Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(LEER NO DA CORONAVIRUS.- Tampoco da COVID19, ni sensibilidad, ni cordura, ni inteligencia, ni mesura, ni buen gusto, ni decencia, ni humor, ni gracia, ni caridad, ni solidaridad. Letras acumuladas para nada.)

A las pruebas me remito, pero antes de las pruebas debo hacer constar que por supuesto no quiero menospreciar a ninguna ocupación y menos a los verduleros, porque en un chico rato, mi vecino Chuy de los Santos, que vende mas frutas y legumbres que todos las tiendas de conveniencia juntas, me levanta la canasta y aunque no soy vegano prefiero lo verde, que no la verde, a lo rojo. Solamente es contraponer dos actividades, una en la que la palabra tiene la presunción de verdad legal y otra en que la palabra es medio para el negocio utilizando muchas veces el dolo bueno, que no es otra cosa que exagerar las cualidades de los productos a un extremo en que tanto vendedor como marchante saben que es una hipérbole.

La historia la platica el notario Miguel Ángel Zamora y Valencia, de la Ciudad de México, mi cuate entrañable y si bien no es algo que a él le haya pasado, da fe y pone su sello de autorizar, certificando la verdad del suceso.

En ocasión de la remodelación de la zona del mercado de La Merced en la capital de la república, los locales y terrenos aledaños alcanzarían a ojos de los especuladores alguna plusvalía interesante, de manera que muchos corredores de bienes raíces empezaron a buscar inmuebles que adquirir. Así llegaron con una señora de medio pelo y de mediana edad que tenía una accesoria (local anexo a una casa habitación) en un buen punto cercano al mercado. Le ofrecieron la compra y ella, de entrada se negó, pero dice el dicho: “compra cuando te vendan y vende cuando te compren”, de manera que una oferta atractiva la convenció aunque puso algunos puntos a manera de condicionantes: el pago tendría que hacerse en efectivo, peso sobre peso, tendrían que darle un plazo de cuatro meses para desocupar y desde luego se tenía que guardar secreto de la operación para que ni familiares ni vecinos se enterasen y no despertar el interés o las maledicencias. Los compradores contactados por los corredores aceptaron los términos y antes de que cante un gallo se prepararon los documentos y le avisaron a la vendedora que todo estaba listo en una notaría.

No hay plazo que no se cumpla, ni fecha que no se llegué, de manera que se llegó el día de la firma. El notario como todo notario que se respete, les leyó la escritura, les explicó los alcances legales y a la hora de firmar la vendedora puso un pero, es que no se leer ni escribir. Ese minúsculo detalle no iba a ser impedimento para llevar a cabo la operación, de manera que uno de los corredores, acomedido con tal de  que no se escapara la comisión, se ofreció a firmar a ruego de la vendedora y así se hizo. El notario hizo traer una almohadilla entintada y la señora estampó ambos pulgares bien entintaditos como si hubiera ido a votar y el corredor puso con letra clara y firma el nombre de la vendedora, previa entrega, por supuesto, del precio convenido, peso sobre peso como se había acordado. Ella salió con su guato y los compradores con su título.

Pero, no hay milpa sin huitlacoche, y ahí tienen, que se llegó el tiempo de la entrega y unos días antes pasaron enviados de la compradora para avisar que empezarían a realizar algunos trabajos previos de acondicionamiento. La señora vendedora entre turulata y preocupada se hizo, como vulgarmente se dice, la occisa. ¿Cómo de que a Chuchita la bolsearon?, no señores ni he vendido, ni vendo, ni venderé. Ahora los estupefactos fueron los compradores, pero no hubo poder humano, ni razones, ni amenazas, ni ofertas, ni reconvenciones que sacaran de sus cuatro a la señora. Como el baturro, este macho es mi burro y de él no me apeo.

Cuando días después le fueron a notificar formalmente el desalojo en cumplimiento del contrato, ella les mostró la copia de una denuncia penal que involucraba al notario, a los compradores y a los corredores en particular a quien había firmado por ella. La denuncia a la que tuvieron que enfrentarse narraba que la verdulera había sido advertida por uno de los que ahora se decían corredores, haciéndose pasar por abogado, que estaban desalojando a todos los locales y accesorias aledañas al mercado y le ofreció sus servicios para defenderla y evitar que la desalojaran y para el efecto le pidió que le diera un poder y la llevó con un notario, donde ella puso sus huellas para el poder, agregando que tenía como testigos a sus parientes y vecinos. Ella nunca vendería lo que era su vida y su única fuente de ingresos.

El asunto se judicializó por supuesto y el juez y luego los tribunales fallaron en favor de la señora. La compraventa nunca existió. Una prueba contundente fue que la firma de la señora la estampó una persona que trabajaba para la compradora y que había fungido como corredor de la operación: La palabra de una verdulera de La Merced tuvo más fuerza que la fe del notario.

Hay que decirlo, el notario cometió el error de no pedir que la vendedora llevara una persona de su confianza, preferentemente familiar, que firmara a su ruego, pero el hecho es que no se investigó a fondo y que vivimos un trastocamiento de valores en la investigación e impartición de justicia, en que basta que a un grupo se le ponga etiqueta de “vulnerable” para que haya una petición de principio y que a otro grupo se le ponga la etiqueta de “enemigo” para tener que remar río arriba en la lucha por la verdad y justicia, pero luchar por ellas es como comer chile, es tarea de porfiados.

(EL PRESIDENTE LES DIO EL AVIÓN.- El presidente de la república fue tajante en su mañaneada desde el hangar presidencial. Hoy sólo responderé preguntas sobre el avión que no lo tuvo ni Obama, dijo y les dio el avión a los reporteros.)

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