Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El western ya había cerrado un ciclo. Los duelos entre gallardos espadachines en castillos medievales ya se percibían anacrónicos y los valerosos corsarios en imponentes galeones ya no pillaban más en el océano de celuloide. La única región pendiente para ser escrutada por las temerarias proyecciones de nuestras fantasías colectivas era la vastedad del espacio, absoluta infinidad de yerma apariencia cuya disposición virginal sedujo a diversas mentes creativas para colmarla de fértiles ideas que fecundarían un género cinematográfico desdeñado y minimizado por el adusto pensamiento académico, pero esencial en la activación y enriquecimiento de nuestro imaginario: la ciencia ficción, el espectáculo de la especulación científica que embelesa con su procesión de constructos culturales transfigurados para los escenarios cósmicos adecuados e inspirado desarrollo visual de hipotéticas o inconcebibles formas de vida. Manantial de historias diversas y armonización de categorías narrativas previas, éste género potencializa las cualidades lúdicas del pensamiento humano a través del conjeturar qué incita lo desconocido, lo improbable y que se ha visto traducido en invasiones, viajes siderales, tecnocracias varias y diversas distopías. Pero lejos de las meditaciones filosóficas sobre el Ser y la Nada de “2001, Odisea del Espacio” (Kubrick, E.U., 1969) o “Solaris” (Tarkovski, Rusia, 1972) y las ocasionalmente estridentes intrusiones alienígenas del sci-fi cincuentero, surge un punto intermedio al parecer nutrido de las gestas heroicas de la antigüedad donde el protagonismo recae en arrojados paladines quienes, con ardoroso brío, se tornan salvadores causales o casuales en heterogéneas empresas que van desde los acostumbrados rescates de doncellas hasta la resolución de complejos conflictos que ponen en riesgo la integridad del universo como lo conocemos, intercambiando la habitual montura equina por formidables naves e invariablemente haciéndose de némesis con oscuras y megalómanas cualidades, todo sin descuidar cierto sentido del manejo dramático en situaciones y motivaciones. Esto y más es el space opera (“ópera espacial”), la forja de una nueva mitología para las audiencias amamantadas de la posmodernidad y mucho más indulgentes en el consumo de narrativa, tomando nombre de aquel género dramatúrgico y musical que anuncia la naturaleza épica de sus historias, aún si éstas no siempre estaban a la altura de la ambiciosa premisa.
Los progenitores de estas modernas sagas intergalácticas coinciden en sus raíces ‘pulp’ y aceptación masiva en los medios impresos: Flash Gordon y Buck Rogers, mesías involuntarios en sus respectivos mundos (el primero un tiranizado planeta Mongo y el segundo la Tierra pero en el Siglo 25) capaces de ofrecer una alternativa tanto ideológica como vivencial gracias a su condición de humanos en un entorno foráneo, así como una férrea voluntad de supervivencia que los consolida como adalides de sus justicieras causas. En el caso de Flash Gordon, su imagen se ha vuelto perenne gracias primero a los seriales de los 30’s estelarizados por el otrora Tarzán, Buster Crabbe; numerosas series animadas y la mítica cinta de 1980 donde el terrícola Sam Jones (ex jugador de fútbol americano, lo que se refleja en su hosca interpretación) es el personaje titular quien, acompañado de la all-american girl Dale Arden (Melody Anderson) y el doctor Zarkov (Topol), tratará de frenar los intentos de Ming, El Despiadado (¡Max Von Sydow!) por conquistar la Tierra. Un sonadísimo tema de Queen y una puesta en escena ‘retro-camp’ reminiscente a su versión de tira cómica, lograron ubicar la cinta en el panteón del culto. Suerte distinta sufrió Buck Rogers, quien también tuvo su serial en 1939 y, para agregar ironía al asunto, también protagonizado por Buster Crabbe, minando identidad al personaje. Por si eso fuera poco, en 1951 emergió un símil de bajo presupuesto llamado “Capitán Video, Amo de la Estratósfera”, el cual plagiaba muchos de los elementos visuales y temáticos que distinguían a Buck. La maldición se extendió hasta los setentas con una pobre adaptación televisiva que adolecía de un pésimo actor como titular: Gil Gerard. La serie de televisión no superó la segunda temporada, pero los productores, sabiendo que el público mexicano aguanta de todo, estrenó en cines nacionales el piloto de la serie en 1979. Y pensar que un servidor la visionó en función de matinée en el desaparecido Cine Colonial.
