Luis Muñoz Fernández

Escribir sobre una mujer que fue asesinada hace más de 1,600 años puede parecer intrascendente, pero no es así. Aunque la información sobre su vida es relativamente escasa, los cronistas temporalmente más cercanos a su época coinciden en que su sexo y sus cualidades físicas e intelectuales tuvieron que ver con la brutalidad del crimen.

Hipatia de Alejandría (355 ó 370 a marzo del 415 ó 416 d.C.) vivió y murió en tiempos turbulentos. El Imperio Romano de Occidente se perfilaba hacia su caída y, a la par, el cristianismo se imponía como religión oficial. Los cristianos se dividían en varias sectas -arrianos, nestorianos, monofisistas, novacianos- con diferencias doctrinales que los hicieron entrar en conflicto. La ambición de reunir bajo un solo mando el poder político, económico y religioso encarnó en la iglesia que hoy llamamos católica.

Hipatia fue hija del filósofo Teón, el último director del Museo de Alejandría. Estudió matemáticas, astronomía y filosofía. En su obra “Comentarios”, reseñó las obras de notables matemáticos y astrónomos como Diofanto, Apolonio y Ptolomeo, cuyas obras han llegado hasta nosotros en buena parte gracias a lo que Hipatia escribió sobre ellas. También se dedicó a enseñar las ideas de Platón y Aristóteles y tuvo como alumnos a un grupo distinguido de aristócratas paganos y cristianos, entre ellos a Orestes, el futuro prefecto imperial de Egipto.

Parece ser que su fama atrajo la atención de Cirilo, obispo y patriarca de Alejandría -hoy San Cirilo de Alejandría-, cuyo celo religioso lo había llevado a despojar de sus bienes y perseguircon frenesí a judíos, paganos ya las otras sectas cristianas. Enzarzado en una violenta disputa con Orestes, se rodeó de 500 monjes armados y belicosos del desierto de Nitria. Parece ser que fueron ellos quienes dirigieron a la turba que asesinó, descuartizó y quemó los restos de Hipatia.

Adela Muñoz Páez nos dice: “El asesinato de Hipatia significó el fin de muchas cosas: el fin del paganismo en su vertiente de tolerancia y coexistencia pacífica con otras religiones del imperio; el fin del sueño de una ciudad del saber, centro de conocimiento universal; el fin del reino de la razón, en el que los hombres y algunas mujeres lucharon contra el desconocimiento”.

Hoy y aquí, nosotros somos lodos de aquellos polvos. Aunque (a veces) con medios menos sangrientos, torciendo las leyes, seguimos oprimiendo a las mujeres y confiscando sus derechos.