Moshé Leher

El domingo pasado, a la vera de una piscina cristalina, nos tomábamos un mezcal Víctor González, Sergio Rosales y quien escribe; allí me enteré de la presentación y en automático respondí que no, que gracias, que cualquier evento donde hay más de veinte personas me resultaba abrumador, como me resulta ya la idea de salir de mi estudio, donde tan bien me entiendo con mis lienzos, mis libros, mi cafetera y mi ordenador. Si el tema de la presentación era un libro de nuevo cuño de un político local, es este caso el ex gobernador Granados, pues no había ninguna motivación especial para asistir.

Eso sin contar que la presentación se realizaba en una instalación del ICA, cuyos responsables suelen verse incómodos con mi sola presencia, como si tuvieran una lista negra de indeseables en la que ocupo si no el primer lugar -no soy tan petulante-, sí uno destacado.

Víctor, que era uno de los presentadores, sin insistir, me habló un poco del libro, unas memorias del ex mandatario y dijo, así al pasar, que el libro le parecía interesante.

Sergio insistió un día después y el día del evento, el martes, me encontré por casualidad, en los pasillos de un supermercado, a Román Revueltas que, me enteré allí, entre café en grano y cereales, era otro de los presentadores.

Como no me entero de nada, por salud mental (cito al propio Granados), y como entre mi lista de pendientes bibliográficos no estaba nada que tuviera que ver con la política y menos con la política vernácula, no veía qué diablos pintaba yo allí, soportando -como pasó- la mirada inquisidora de la dueña del Museo Espacio y los bizcos que hacía un alto mandamás del ICA incrédulo de que yo estuviera allí.

Aquí es donde digo que la política y yo no nos llevamos bien, en el entendido de que me siento excluido de ella, por la misma razón que Maquiavelo recomendara excluir de los asuntos públicos la moral (cristiana, pero antes que eso socrática), a pesar -muy a pesar- de que cuatro décadas mi vida fuera en paralelo al de la política, todo por razones consabidas y que no vienen a cuento.

Como sea y desde tiempos del doctor Guel, tuve trato -mayor o menor, más o menos respetuoso- con nueve gobernadores, en un par de casos cercano, lo que me hace entender la singularidad de Otto Granados, el único mandatario de los últimos años no sólo capaz de dar algo a la prensa (alguno mal escribía su nombre), sino con un bien ganado prestigio de intelectual.

Con sus asegunes, y dejando de lado el delicado tema de los pleitos ajenos, yo para con el ex mandatario -con el que alguna vez intercambio títulos de libros y poca cosa más- tengo una relación de respeto (que desconozco si es mutuo) y también de agradecimiento, he de decirlo, por dos asuntos: primero, él fue determinante para que me fuera a estudiar a España y consiguiera el trabajo en Notimex; segundo, y mucho más importante, él fue un generoso consejero para con mi hijo, que treinta años después que yo también marchó a estudiar allá.

En fin que allí estaba, como estaba un nutrido grupo de: familiares, amigos, ex colaboradores, grillos en proceso de exhibición, presuntos intelectuales, metiches, ajonjolís de todos los moles y hasta algún ‘pícaro’ -como aquel del que él habla en el primer capítulo de su libro-.

Completaba el elenco de presentadores, junto a Vic y Román, un joven que me impresionó de muchas maneras, y que yo, empeñado en desinformarme todo lo posible, no conocía: Raudel Ávila, quien, de paso, sembró allí una tesis súper interesantísima sobre el fracaso de los procesos modernizadores en México.

Entre los tres, y con el concurso del propio Granados quien leyó unos pocos párrafos escogidos, lograron lo impensable minutos antes, que me interesara por el libro, que lo comprara y le pidiera al autor un autógrafo -no para mí, sino para mi hijo que le tiene mucho aprecio y leyó uno de sus libros precedentes.

Lo comencé leer esa misma noche y ayer mismo me desvelé pues, como dijeron los presentadores, no sólo es interesante, sino es ameno, y no exento de un desconocido, para mí, buen sentido del humor, allí donde presumía que más que ironía habría sarcasmo.

Eso no necesariamente me hace suscribir sus opiniones, claro, y encontré en sus páginas -lo dejé esta madrugada en la página ciento treinta y tantos, citando a Kavafis-, por lo menos un asunto que a algunos les parecerá delicado en cuanto a mi persona; mucho más delicado que lo que me parece a mí, para decir la verdad. Del libro y de ese asunto hablaré cuando termine de leer.

¡Mazel Tov!

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