La posterior llegada y absorción cultural de fenómenos protofolclóricos y mediáticos en los 60’s y 70’s como “Viaje a las Estrellas” y “La Guerra de las Galaxias”, space operas en toda la regla y a las que se dedicarán columnas individuales en un futuro no muy lejano por su trascendencia mimética, divulgaron los modelos narrativos de las hazañas intergalácticas y abrieron senda a todo tipo de proyectos, desde aquellos con intenciones genuinas de ahondar en esta novedosa cosmogonía, hasta los productos que se revolcaron sin pudor en la más fehaciente imitación. Algunos ejemplos son: “El Abismo Negro” (1979), ambiciosa producción de una compañía Disney aún dispuesta a correr riesgos y referencia básica para mi generación donde un interesante reparto (Anthony Perkins, Ernest Borgnine e Yvette Mimieux) conforma a un grupo de astronautas varados en una imponente estación espacial gobernada por un científico trastornado (Maximillian Schell) con un asistente robótico homicida de majestuoso diseño, todo dirigido con pericia por Gary Nelson, quien enviste de solemnidad a una trama con ADN serie “B”. La secuencia de escape a los meteoros gigantes es de antología; “Batalla Más Allá de las Galaxias” (Murakami, E.U., 1980), genuino hijo putativo de la saga de Lucas producida por el descarado pero adorable Roger Corman, quien no hace más que situar la trama de “Los Siete Samurais” de Kurosawa en el espacio. Aún así el filme divierte por su desenfadada ingenuidad, un reparto de estrellas decadentes de lujo (John Saxon, Robert Vaughn) y creativos efectos especiales cortesía de un imberbe James Cameron; “Cazador del Espacio: Aventuras en la Zona Prohibida” (Johnson, E.U., 1983), oportunista cinta rodada en 3D que pretende fusionar la personalidad socarrona de Han Solo con la galantería de Errol Flynn en su personaje principal, con resultados deplorables; “Krull” (Yates, G.B./E.U., 1983), fantasía interplanetaria que pretende evocar el espíritu y la atmósfera de los filmes a capa y espada pero con un anodino protagonista (Ken Marshall) blandiendo no un sable sino un arma con forma de estrella enjoyada capaz de destruir la monstruosa amenaza que se cierne sobre su mundo y sobre su amada. De puro valor nostálgico y por ver a un Liam Neeson con rostro bobalicón en uno de sus primeros papeles. Por su parte “Dunas” (1984) se consolida como una épica con ribetes shakespereanos que adecúa los textos de Frank Herbert a dos horas de cinta cortesía del simbolista director David Lynch, quien evidentemente no encuentra su ritmo y tono en un contexto astral donde las luchas de poder entre clanes planetarios son el sustento argumental del filme, mientras que “The Last Starfighter, el Último Guerrero” (1984) es una representación fílmica de los patrones culturales ochenteros donde un adolescente experto en videojuegos (Lance Guest) encallado en un aburrido y arcaico pueblo (no, no es Aguascalientes) es reclutado por un extraterrestre (Robert Preston en su último papel) para que equilibre la balanza en una disputa territorial galáctica y “Serenity” (2005), un intento simpático pero forzado cortesía de Joss Whedon por traspolar el lenguaje visual y argumental del ‘western’ en un contexto cosmonáutico, pero que al final sólo reafirma la idea de que la ópera espacial sólo puede y debe brotar cuando la generación así lo requiera, en momentos de sequía imaginativa. Tal vez “Valerian”, de Luc Besson, logre resucitarla…
Nota: los filmes mencionados están a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

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