Luis Muñoz Fernández

Mis padres no pudieron terminar su educación básica a causa de la Guerra Civil española, pero toda su vida fueron ávidos lectores y siempre tuvieron una gran curiosidad por los sucesos mundanos. Cada vez que les pedía para inscribirme en algún curso o comprar algún libro, mi madre me respondía: “Toma, hijo, que el saber no ocupa lugar”.

María Juana Moliner Ruiz (1900-1981) nació en Paniza, un pueblecito de la provincia de Zaragoza que hoy no llega a 700 habitantes, y desde pequeña mostró una férrea vocación intelectual que con el tiempo combinaría con “un aire franciscano, de humilde seriedad austera”, según la describe la escritora Carme Riera.

María Moliner fue producto de aquel extraordinario proyecto de renovación educativa en la España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX llamado la Institución Libre de Enseñanza, vivero de destacados pensadores, maestros, escritores, artistas y científicos que, como tantas causas en pro de la libertad, la igualdad y el progreso material y espiritual, fue sofocado y destruido por la dictadura del general Francisco Franco.

Siempre llevaría consigo el espíritu de aquella institución: “lo que se hace para uno, tiene que hacerse también para todos; el trabajo es una fuente de provecho y hasta de placer cuando es riguroso y honesto. Un rigor y una honestidad a los que debe acompañar una visión penetrante y crítica de la realidad, imprescindible para cambiar las cosas”, nos sigue diciendo Carme Riera.

Y a eso dedicó su vida, aprovechando todos los ratos libres que le dejaban sus ocupaciones. A lo largo de 15 años, en la mesa del comedor su casa, con fichas que guardaba en cajas de zapatos y pasaba en limpio con una sencilla máquina de escribir, elaboró el “Diccionario de uso del español”, cuya primera edición apareció en 1966 y la última en 2016. Medio siglo de amor a las palabras.

De su diccionario, “el María Moliner”, como suele llamársele, dijo Gabriel García Márquez: “María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana, dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y –a mi juicio– más de dos veces mejor”.

La Real Academia le negó el ingreso en su seno: “demasiado roja, demasiado artista, demasiado indomable. Demasiado mujer”, dijo la prensa.

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