Víctor Hugo Granados Zapata

Con el modelo híbrido millones de estudiantes hemos experimentado un regreso paulatino a las aulas. El protocolo de medidas sanitarias contempla, en general, el uso de cubrebocas en todas las instituciones educativas, ponerse gel antibacterial en diversos puntos estratégicos, evitar el contacto físico, etc.; esto se ha normalizado al grado de que incluso sería extraño que en algún lugar no se tuvieran dichas reglas, sin embargo, ¿qué sucederá cuando aumente el número de estudiantes en las escuelas? ¿Cuáles serían las posibles reacciones de las y los estudiantes? ¿Qué implicaciones éticas tendremos a un mediano plazo?

Actualmente dicha reglamentación tiene un origen legal debido a los reglamentos emitidos por las autoridades sanitarias a nivel estatal y federal, por lo tanto, no es opcional seguir este protocolo. Sin embargo, conforme avancemos a la normalidad, posiblemente encontremos resistencia por parte de ciertos estudiantes a seguir con diversas medidas que resultan incómodas, el cubrebocas es el ejemplo por excelencia. En Estados Unidos tenemos una especie de “adelanto” sobre los futuros acontecimientos que podríamos experimentar en torno a las medidas sanitarias, específicamente en la polarización que se está gestando lentamente entre la comunidad estudiantil.

Antonia Laborde, periodista de El País, describe en su artículo “La guerra cultural que incendia las escuelas en Estados Unidos”, un escenario de contienda que surge en dicho país relatando que miembros de las juntas escolares (padres de familia, maestros y autoridades educativas) han recibido múltiples amenazas de muerte debido a las reglas establecidas en las aulas, que van desde el uso continuo de cubrebocas hasta los nuevos programas educativos en materia de inclusión (este último tema lo abordaremos en otra ocasión). Aquí el problema se concentra en que es la propia comunidad escolar, entre padres de familia y estudiantes, quienes se manifiestan de manera violenta en contra de las disposiciones de salubridad, dado que consideran que éstas atentan contra su libertad.

Este último punto es importante resaltarlo, ya que a pesar de que el debate en torno al uso de cubrebocas (por ejemplo) ya se ha superado, en el contexto escolar aún falta poner a discusión estos temas y existe la posibilidad de que la comunidad estudiantil llegue a experimentar esta polarización. En las universidades, sin duda alguna, habrá personas que argumenten que están en todo su derecho de no respetar los protocolos, ya sea porque consideran que al estar vacunados ya no pueden infectar a nadie, o porque consideran que vulnera su libertad, etc.; todas estas variantes se van a dar eventualmente entre el alumnado, sin embargo, ¿están ellas y ellos en lo correcto?

Desde mi punto de vista, no. Es el mismo caso de aquellas personas que, impulsadas por la ignorancia (alimentada por las fakenews) y el egoísmo, suelen decir que el virus no existe y que se trata de una imposición del gobierno, etc. Al convivir con otras compañeras y compañeros en un espacio cerrado, estamos expuestos a contagiarnos y, al mismo tiempo, a contagiar; por lo tanto, desde un punto de vista ético, debemos tomar todas las medidas necesarias para cuidarnos a nosotros y a los demás. Por lo tanto, es nuestro deber como estudiantes fomentar espacios de reflexión informada, respetuosa y basados en evidencia, solamente de esta manera vamos a regresar de manera más pronta y segura a la normalidad.

Mi interés por anticipar esta posible discusión en las instituciones de educación superior es evitar algún tipo de aprovechamiento o “lucro” político del tema ¿en qué sentido? Al igual que en Estados Unidos, algunas figuras públicas mexicanas como el diputado del PT Fernández Noroña, afirman que el fin último de pedirle que use el cubrebocas es para “amordazarlo” o “ponerle un bozal” (lo anterior lo pueden corroborar si buscan sus participaciones en la tribuna del Congreso o en las sesiones del INE), utilizando este pseudo argumento de desobediencia civil como un medio para fomentar la desinformación y así aumentar su número de seguidores. Lo mismo puede darse a nivel universitario con aquellos estudiantes que, de manera ignorante, decidan salir a hacer declaraciones de la misma naturaleza con los mismos fines de promoción personal, impulsando la desinformación en la comunidad académica en detrimento de la seguridad de todas y todos los estudiantes.

La crítica es necesaria para construir nuevas soluciones y mejorar nuestro entorno, pero si partimos de datos erróneos o discursos tergiversados, lo único que vamos a cosechar es el desastre. En conclusión, hay que cuidarnos del COVID-19, de la ignorancia y sobre todo de los ignorantes.

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