Luis Muñoz Fernández

La mayoría de los economistas prefieren no tratar de cuestiones morales, al menos no como economistas. Dicen que su tarea es explicar el comportamiento de la gente, no juzgarlo. Ellos insisten en que lo que hacen no es decirnos qué normas deben regir esta o aquella actividad o cómo debemos valorar este o aquel bien. El sistema de precios reparte bienes de acuerdo con las preferencias de la gente; no dice que esas preferencias sean dignas, o admirables, o apropiadas a determinadas circunstancias. Pero, a pesar de sus declaraciones, los economistas cada vez se enredan más en cuestiones morales.

Michael J. Sandel. Lo que el dinero no puede comprar, 2013.

Michael J. Sandel (Minneapolis, 1953) es un filósofo estadounidense que este 19 de octubre de 2018 recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales por “haber trasladado su enfoque dialógico y deliberativo a un debate de ámbito global”. Es profesor en la Universidad de Harvard y los lugares para asistir a sus clases tienen que rifarse entre los alumnos debido a que la demanda supera siempre la capacidad de aforo de los auditorios en donde las imparte. Su curso más famoso, titulado “Justicia”, fue el primero que la prestigiosa universidad ofreció de manera gratuita por Internet. Más de 30 millones de personas lo han visto en la red o en televisión.

El párrafo del epígrafe proviene de su último libro, publicado por Debate en 2013. En él expone precisamente los aspectos morales del modelo de economía de nuestra sociedad, es decir, la economía de mercado. Y la razón para explicar que “los economistas cada vez se enredan más en cuestiones morales” es justamente el hecho de que el mercado se ha vuelto tan predominante en nuestras vidas que ha rebasado los límites de la economía, su ámbito natural, para extenderse a prácticamente todas las actividades humanas, incluso aquellas que antaño estaban reguladas por principios distintos a los que rigen el mercado:

Vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas, los mercados, los mercados de valores, han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho. Y esta situación no es algo que hayamos elegido deliberadamente. Es algo que casi se nos ha echado encima. […]

Y la economía fue convirtiéndose en un dominio de dimensiones imperiales. En la actualidad, la lógica del comprar y el vender no se aplica sólo a los bienes materiales, sino que gobierna cada vez más otros aspectos de la vida. Es hora de preguntarse si queremos vivir de esta manera.

Y el hecho de la intromisión del mercado en los ámbitos de la vida humana que antes le eran ajenos, tiene dos graves consecuencias. Por un lado, extiende la desigualdad a esos ámbitos. Sandel lo ilustra así:

Si la única ventaja de la abundancia fuese la posibilidad de comprar yates y coches deportivos o de disfrutar vacaciones de lujo, las desigualdades en ingresos y en riqueza no importarían mucho. Pero cuando el dinero sirve para comprar más y más cosas –influencia política, cuidados médicos, una casa en una urbanización segura y no en un barrio donde la delincuencia campa a sus anchas, el acceso a los colegios de élite y no a los que cargan con el fracaso escolar–, la distribución de ingresos y riqueza cuenta cada vez más. Donde todas las cosas buenas se compran y se venden, tener dinero supone la mayor de las diferencias.

La segunda consecuencia, nos dice Sandel, es más difícil de describir. Se refiere al efecto corrosivo de los mercados, al poder corruptor del dinero:

Poner un precio a las cosas buenas de la vida puede corromperlas. Porque los mercados no sólo distribuyen bienes, sino que también expresan y promueven ciertas actitudes respecto a las cosas que se intercambian. […]

Los economistas a menudo dan por supuesto que los mercados son inertes, que no afectan a los bienes intercambiados. Pero esto no es cierto. Los mercados dejan su marca. En ocasiones, los valores mercantiles desplazan a valores no mercantiles que merecen ser protegidos.

Esta preocupación de Sandel no es nueva. Ya desde los primeros siglos del cristianismo diversos personajes, incluyendo algunos Padres de la Iglesia, criticaron duramente el afán de lucro. Veían en la codicia un gran peligro para el alma del cristiano. Algunos hacían la distinción entre la riqueza heredada (riqueza familiar) y la riqueza adquirida a lo largo de la vida (riqueza nueva). Al rico de nacimiento (originarius dives) lo consideraban inocente de toda avaricia. En contraposición, la fortuna amasada por “los ricos malos por medio de la violencia y el comercio astuto –nos dice Peter Brown en Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.) (Acantilado, 2016)– era digna de oprobio”.

Los había más radicales. En un tratado anónimo titulado De divitiis (Sobre las riquezas), escrito entre el 408 y el 414 de nuestra era, no se admitía la distinción entre los dos tipos de riqueza. Según Brown, para el autor de De divitiis “nadie podía afirmar que era un originarius dives: rico de nacimiento y, por ello, inocente de toda avaricia. […] Aquellos que sobrepasaban la medida de suficiencia podían hacerlo sólo si desposeían a los pobres. El exceso de bienes en manos de unos pocos conducía automáticamente a la desposesión de la mayoría”. Como se lee en De divitiis:

Líbrate del rico y no encontrarás al pobre. Que ningún hombre tenga más que lo que realmente necesita, y todos tendrán cuanto precisan, pues la minoría rica es la razón de la pobreza de la mayoría.

Uno de los Padres de la Iglesia que se ocupó de los problemas morales de los ricos fue Agustín de Hipona (354-430). San Agustín adoptó la prudencia ante los poderosos, pues corría el riesgo de perderlos para su causa. Por otro lado, al apreciar la ley y el orden, desconfiaba de la libertad que pudiese tener el pueblo llano. Atribuyó los pecados de los ricos al hecho de que tuviesen que ocuparse de muchos asuntos relacionados con sus negocios y no veía un peligro intrínseco en las riquezas, sino en el orgullo de poseerlas. Por tanto, San Agustín recomendaba que el pudiente se alejase del orgullo y que contribuyese con donaciones para la manutención de los pobres y del propio clero.

En aquella época, se celebraban con gran despliegue de recursos los juegos de Cartago, sólo inferiores a los que se celebraban en Roma. Y ese despilfarro le parecía pecaminoso a San Agustín. Peter Brown explica que “era un momento de gloriosa effusionis insania (la locura del derroche como fuente de gloria) que, según se suponía, las élites urbanas de Cartago y las provincias esperaban con entusiasmo. Por eso Agustín predicó en contra de los juegos durante horas y horas, a lo largo de muchas semanas”. En pocas palabras, para San Agustín, haber amasado una fortuna no era necesariamente malo. El pecado estaba en hacer ostentación de la riqueza.

A pesar de los siglos transcurridos, los problemas morales asociados a la obtención, posesión y uso de la riqueza siguen siendo vigentes. También es cierto que con el paso del tiempo, estos problemas atañen hoy a la propia Iglesia Católica, poseedora de bienes incalculables. A ello agreguemos la intromisión de los mercados en los aspectos más delicados de la vida humana y su contribución a la injusticia, la violencia y a la corrupción que todo lo permean. ¿Y nos extraña que estemos como estamos?

https://elpatologoinquieto.wordpress.com