Luis Muñoz Fernández

Edward O. Wilson (Alabama, 1929) es uno de los biólogos más importantes de la actualidad, y un naturalista en el sentido clásico del término. Es además un destacado promotor de la sociobiología, conjunto de disciplinas que fincan la sociabilidad humana en las raíces evolutivas que se remontan a la conducta de los insectos sociales. En este terreno ha provocado fuertes polémicas dentro y fuera de la biología.

En su libro “Biofilia. El amor a la naturaleza o aquello que nos hace humanos” propone un ejercicio muy interesante: “Visualizará usted mejor la extensión completa de la biología si imagina que posee un proyector de películas con funciones mágicas. La imagen proyectada puede ralentizarse para convertir los segundos en horas, o incluso días, y acelerarse para condensar los años y los siglos en unos cuantos minutos. También puede agrandarse para mostrar detalles microscópicos o comprimirse para facilitar panorámicas. Este proyector hace las veces de máquina del tiempo para el científico”.

Así, señala que todos nosotros, como seres vivos individuales, vivimos en un “tiempo organísmico”. Si enlentecemos el proyector cinematográfico para poder ver las reacciones químicas que ocurren en nuestro interior entramos en el “tiempo bioquímico”. Y si aceleramos la proyección para poder ver lo que ocurre en nuestro entorno inmediato y distante, nos instalamos en el “tiempo ecológico”. Y aquí viene lo interesante. A esa velocidad, dice Wilson, “ya no se distingue ni a las personas ni a los demás seres vivos […]. Los organismos no son más que conjuntos definidos por las leyes matemáticas del nacimiento y la muerte”.

Pese a que nos cueste aceptarlo, desde el punto de vista ecológico, nuestras vidas son fenómenos transitorios como las emisoras que captamos momentáneamente con el radio cuando estamos rastreando el espectro radiofónico. Sabemos que están en algún lugar del cuadrante, pero sólo las oímos una fracción de segundo antes de que nuestro receptor salte a la siguiente emisora también efímera.

¿Dónde han quedado las vidas de los organismos cuando aceleramos la velocidad de nuestro proyector mágico? “Se han disuelto en el acervo genético de cada especie, se han dividido en ínfimos fragmentos por la acción de la maduración de las células germinales y la fertilización. Aportan la mitad de sus genes a cada uno de sus hijos, una cuarta parte a cada nieto, una octava parte a cada bisnieto”.

Cada uno dura un instante. Sólo de pensarlo da vértigo.