Luis Muñoz Fernández

El doctor Francisco González Crussí, patólogo mexicano y hombre de vastísima cultura, escribió lo siguiente: “Si alguna cultura ha merecido los nombres de ‘exótica’ y ‘desconocida’ para nosotros ha sido sin duda la cultura china. Fue, entre todas, la que permaneció envuelta en el misterio más denso y por el más largo tiempo. Hasta la geografía parece haber conspirado para oscurecer nuestra visión, puesto que, cuando las comunicaciones eran dilatadas y trabajosas, China se perfilaba como la nación más remota e inaccesible. Su cultura permanece escasamente conocida todavía hoy; quizá la mejor prueba de esto es que, a pesar de los pasmosos avances tecnológicos de las comunicaciones y de la facilidad con que la gente viaja, China sigue siendo para el común de los occidentales un país extraño y fundamentalmente extranjero, en cierto modo el epítome de lo ajeno, resumen y compendio de la alteridad”.

La sensación de impenetrabilidad y misterio de la cultura china sigue vigente en la actualidad y, entre otras cosas, la encarna el presidente de aquel país Xi Jinping, que se enfrenta a sus homólogos occidentales, en especial al presidente de los Estados Unidos, con un rostro hierático, enmarcado por un peinado perfecto, en el que es difícil adivinar sus sentimientos y pensamientos, seguramente distintos a las palabras que pronuncia de manera contenida y lacónica. Nos provoca una sensación de amenaza velada.

Si se desea comprender mejor la forma de ver el mundo y de actuar en él de los chinos, además de analizar sus aspectos políticos, económicos y sociales, es necesario conocer sus antiquísimas vías de conocimiento, en las que convergen tres filosofías, dos de ellas autóctonas, el taoísmo y el confucianismo, y la tercera, el budismo, importada de la India. Es lo que ha hecho la filósofa Chantal Maillard en una obra reciente titulada “Las venas del dragón”.

Para Chantal Maillard, “la diferencia entre la tradición indoeuropea [parte de la nuestra] y la china radica en la manera en la que cada una tiene de concebir el mundo… En el imaginario chino no hay ningún espíritu distinto, lo que hay es soplo (‘qi’), un soplo que en su corriente, en su trayecto, adopta formas diversas. No hay lugar en el imaginario chino, para las dualidades [cuerpo y alma, mente y cerebro, herencia y crianza] a las que somos aficionados en Occidente. No hay dualidades, sino relaciones, mutaciones, transformaciones”.

Aunque literalmente “está en chino”, resulta fascinante asomarse a esa cultura milenaria.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com

 

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