COLUMNA CORTE“[…] Conocí a este chico cuando tenía seis años, con su rostro pálido y sin emociones, y los ojos más negros… los ojos del diablo. Pasé ocho años tratando de curar a este chico y otros ocho tratando de que quedara encerrado, pues me di cuenta de que lo que habitaba detrás de los ojos de este chico era pura simple… maldad.”
Dr. Sam Loomis (Donald Pleasence)
La década de los setenta siempre será recordada por sus aspectos más viles, pues de sombras cobijó la Tierra con el punto climático del enfrentamiento bélico fabricado por los Estados Unidos en tierra vietnamita, el polyester como materia prima fundamental para los atavíos de moda, la música disco que taladraba el área sensorial del buen gusto en los cerebros melómanos y el cine de explotación, el cual relegaba la vena del más puro escapismo del cine clase B y se consagró a amedrentar el conformismo de la blanda cultura occidental, conjurando en pantallas raídas y mugrientas amenazas por mucho más temibles que cualquier monstruo gigante procreado por las fallas atómicas pudo siquiera fantasear, pues ahora la muerte venía empuñada por una mano mortal, sin garras o escamas, y mientras blandía un resplandeciente cuchillo de funesto fulgor, la primera víctima fue la inocencia cultural. Del cine surgen los sueños más caros de la humanidad y también sus más oscuras pesadillas y en el epítome de aquella decada brotó la más escalofriante de todas, aquella donde la amenaza era tan cercana y palpable que el miedo provocado era real. De la mano del cineasta John Carpenter surgía lo que a la postre tendría como nomenclatura “slasher” y todo comenzó cuando una noche de Halloween, un demente conocido como Michael Myers regresó a casa.
La cinta “Halloween”, filmada en 1978 y protagonizada por una núbil pero potente Jamie Lee Curtis, aprisionó con fuerza los temores colectivos al conglomerar hábil e inteligentemente todo un compendio de horrores sociales con los que era fácil lograr puntos de contacto emocionales y sensoriales: el miedo a lo desconocido, el imbatible hombre del saco, la muerte como pago a la trasgresión de conceptos morales y éticos tales como la renuncia a la virginidad pre-marital o la inutilidad de las instituciones que salvaguardan la ley y el orden ante una aplicación necia e indolente de las mismas -residuo evidente de la inconformidad y decepción del pueblo norteamericano ante sus fraudulentos gobernantes- y, sobre todo, la subversión directa a una festividad considerada inocente y carnavalesca. Por si eso fuera poco, la dirección de Carpenter se fundamenta en cierta sapiencia técnica que sostiene al relato y lo dota de riqueza narrativa a través de osados plano secuencia, movimientos de cámara y una atmósfera rezumante de espíritu otoñal. La trama arranca en 1963, cuando el espectador se torna espectador forzado y relativo cómplice de un asesinato cometido por un Michael Myers infante mediante un magistral uso de la cámara subjetiva. El niño masacra a su concupiscente hermana y amante, por lo que es encerrado en un sanatorio mental, siendo tratado por el doctor Sam Loomis (Donald Pleasence), fascinado y a la vez repelido por el aura maligna del pequeño psicópata. Quince años después Myers escapa y ahora se dirige a su pueblo natal, Haddonfield, Illinois, la noche previa a Halloween. El Dr. Loomis, asumiendo el rol de Aahab, ve a Myers como su Moby Dick, una entidad que representa su más grande reto, un monumental fallo personal al no lograr curarle y su responsabilidad. La balanza maniquea se equilibra con el personaje de Laurie Strode (Curtis), una soñadora pero resoluta adolescente que medirá fuerzas con Myers, quien ahora se refugia detrás de una máscara inexpresiva y de irónica blancura, durante la noche de Todos los Santos, a lo largo de una travesía que involucra dolor y cruentos asesinatos. El antagonista resulta imparable, y mediante su lento andar aterroriza a toda la pequeña población mientras escarmienta a cualquiera, mujer u hombre uniformado, que se atraviese en su camino. Tal vez no sea un hombre y sí, como lo señala, un niño que funge como elemento de riesgo esencial en la historia, “el coco” primigenio que educó en las lides del pánico a toda la humanidad durante sus años mozos.
La personificación del mal que esculpe Carpenter en esta producción es genuina y honesta, pues al manifestarlo como un ser silente con una inercia sanguinaria, conecta perfectamente con todo aquello que nuestra experiencia cognitiva nos obsequia como espanto, sin ampararse en elementos de efecto o manoseo perceptual, sosteniéndose de los elementos plásticos ya mencionados y una banda sonora casi monocorde, pero muy efectiva que sostiene las intenciones torvas e inquietantes, tanto de su amenaza principal como del director, así como la representación de una figura femenina con recursos físicos e intelectuales capaz de hacerle frente a tan formidable enemigo, componente ausente en la mayoría de filmes de género de aquel entonces. La cinta pasó factura a la conciencia comunitaria y de ser una exitosa película independiente zanjó el camino a seguir, donde deambularían los Jasons y Harry Wardens de los años ochenta, todos hijos putativos del homicida con inmaculada máscara. Para bien o para mal.
“Halloween” ha perdido lustre y potencia conforme sus bases narrativas se tornaron una mera fórmula, tanto en proyectos similares como en sus inminentes secuelas (salvo la tercera, la cual prescinde de Myers y trata de generar una mitología alterna), diluyendo su propuesta y envejeciendo sin mucha gracia. Pero sus planteamientos socioculturales y temáticos siguen siendo válidos, y aún producen en el espectador esa incómoda sensación de mirar lentamente sobre su hombro, una vez terminada la cinta y caminar por una oscura calle abandonada, para constatar que nadie lo o la siga. Pero a pesar de su lento andar, él siempre llegará a su destino, cuchillo en mano y fuerza sobrehumana.
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