Desde siempre, Donald Trump se ha caracterizado por sus arrebatos, por su imprevisibilidad, por su tozudez y agresividad. En su libro “El arte de negociar” da cuenta de sus estrategias, que parten siempre de colocar a la contraparte en una situación incómoda, de inferioridad, de dependencia, que lo vuelva vulnerable para las exigencias del otro y lograr así una negociación favorable. Pero como decía mi abuelita: no es lo mismo comer, que aventarse con los platos. No es lo mismo la negociación en un plano comercial a partir de condiciones que más o menos puede controlar el negociador, a las complejas relaciones internacionales y el enfrentarse no solamente a grupos políticos de interés sino a ideologías añejas, fortalecidas en un esquema religioso y soportados por un fanatismo de siglos.

En el último año Donald Trump ha hecho declaraciones y tomado determinaciones que han puesto en crisis no sólo la estabilidad de su país, sino la economía y la paz mundiales. Es cierto que el mundo en la actualidad atraviesa por una etapa crítica con varios polos especialmente conflictivos, Ucrania desde luego, Taiwan, el Caribe y recientemente Irán. Adicionalmente enfrenta en su país críticas y dificultades crecientes derivadas de la profundización de sus matices racistas, misóginos y autoritarios. Dentro de su propio partido no las tiene todas consigo y ante la inminencia de las elecciones tiene que entrar en la vía rápida para fortalecer su candidatura, consolidar el apoyo de su partido y convencer al votante indeciso, que suele ser mucho, de que su liderazgo todavía puede ser útil para Estados Unidos, aunque es claro que no es necesario.

Éramos muchos y parió la abuela. Por si no fuera suficiente y ejemplificando el dicho que asegura que “el pez por su boca muere”, el presidente Trump ha hecho una serie de declaraciones a cuál más desafortunadas, que han puesto en duda en el panorama mundial y en el ámbito nacional de su país, no sólo la comprensión de la situación política, económica y militar que vive el mundo, sino también su propia cordura. Sus manifestaciones en relación con la guerra de Irán, el estrecho de Ormuz y la condición del petróleo en el mundo, pueden explicarse por su personalidad epatante, triunfalista y arrolladora, pero, dos hechos recientes relacionados con temas religiosos han puesto en duda su equilibrio mental.  Hace tiempo que se escuchan voces, algunas provenientes de especialistas en salud mental, en el sentido de que el presidente Trump además del evidente deterioro físico propio de su avanzada edad, alrededor de 80 años, muestra también deterioro mental, incapacidad de comprensión de la realidad y reacciones incontroladas que denotan un animismo peligroso, especialmente en el jefe del todavía país más poderoso del mundo.

Sus declaraciones infundadas violentas  y  torpes contra el papa León XIV, que,  salvo por unos cuantos estúpidos fanáticos, fueron mal recibidas en el ámbito de su país y del mundo considerando que el actual Papa es de origen estadounidense, lo que ha hecho crecer los fieles católicos en su país, considerando además que el Vice Presidente es católico confeso y practicante, y olvidando no sólo el hecho de la representación confesional del Santo padre sino su calidad de jefe de Estado, le ha colocado en una situación ridícula y peligrosa. No se habían terminado de digerir sus exabruptos contra S.S. León XIV, cuando en su sitio dio conocer una imagen que le muestra como un taumaturgo en una representación iconográfica con una clara referencia a Jesucristo y a la santísima Trinidad, curando a un enfermo que simboliza al mundo y presentándolo como el ser que sanará a todo el orbe.

La reacción crítica le hizo bajar casi de inmediato la representación no antes de que se hubiera vuelto viral, con las consiguientes críticas por su desmesura y falta de sensatez. La respuesta de S.S. no fue poner la otra mejilla, sino con firmeza señalar la responsabilidad de la Iglesia Católica y del sumo Pontífice condenando las agresiones y la guerra conforme con la doctrina de la Iglesia.

 

La noche de Camp David (1965) es una aclamada novela de índole política escrita por Fletcher Knebel que narra la creciente inestabilidad mental de un presidente estadounidense ficticio, Mark Hollenbach, detectada por el vicepresidente durante un fin de semana en la residencia de descanso. La obra explora la paranoia presidencial y los desafíos para limitar el poder ejecutivo cuando el líder pierde el control y la falta de mecanismos operantes para poder lograr una toma de decisión tersa y firme para no poner en riesgo la estabilidad del país, ante los diferentes intereses internos y, desde luego, las políticas de las potencias extranjeras.

La enmienda XXV de la Constitución de los EE.UU. prevé, si bien no establece un mecanismo preciso y claro, la posibilidad de que, ante la eventual pérdida de lucidez del presidente, el vice presidente y el líder del Congreso con el apoyo mayoritario de congresistas pudieran determinar la inhabilitación del presidente. No sería Camp David sino Mar-A-Lago, lugar favorito de descanso del presidente y no sería Mark Hollenbach sino Donald Trump.

Por si interesa al amable lector, transcribo la parte relevante de la enmienda XXV.

Sección 4. Cuando el vicepresidente y la mayoría de los principales funcionarios de los departamentos ejecutivos o de cualquier otro cuerpo que el Congreso autorizara por ley trasmitieran al presidente pro tempore del Senado y al presidente de la Cámara de Representantes su declaración escrita de que el presidente está imposibilitado para ejercer los poderes y obligaciones de su cargo, el vicepresidente inmediatamente asumirá los poderes y obligaciones del cargo como presidente en funciones. Por consiguiente, cuando el presidente transmitiera al presidente pro tempore del Senado y al presidente de la Cámara de Representantes su declaración escrita de que no existe imposibilidad alguna, asumirá de nuevo los poderes y obligaciones de su cargo, a menos que el vicepresidente y la mayoría de los funcionarios principales de los departamentos ejecutivos o de cualquier otro cuerpo que el Congreso haya autorizado por ley transmitieran, en el término de cuatro días, al presidente pro tempore del Senado y al presidente de la Cámara de Representantes su declaración escrita de que el presidente está imposibilitado para ejercer los derechos y deberes de su cargo. Entonces el Congreso decidirá qué solución debe adoptarse, para lo cual se reunirá en el término de cuarenta y ocho horas.

 

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