Moshé Leher

Ir a ver momias, a mi entender, es una de las más morbosas y macabras atracciones, lo que no obsta para que muchos las visiten, ya en el cutre museo de las ídem de Guanajuato, en el nuevo Museo Nacional de la Civilización Egipcia (MNEC) del Cairo, que sustituye al viejo Museo Egipcio de la calle Tahir, o incluso en el British Museum, e incluso en un pequeño museo de lo expoliado por Medio Oriente (y medio mundo), por piratas ingleses, que yo visité hace unos años en Bath, en Inglaterra. De Lenin, qué decir: otro profeta fallido, creador de otra utopía sangrienta, en la que el nombre del paraíso en la tierra, se instaló una ideocracia tiránica que se fundó sobre un golpe de estado, una guerra civil, los crímenes de la colectivización, las purgas de Stalin, el Gulag, y el ya olvidado, al parecer, riesgo de fundir la tierra a golpe de bombas atómicas. Pero ahí estaba yo, en Moscú, preguntándome qué era de cierto lo que yo había escuchado de Vladimir Ilich, o de la momia de Vladimir Ilich, que me habían contado estaba incorrupta, como la de un santo, en una pirámide de la Plaza Roja, y su cerebro en manos de científicos que desde su muerte, en 1924 (el 21 de este mes cumple años de fallecido) estudiaban cómo aquel tipo que encarnaba el resentimiento de los que no tenían nada, había sido tan genial. Había llegado en la víspera, el 23 de mayo de 1989 a la que era todavía la capital de la URSS; por obligaciones del visado tenía que pasar por lo menos una semana allí, con un hotel pagado; un hotel que resultó ser el majestuoso -y entonces ruinoso y enmohecido- Nacional, última sede de la Duma de Kerensky y luego la primera de las Casas de los Soviets, tras el golpe de noviembre (sí, de noviembre) de 1917. Había despertado, la mañana siguiente, cosas del jet lag, de día y sin saber realmente qué horas eran (no existían celulares y mi viejo reloj de pulsera tenía el horario de México), así que me aventuré a un pasillo, al final del cual dormitaba un joven miliciano balanceándose en una silla; cuando me atreví a pasar a su lado y del que guardaba la puerta principal del hotel, salí a un Moscú desierto, pues realmente eran las 4 de la madrugada, como comprobé en un reloj en algún viejo edificio. El asunto es que luego de vagar por horas, al volver (el Nacional queda frente a las murallas del Kremlin, justo en el otro extremo de San Basilio), vi la enorme cola alrededor de esa pirámide de piedra rojiza donde estaba la momia del señor que la inteligencia del Reich, el del Kaiser, había enviado desde Zurich en el famoso tren sellado para minar al estado zarista, lo que lograron tras el golpe bolchevique, tal y como consta en el Brest-Litovsk, que sacó al Imperio Ruso de la Gran Guerra. Recuerdo esto, mientras dejo que se vaya yendo enero, ahora que leo cómo, tras la muerte del genial Lenin -existen los genios del mal-, en el libro ya comentado, le sacaron el corazón y el cerebro, para entregárselo a Aleksandr Arósev, mandamás del Instituto ídem, donde el cerebro sería estudiado por el neuro-sabio alemán Oskar Vogt, mientras el cuerpo fue conservado, como hasta la fecha, por Borís Zborski. Agonizaba ya, cuando fui a la URSS, el estado soviético; pronto el fracaso del modelo, la absurda Guerra de Afganistán, las reformas tardías de Gorvachov, le desbordarían en una sucesión de crisis, la salida de los Bálticos, el golpe de agosto, la irrupción de Yeltsin y así hasta el Protocolo de Almá Atá, donde se daba por extinto el hermoso sueño de Lenin, Stalin y compañía. Pude saltar la fila de provincianos que iban a ver la momia con la tarjeta azul de Intourist, y allí estaba delante del cuerpo incorrupto (ya la frase da escalofríos, se trate de Tutankamón, de Santa Catalina de Siena y su cabeza o de Lenin), el culpable de que un mal día rusos y estadunidenses hicieran estallar el mundo a bombazos, que fue la amenaza, junto con la invasión marciana, de una infancia paranoica para todos los de mi generación. ¡Sabbat Shalom!

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