Moshé Leher

Hace unas semanas, y juré no volver a hacerlo, me fui de fiesta con un numeroso grupo de personas, amigas y amigos, mucho, pero mucho, más jóvenes que yo: casi no sobrevivo para contarlo, aunque he de decir que, a la distancia, la pasé muy bien, sin embargo recordé lo poco que me gustan las trasnochadas, los lugares ruidosos, las multitudes, las conversaciones a gritos, los sitios iluminados a media luz.

Nunca fui un gran juerguista, aunque tuve mis temporadas, temporadas que necesitaba alternar con periodos de calma, de encierro y de nula jarana. Recuerdo que cuando era universitario, en Guadalajara, luego de algún fin de semana agitado, pasaba dos o tres diciendo que me venía a casa, para luego hacerme de provisiones y encerrarme fines de semana completos con suficiente comida, libros y música.

Menos salía todavía la temporada que pasé en Suramérica, ya hace casi treinta años y los años de Barcelona, ciudad de la que regresé hace ya 24… Y entonces reparo que es en esta ciudad donde la gente es más dada a relacionarse con sus semejantes en largas jaranas, ya en esos insoportables eventos sociales que se organizan a la menor provocación (me entero que ahora hay hasta graduaciones de niños que terminan el preescolar), ya en los cada vez más numerosos lugares donde la gente se reúne a escuchar ruido (la música, señoras y señores míos), es otra cosa.

El problema, si es que hay alguno, es que encerrado como suelo estar, casi viviendo como eremita, pocos asuntos me quedan para comentar en estas líneas, pues tampoco es que la gente vaya a estar expectante sobre lo que opino de los ensayos que estoy leyendo de Hannah Arendt, mis estudios sobre las implicaciones éticas de la Inteligencia Artificial, o mis lecturas sobre la mente y la conciencia en el pensamiento de John Searle.

Algo pensaba sobre una luminosa reflexión de la Arendt sobre los milagros y su tesis de que la capacidad de producirlos bien puede estar dentro del ámbito de las capacidades humanas, eso pese a que los milagros suelen irrumpir en el mundo como una “infinita improbabilidad”.

Ya estaba yo hablando de que, por fortuna, milagros no he visto ninguno (a menos que el campeonato del Cruz Azul o el del Atlas se quieran considerar tales), y sosteniendo lo de siempre: que presenciar alguno (un muerto resucitado, un ángel bajando de una nube) debe resultar terrorífico.

Pero yo sé que siguiendo esa senda, la de escribir mis reflexiones y las ideas soberanas que se me ocurren en mis encierros no voy a ninguna parte, y corro el riesgo de quedarme sin los seis lectores que me quedan.

Es por eso, y sólo por eso, que la semana pasada, con una concatenación de compromisos ineludibles, fui: a una comida el miércoles -que ya es un exceso por donde se le vea-, a una exposición el jueves, a mi comida habitual de los viernes, a ver un partido de beisbol con un amigo esa noche, a otra comida el sábado y, siesta de por medio, a una cena sabatina que se prolongó, válgame el cielo, ¡hasta la una de la madrugada!

El domingo, como suelo hacer, me fui a hacer un poco de ejercicio y a sentarme frente a una piscina, y beberme tres o cuatro copitas de tequila, con mi buen amigo Sergio, del que me despedí al mediodía en que me vine -nunca lo hubiera hecho- a ver el remate de la tunda que el Barcelona le puso a mis Pumas de la UNAM y a comerme una torta.

Tanta agitación en un señor de mi edad y de ánimos serenos como el mío fueron como un viaje a los siete círculos del infierno, ya de camino a casa, el domingo a las dos, seguro tenía el rostro del que acaba de hacer una travesía por el desierto: los miembros luengos, el rostro pálido, la greña como del que atravesó un tornado, la boca seca, el pecho agitándose y la mirada, sin luz, extraviada; otra semanita de esas y acabo catatónico.

¡Shavua Tov!

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