Luis Muñoz Fernández

“A pesar de que las ciencias han contribuido a ampliar enormemente la cantidad de saber seguro, cuando se trata de sistemas de elevada complejidad, como el clima, el comportamiento humano, una pandemia, la economía o el medio ambiente, cada vez es más difícil obtener explicaciones causales o previsiones exactas, ya que el saber acumulado hace visible también el universo ilimitado del no-saber”, nos dice Daniel Innerarity en su obra La sociedad del desconocimiento.

La exposición del vasto mundo de nuestra ignorancia, efecto colateral de la actividad científica, genera una gran inquietud en el ciudadano promedio, que se siente mucho más cómodo con las “verdades reveladas” (dogmas) provenientes de la religión, porque sólo demandan la aceptación tácita. Esa inquietud es una de las raíces del negacionismo y la oposición que enfrenta cada nuevo avance científico. Habrá que agregar que, dentro del extenso territorio de nuestra ignorancia, es especialmente temible el no saber que no sabemos.

Con la actividad científica en franca expansión, es indispensable que empleemos estrategias para administrar lo que no sabemos, que eduquemos a las nuevas generaciones, y hasta a las no tan nuevas, para que sepan lidiar mejor con la incertidumbre que genera la propia ciencia. Para ello hay que ir mucho más allá de lo que hasta ahora hemos intentado.

Ante la creciente especialización del saber, es necesario desarrollar una visión más integradora. Así lo afirma Innerarity: “La especialización y la fragmentación del conocimiento han producido un incremento de información que va acompañado de un avance muy modesto en lo que se refiere a nuestra comprensión del mundo. En relación con el saber disponible, cada vez somos menos sabios. Pero es que además ese saber no es parcelable, sino que exige, al mismo tiempo, visiones de conjunto, cada vez más difíciles.

Se repite hasta el cansancio que vivimos en la era de la información. Y ahí está el problema. Señala Innerarity: “Por lo general, no es un gran problema la carencia de datos, sino la profusión de datos irrelevantes y sin sentido, o la utilización de indicadores triviales. La mayor parte de nuestros problemas no proceden de la falta de información, sino de la falta de criterio a la hora de buscar información… La información no distingue entre lo que tiene sentido y lo que no lo tiene. Una enciclopedia contiene más información que la persona más inteligente del mundo. Lo que no contiene es saber. Saber es información con valor, con un alto grado de reflexividad”.

A riesgo de generar airadas reacciones, nos atreveremos a dejar como epílogo estas afirmaciones:

La ciencia hoy describe más que explica. La mayor parte de lo que se publica en las revistas científicas corresponde a descripciones prolijas de hechos o fenómenos (“datos”), ayunas de explicaciones. Esas pertenecen a un ámbito –el teórico– al que la ciencia de hoy parece ser indiferente.

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