Moshé Leher

Contra lo que piensan mentes ociosas, que yo escribo lo primero que se me viene a la cabeza, yo me rumio lo que luego presento a sus ojos -y a su veredicto-, por lo menos un día antes de sentarme a ligar frases, el método, eso sí, es caótico: pienso en un tema y trato de estirarlo para ver hasta dónde da de sí, lo desecho, pienso en otro, en otro más, vuelvo a alguna idea para ver si puedo exprimirle algunos párrafos… A veces pronto doy con el tema y me pongo a regurgitar, o si la imagen es ingrata, a hilar en la rueca que tengo en algún lugar del meollo; otras veces me siento sin estar seguro del camino que van a seguir mis frases; alguna más con dos o tres párrafos escritos, veo que me dirijo directamente a un callejón sin salida, como las novelas de Juanjo Millás.

En esas estaba el miércoles pasado, masticando ideas duras como quien mastica pedruscos.

Tal vez, pensaba, algo sobre las niñas quinceañeras de un infausto baile que se celebró el sábado, cuyas fotografías que vi al pasar por un vestíbulo las presentan, no niñas como son sino hipersexualizadas, lo que a mi entender… Obviamente la idea daba de sí, aunque, luego concluí, era meterme en camisa de once varas.

Como la veda electoral estaba ya vigente, y como trato de no tratar temas tan repugnantes, tal vez algo sobre cómo son las elecciones en lugares donde la política, sin ser un lago cristalino, tampoco es el pantanal de la nuestra.

Varias elecciones generales me ha tocado vivir en otros lugares donde la democracia es un tanto más feliz que la nuestra: en la Argentina, donde fui testigo de la reelección de Menem en 1995, restaurada apenas la legalidad democrática apenas 12 años, por Alfonsín; luego en España.

De España sí que podría hablar: estaba yo allí cuando la primera elección de Aznar, viví de primera mano la victoria de Zapatero, cuando en el 2004 los atentados del 11 de marzo sepultaron las esperanzas de la derecha, lo que dio al PSOE la victoria de abril, por no hablar de las elecciones catalanas, como aquella donde Maragall desalojó a Pujol de la Generalitat, o aquella otra, donde Artur Mas (sin tilde, por el amor de Calíope), ganó a Josep Montilla lanzando a Catalunya a ese salto al vacío de la fallida independencia.

Pero no iba a tratar de asuntos que poco importan aquí, sino a esas campañas previas a las elecciones en España, de apenas dos semanas, con gastos mínimos y a ese gran gesto democrático que es el de los derrotados que la misma noche de las votaciones, salen a reconocer su derrota, a felicitar a su adversario ganador y, lo mejor, a renunciar a sus cargos en sus partidos.

Ya estaba, ya tenía el tema.

Como mi desmemoria está peor que nunca, ya no recuerdo qué hice esa mañana, seguramente hacer ejercicio y sentarme a trabajar en el ordenador un rato; seguramente comí, y luego, eso sí lo recuerdo, hice una siesta, una que fue excesivamente larga…

Hace unos días hablaba con el contador Carlos Maza, a quien le contaba que yo especialmente estaba obligado a cumplir religiosamente con estas entregas: sé de primera mano, le decía, lo que es lidiar con colaboradores no asiduos; lo que es ser editor y no saber si Manganita o Zanganito van a mandar sus artículos, conforme se acerca la hora de cierre.

En fin: me puse a revisar los trabajos de los alumnos de un curso remoto que imparto y luego, ya de noche a llenar un formulario de otro curso remoto, uno que estoy tomando; bajé a cenar, me senté a leer y fumar en mi terraza, hasta que una extraña sensación me indicó que de algo me había olvidado: habría dejado, pensé, la llave dentro del auto, o encendida la estufa a gas.

A las once, leyendo ya en mi sillón, reparé en que ni había escrito mi colaboración, ni siquiera había avisado para decir que mi ataque de amnesia me había jugado una mala pasada, pensando, preocupado, que un mal día no me voy a acordar ni de cómo es que me llamo y acabe yo metido de candidato a alguna diputación o alguna cosa peor.

Shavúa Tov y, nunca está de más, Slijot (una disculpa).

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