismo, y luchar por lo que se quiere. 6. Flexibilidad. Desarrollar la capacidad de adaptarse con facilidad a las diversas circunstancias y situaciones, incluyendo las normas. 7. Sociabilidad. Habrá que demostrar a los alumnos la cualidad de la persona que de manera natural tiende a vivir en sociedad o que el individuo es afable y que le gusta relacionarse con las demás personas. 8. Tolerancia a las frustraciones. Es indispensable que el hijo y el alumno sean capaces de afrontar los problemas y las limitaciones de la vida, a pesar de las molestias e incomodidades que pueden causarnos. En fin, si formamos estudiantes resilientes, estaríamos al otro lado.