Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Un “homenaje” más a Hitchcock

No cabe duda que la sombra del mítico ‘Amo del Suspenso’ es larga y densa, y aquí está “La Mujer En La Ventana” para comprobarlo. Esta refinada y lujosa adaptación del bestseller homónimo de Daniel Mallory bajo el seudónimo de A. J. Finn tal vez adolezca de las constantes intrusiones del estudio -la 20th Century- a las que se vio sometida mientras el experimentado cineasta inglés Joe Wright la trabajaba, porque, a pesar del intrigante reparto (Amy Adams, Gary Oldman, Julianne Moore, Jennifer Jason Leigh y Wyatt Russell), y una técnica cuidada sometida a los cánones estéticos y narrativos de Alfred Hitchcock, la cinta no da pie con bola, pues termina por lucir y sentirse inconexa, forzada y con ritmo descuidado, diluyendo lo que pudo ser un excelente drama psicológico.
La historia inicia con Adams interpretando a la psicóloga infantil Anna Fox, una mujer que sólo logra percibir el mundo desde su ventana en su residencia de Nueva York debido a una agorafobia crónica, producto de un evento traumático que involucró a su esposo e hija. Sus distracciones son la bebida, películas clásicas, deambular por su espacioso domicilio, hablar con su gato Punch y trabarse en discusiones con su inquilino David (Russell), un hombre de pasado dudoso al que le alquila su sótano como habitación, todo en un marasmo de tedio y resignación. La rutina cambia con la llegada de los Russell, una familia que se muda al edificio de enfrente, con quien comenzará a tener contacto gracias al hijo, Ethan (Fred Hechinger), un joven retraído y afable que busca relacionarse afectuosamente con ella. Posteriormente, conocerá a su madre, Jane (Moore), mujer despierta y vivaz que ilumina un poco la sombría existencia de Anna. Ambos dejan entrever que la relación con Alistair (Oldman), la cabeza familiar, es violenta y agresiva, pues todo parece indicar que se trata de un hombre controlador con varias manías, algo que parece constatar Anna cuando el sujeto arriba agresivamente a su departamento buscando a su hijo y acusándola de incitarlo a una relación moralmente cuestionable. Las cosas adquieren un matiz más siniestro cuando una noche Anna escucha gritos y observa, desde su ventana, cómo alguien es asesinado en la casa de los Russell, comenzando una vigilancia perpetua a su morada, involucrándose cada vez más en su vida y comenzando una espiral psicológica que pondrá en jaque su existencia y sembrará la duda en el espectador sobre su cordura.
Si esto le recuerda a “La Ventana Indiscreta” no es casualidad, pues toda la estructura del relato a partir del segundo acto se construye con base en los lineamientos establecidos en la obra clásica de Hitchcock, inoculando incluso toda decisión estética (cámaras en picado, tomas holandesas, dollys y travelines para significar la mirada de personas y cosas, etc.) y diegética al punto de la obviedad como cuando Anna ve “Cuéntame tu Vida” / “Spellbound” por televisión. Esta falta de sutileza y el mimetismo plástico al cine de Hitchcock puede pasarse por alto si el proceso se circunscribiera tan sólo al acatamiento de las herramientas discursivas del legendario genio cinematográfico a modo de celebración y culto a su legado, pero la oscilación en su contextura dramática, entre el thriller autocontenido y el drama mental inspirado en Polanski, apareado con fuerza y poca precisión, no permite que el conjunto se disfrute adecuadamente, aun si ciertos componentes logran funcionar, como las actuaciones (Adams se muestra, como siempre, entregada a su función como protagonista), el espacioso trasfondo emocional de los personajes, el cual se sustenta mediante misterios y secretos que anida en todos ellos, y la eficiente dramaturgia de suspenso que se teje, con todo y su concatenación desprolija. “La Mujer en la Ventana” es una de esas cintas que invitan a la especulación sobre lo que pudo ser, en lugar de lo que ahora vemos, pero lo que hay no basta para que trascienda.

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