Luis Muñoz Fernández

Hace aproximadamente once mil años, cuando se fundaron los primeros asentamientos y los seres humanos empezaron a convivir estrechamente con los animales recién domesticados, aparecieron enfermedades infecciosas nunca antes vistas. Desde entonces, la circulación de gérmenes en misteriosos intercambios entre los animales humanos y no humanos no ha cesado. Prueba de ello son las vastas extensiones de nuestro material genético en donde se amontonan como trastos viejos los restos de virus ancestrales que alguna vez ingresaron en nosotros para instalarse en calidad de huéspedes permanentes. Que no nos sorprenda la última noticia de un fenómeno tan antiguo como frecuente.

Así como una enfermedad, sobre todo si es crónica e incurable, examina sin misericordia la fibra moral de la que está hecho un individuo, una epidemia, en especial si la provoca un germen nuevo, es una prueba para una sociedad entera. La epidemia saca a la luz las miserias que se esconden tras la ignorancia, la hipocresía y las mentiras del discurso oficial. Pone evidencia que vivimos inmersos en una precariedad e imprevisión que no somos capaces de aceptar.

Ya que la conciencia de nuestra finitud nos provoca terror, preferimos vivir irresponsablemente, inventando una inmunidad y una prosperidad ficticias que son desenmascaradas cuando la pandemia toca a nuestra puerta. Y si la fortuna nos sonríe y los gérmenes deciden dejarnos en paz, solemos derrochar la oportunidad de aprender de nuestros errores festejando un triunfo tan falso como efímero. Los gérmenes volverán, no porque nos quieran mal, sino porque laten con el impulso de una ley universal que no sabe de justicia divina y que reparte las dosis de vida y muerte sin reparar en los deseos de sus destinatarios.

Recordemos lo que nos dice Albert Camus:

“Oyendo los gritos que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las vajillas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

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