Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivían en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio, todas las luciérnagas abandonaban el árbol para llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos luminosos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.

Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a jugar. -No, no, hoy tampoco quiero salir a volar- decía todos los días- id vosotros que yo estoy muy bien en casita. Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos, esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. No comprendían cómo la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero la pequeña luciérnaga siempre se negaba. -No quiero salir a volar- repetía la pequeña luciérnaga. -Hemos de hacer algo con esta hija- decía su madre angustiada. Pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada en su casa. Un anochecer, cuando todas las luciérnagas había salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con toda la delicadeza del mundo:-¿Qué te sucede mi pequeña niña? ¿Por qué nunca quieres salir de noche con nosotros? -¡No me gusta volar!- respondió la pequeña luciérnaga. -Pero, ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz?- insistió la abuela. -Pues… -explicó por fin la pequeña luciérnaga- para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna. La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeñita que a su lado no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca brillaré como la luna. La abuela escuchó con atención las razones que le dio la pequeña luciérnaga. -¡Ay, mi niña!- dijo con una sonrisa. -Hay una cosa de la luna que has de saber y que, por lo visto, desconoces. Y lo sabrías si al menos salieras de casa de vez en cuando. Pero como no sales, pues, no lo sabes. -¿Y qué es lo que debo saber de la luna?- preguntó la pequeña luciérnaga presa de la curiosidad. -Has de saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches -respondió la abuela. -La luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en que está radiante, redonda como una pelota brillando desde lo más alto del cielo. Pero, en cambio, hay otros días en que se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad. -¿De veras hay noches en que se esconde la luna?- pregunta sorprendida la pequeña. -¡Claro que sí, mi niña!- continuó explicando la abuela.- La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz. La pequeña luciérnaga se quedó asombrada. Nunca habría imaginado que la luna fuera tan variable y que brillaba o se apagaba según los días. A partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche para volar con su familia y amigos. Y así fue como la pequeña luciérnaga aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz. Anónimo. Lecturas. SEP.

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