Gerónimo Aguayo Leytte

Atendí hace algunos meses a la señora Ana de 58 años de edad. Ella tenía historia de debilidad progresiva de sus cuatro miembros, que al principio sólo le producía fatiga al caminar y dificultad para subir escaleras así como falla para tomar con sus manos algunos objetos pesados o realizar tareas como destapar un recipiente. Además se quejaba de adormecimiento en manos y pies.

La debilidad progresó al paso de los meses de tal manera que requirió ayuda para caminar y más recientemente necesitó silla de ruedas para desplazarse. Al revisarla, sus músculos no se habían adelgazado pero se sentían flácidos y no presentaba reflejos. La fuerza sólo le permitía mover parcialmente sus extremidades con imposibilidad de vencer la gravedad. Por otro lado se corroboró la disminución de la sensibilidad en manos y pies, como si tuviera unos guantes y calcetines que impidieran sentir normalmente el toque de un objeto agudo.

Todos estos hallazgos sugirieron la posibilidad de que los nervios periféricos de Ana estuvieran afectados por alguna causa. Estas estructuras constituyen la “red eléctrica” de que dispone nuestro sistema nervioso para enviar señales a los músculos de nuestras extremidades para que obedezcan a nuestros deseos de movimiento de todo tipo, desde el más fino como manipular un alfiler, hasta los más gruesos cómo empujar un refrigerador. Estos cables o cordones que emergen de la médula espinal, que es una extensión del cerebro a través del tallo cerebral, son neuronas que se han alargado tanto que atraviesan músculos y tejidos blandos hasta llegar a las partes más distantes de nuestros miembros cómo manos y pies así como al resto de los miembros y nuestro tronco (tórax y abdomen). De forma inversa en la piel, músculos y articulaciones hay receptores de sensibilidad que se unen a otros “cables” o neuronas también llamados a axones cuyo sentido de la información corre hacia la médula y pasan por el tallo para llegar al cerebro y percibir las diferentes modalidades de la sensibilidad (sistema nervioso periférico).

En la actualidad se pueden hacer estudios que miden la velocidad de la conducción eléctrica sensitiva y motora de nuestros nervios periféricos. Este estudio corroboró la sospecha de la enfermedad de Ana y se procedió a investigar la causa. A esta afección se le denomina Polineuropatía motora y sensitiva. Se sabe que el trastorno lo puede desencadenar alguna infección viral, deficiencia de vitaminas, contacto con substancias tóxicas, medicamentos, alcohol, diabetes mellitus y también algunos tumores malignos localizados en otras partes del cuerpo que producen esta respuesta anormal de los nervios periféricos. En ocasiones no se llega a identificar la causa y es el mismo organismo el que daña sus propios nervios periféricos por medio de células y anticuerpos erróneamente dirigidos contra este tejido (enfermedades autoinmunes).

Ana fue estudiada y se detectó un tumor maligno en un riñón, que fue extirpado totalmente. Este sólo hecho ha permitido su recuperación de la fuerza, ha vuelto a caminar, su sensibilidad es mejor y cada día es más independiente.

Este caso afortunado nos muestra la compleja relación entre los órganos de nuestro cuerpo, los nervios periféricos y el riñón sin una aparente relación, que constituyen un reto médico frente a una gran preocupación de la paciente y su familia.

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