David Reynoso Rivera Río

En las últimas semanas, he escuchado a infinidad de personajes hablar sobre el destino que deberá tener México y los partidos políticos frente al proceso electoral que comenzará en septiembre próximo para elegir a nuestro Presidente, Senadores y Diputados Federales; sin embargo, resulta alarmante el gran descontento ciudadano hacia la clase política y cómo es que inclusive las personas y los cuadros que militan en los diferentes organismos políticos se atreven a afirmar que nuestro sistema político definitivamente debe transformarse.
A grandes rasgos, me llama mucho la atención que, en nuestro Aguascalientes, a poco menos de un año diversos grupos políticos al interior de los partidos comienzan el “reparto” virtual de candidaturas; tanto para 2018 como para 2019, cuando definitivamente debe resultar prioritario rescatar la confianza ciudadana en la clase política y en los propios partidos.
SIEMPRE he creído que las candidaturas deben de ser otorgadas a quienes tengan los méritos suficientes para merecerlas; sin embargo, me llevé una gran sorpresa al preguntar a más de una decena de personas qué es lo que entendían por meritocracia. Para algunos jóvenes y no tan jóvenes, meritocracia resultaba ser el “arte” de permanecer en cierto instituto político por tantos años como sea posible, es decir, para ellos las candidaturas deberían y deberán ser otorgadas a todos aquellos que cuenten con el historial más largo de años al servicio de un partido político.
Para otros tantos, la meritocracia consiste en la cantidad de suelas desgastadas de los zapatos tras recorrer colonias enteras entregando folletos, tocando puertas o simplemente participar en cruceros pegando algunas calcomanías, agitando maracas o tocando tambores. Todo lo anterior, resulta más que respetable y necesario para la operación política de un partido político; sin embargo, para otros tantos la meritocracia y por ende, la asignación de candidaturas nada tiene que ver con la permanencia o la cantidad de cruceros recorridos, sino con la capacidad intelectual y el oficio político apto de cara cada puesto de elección popular e incluso para cada cargo dentro de los diversos rubros de la administración pública.
Desde mi humilde punto de vista, considero que, si se quiere recuperar la confianza de las personas en la clase política, en las instituciones y en el propio poder público, se debe de terminar con esas abominables prácticas dónde no exista criterio uniforme para la designación de candidatos. Es momento de terminar con esas prácticas que confunden la designación “divina” o el dedazo, con la meritocracia; y por supuesto, es momento de unificar criterios para definir qué es lo que se debe entender y atender como meritocracia.
Si queremos seguir teniendo a una clase política carente de capacidades, continuemos con las mismas prácticas. De lo contrario, es momento de exigir independientemente de que formemos parte de algún partido o no, para que todos se vean forzados a tener entre sus filas a los y las mejores cuadros dentro de sus boletas en 2018 y 2019.
Sería increíble ver a verdaderos conocedores del ámbito legislativo federal o local como candidatos a diputados; a ciudadanos conocedores y capaces de tomar las riendas de regidurías y su injerencia en los diversos servicios públicos municipales; a verdaderos juristas y contadores o administradores capaces de llevar a cabo las tareas de representación en los ayuntamientos. Finalmente, sería increíble ver a sujetos profundamente enamorados de su Aguascalientes y sus respectivos municipios como candidatos a alcaldes, de manera que puedan adquirir un compromiso con la correcta y cabal administración de todas y cada una de sus funciones en beneficio de la población.
Esperemos que algún día, este manifiesto no sea una utopía sino una pronta e imperante realidad.

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