Mircea Mazilu

La organización gubernamental de Nueva España estuvo siempre en manos de la Corona española y los peninsulares establecidos aquí. El rey de España era la autoridad máxima del orden político virreinal. Él designaba a todas las figuras encargadas de la administración y el gobierno en las colonias. Por debajo de éste se encontraba el Consejo de Indias, cuyas funciones eran principalmente aconsejar al monarca en asuntos administrativos, legislativos y judiciales concernientes a los territorios conquistados. Asimismo, los Reyes Católicos crearon la Casa de Contratación de Sevilla para controlar el comercio con los territorios de ultramar.

Una vez concluida la Conquista, Hernán Cortés se convirtió en el primer gobernador y capitán general de Nueva España. En 1527 fue creada la Real Audiencia de México, organismo que se encargaría de aplicar leyes y administrar justicia, y en 1535 se introdujo la figura del virrey, el cual gobernaría la colonia en nombre del rey.

El virreinato de Nueva España fue dividido en varios reinos o provincias, en donde mandaban los gobernadores. Dentro de cada una de estas divisiones territoriales había corregimientos, que gobernaban las ciudades, y alcaldías mayores, encargadas de recaudar los impuestos. Por último, los cabildos o ayuntamientos eran responsables de administrar los municipios.

En la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, se introdujo en la metrópoli y en las colonias americanas una serie de cambios, denominados “Reformas Borbónicas”. Dentro de este conjunto de transformaciones destacó la creación en 1786 del régimen de intendencias, mediante el cual se conseguía reducir el poder del virrey, la Audiencia, la Iglesia y las autoridades locales. Asimismo, gracias a la introducción de la figura del intendente, el rey lograba disminuir la corrupción que había surgido en Nueva España desde el siglo XVII.

En cuanto a la sociedad de la Época Colonial en el Virreinato de Nueva España, ésta se caracterizó por una fuerte división. Los españoles peninsulares se encontraban en la cima de la misma, disfrutando del gobierno y ostentando grandes riquezas. Por debajo de ellos se hallaban los criollos (hijos de españoles nacidos en la colonia), quienes reclamaban su participación en la administración y el gobierno. Los indígenas y los mestizos (hijos de blancos e indios) ocupaban el escalón bajo en la jerarquía social, careciendo de muchos derechos y privilegios. Finalmente, los negros formaban el grupo más marginado de la sociedad virreinal.

Como consecuencia de esta fuerte división de la sociedad y la discriminación por parte de los españoles hacia los otros grupos, estallaron numerosos conflictos a lo largo de los 300 años que duró el periodo colonial en México. Son importantes las diferentes manifestaciones y rebeliones que fueron llevadas a cabo por los indígenas contra las autoridades españolas. Destacan las protagonizadas por los pueblos yaqui, tarahumara y mayo en el norte y los mayas en el sur. De la misma manera, con el paso del tiempo los criollos desarrollaron un sentimiento patriótico americano y antiespañol, que desembocaría en el estallido de la lucha por la independencia a principios del siglo XIX.

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