Por Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Decía el sabio juez Don Agustín Basaldúa, quien fuera presidente del Supremo Tribunal de Justicia en un tiempo en que su exigua paga y su enorme honradez no le permitían adquirir ni una modesta casa, que había que reconocer la labor de la policía, que sin deberla ni tenerla tenían que jugarse la vida en frío. Qué diferente, decía enojado, así sería capaz de meterle un cuchillo en la panza a un cristiano, pero en frío. A veces no nos percatamos de la tremenda dificultad que implica el trabajo policial, denostado por muchos, arriesgado, no remunerado adecuadamente, sujeto al escrutinio público y las más de las veces incomprendido. Qué se le va a hacer…

Mi maestro Guillermo Colín Sánchez, que había sido procurador general de justicia del Estado de México, de manera que sabía de lo que hablaba, solía decir: Si una noche me asaltase una pandilla de facinerosos y en esos momentos apareciera una patrulla de policía, me pondría de rodillas ante los facinerosos e imploraría su protección, y quizás agregaría, lo digo en broma pero lo pienso en serio. Aquí en Aguascalientes se contaba la anécdota que seguramente sería mas bien un infundio, de un policía de crucero, conocido por mal nombre como el Cuchillo, que estando de servicio vigilando el jardín de Cholula le corrieron a avisar que un grupo de hombres se andaban peleando en los corrales enfrente del Panteón a lo que el jenízaro respondió: yo soy guardián del orden no del desorden. Como esas muchas, ciertas o falsas que ya el ingenio popular aderezaba y el repetirlas tornaba en creíbles a las falsas y dudosas a las verdaderas, como las múltiples que se atribuyen al teniente J. Guadalupe Esparza conocido cariñosamente como Lupillo.

Reconocer la labor policíaca es de justicia, pero también lo es señalar las faltas y combatir las lacras para mejorar la prestación de un servicio indispensable para la vida social. La semana pasada, un visitante, profesionista maestro de una prestigiada institución educativa, luego de terminar el curso que vino a impartir, cenó y decidió caminar un poco por la calle Venustiano Carranza. Para su mala fortuna, había tomado unas copas de vino acompañando los alimentos, y para su peor fortuna, en el trayecto encontró una patrulla de policía que pretendía detener a unos jóvenes por el delito de gritar. El maestro se acercó barruntando que se cometería una injusticia, sin sospechar siquiera que el sujeto pasivo de la injusticia sería él. Los policías se molestaron cuando el maestro les señaló que no podían detener a los jóvenes por esa causa fútil. ¿Qué no?, no solo a ellos, también a ti. El samaritano terminó remitido al C4 por caminar por la vía pública en estado inconveniente. Recibido en el C4 no hubo nadie que tuviera el más mínimo criterio para enmendar los yerros del policía torpe y prepotente. No se le permitió hacer una llamada, y hasta el día siguiente, previo pago de una multa por poner en riesgo su integridad por caminar en estado inconveniente, pudo terminar la pesadilla.

Lamentablemente, sucesos como el comentado son el pan nuestro de todos los días. Todos, en menor o mayor medida, hemos presenciado la arrogancia y despotismo con que se comporta un buen número de policías, el uniforme los transforma, en vez de servidores, en una casta superior que les permite las pequeñas y grandes actitudes que dan muestra de sus carencias. Todos, quien más quien menos, hemos tenido que hacernos a un lado para evitar ser arrollados por los policías en bicicleta que circulan sobre las banquetas despreocupados de los peatones. Muchos hemos experimentado el que patrulleros, lejos de permitirnos el paso como peatones, lanzan su patrulla porque los ciudadanos somos criaturas inferiores. Cuántas veces hemos tenido que soportar las miradas con las que, según se dice, miraba Dios a los conejos chiquitos y orejones. Multitud de ocasiones hemos presenciado que en horas de servicio las patrullas se convierten en taxis y no pocas veces se les ve en doble fila o estacionadas en lugares prohibidos para que sus tripulantes puedan comer cualquier antojo, al fin son policías.

Me consta el esfuerzo y el interés que funcionarios municipales de Aguascalientes están dedicando para el mejoramiento de la policía. Me constan los cursos de capacitación que se les imparten y la preocupación constante por su capacitación permanente. Sin embargo, persisten los vicios y las actitudes negativas, que podrían mejorarse con algunas medidas radicales. Cambiaría mucho la actitud si los policías portaran de manera visible un gafete con su nombre y su número en la corporación, de manera que fuesen fácilmente identificables para el ciudadano. Cambiaría mucho la actitud si se les prohibiese escudarse tras las gafas oscuras, ver a los ojos cuesta, y cuesta más cuando se realiza una injusticia. Es cobardía ocultarse tras el antifaz de los lentes oscuros. Pero, sobre todo, cambiaría mucho la actitud si como ciudadanos no toleráramos la injusticia, la denunciáramos y la combatiéramos, pero, especialmente, cambiaría mucho si no propiciáramos la corrupción. El cambio tiene que partir desde la ciudadanía.

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