Moshé Leher

Casi al final de su libro, el autor cita a Borges tras señalar que ha “tratado de ser fiel a la realidad o en todo caso, diría Borges, ‘a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo’”. Yo cito también al argentino, tan socorrido para estos asuntos, que escribe que “lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; y sigo con Schopenhauer que, a propósito, dice “cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para la que no le interesa”.

“The life is a quotation”, escribe Emerson, citado por –¿quién más?– Borges, al que suelo citar, para jugar a los espejos, y entrar en el terreno pantanoso, e inútil de si el ejercicio de escribir un libro de memorias es sincero; cuán objetivo se puede ser; las trampas que nos pone el recuerdo y una serie de etcéteras que sobran.

El caso es que el libro es ameno, con algunos lances de ironía –donde yo, ya lo escribí, esperaría sarcasmo–, interesante y, según mi opinión particular, recomendable.

Suelo recomendarlo y a los sujetos de mi recomendación mi acción les produce resistencias; mismas que matizo señalando que se trata de eso, de unas memorias, y no de un tratado de politología, una causa de canonización, un libro de historia, y mucho menos un libro sapiencial.

Yo mismo disiento de muchas y varias opiniones allí vertidas, pues no lee cualquiera un libro para estar de acuerdo con el autor y sus opiniones; hay partes que presiento como un ajuste de cuentas, otras como una justificación, algunas más como arideces que pretenden cubrir una omisión, aunque el valor del texto reside justamente en eso: en conocer la opinión sobre asuntos, en su día polémicos, de uno de sus protagonistas y testigo de primera fila.

No voy a reseñarlo. Seguro para ello hay plumas más calificadas que la mía; me limitaré a decir que es interesante, ameno, polémico en varios tramos y que se lee de un jalón, asuntos que para mí justifican la lectura, por más que sienta que fue una exageración, desafortunada, que uno de los presentadores del acto al que yo asistí (en tanto se han realizado un par más, con otros comentadores) asegurara ver en su estilo a Ibargüengoitia.

Hay mucho de política local, algo de la figura singular de Reyes Heroles, mucho de los años trágicos y violentos de 1994 y 1995, más sobre las batallas en el desierto de ciertos clanes que dominaron la escena política local hasta hace muy poco; hay, comentaba, algunas zonas áridas –para mí, claro– sobre asuntos como el pleito con el SNTE y la privatización de la Expoplaza.

Con razón, y así lo manifiesta el ex mandatario, se trata del ejercicio de la memoria de un hombre público que se limita a esa esfera de acción, donde manifiesta sus razones, sus inclinaciones, sus simpatías y sus malquerencias; de estas últimas, es notorio que las más profundas tienen que ver con ciertos grupos políticos que suponíamos en el pasado y los comunicadores en general, pero algunos periodistas en particular.

Sobre este particular hay entre los sujetos de sus dardos alguno en su día cercano a quien ahora escribe, lo que supuso para algunos que ya mi mera presencia en la presentación del libro resultaría incómoda, un extremo que no aplicó para mí esa noche y no aplica para mí ahora. Él opina sobre esa persona, consanguínea mía, lo que opina y yo opino que: la consanguinidad no es para mí factor de nada; que hace mucho que no peleo ni mis pleitos, así que no me entretengo en los ajenos; y que si alguien se sintió ofendido, ese no voy a ser yo. No veo a nadie apurado por mis particulares batallas, así que no me voy yo ir a meter en las que nadie me llama.

El libro, en fin, creo que ofrece una opinión interesante, que está escrito de forma clara y en un estilo ameno y que (hay una tesis de fondo que sirve para explicar la restauración predemocrática que vive este país) en muchos sentidos es lectura si no obligada, sí recomendable para los que tienen algún tipo de interés en ese pantanal que es la política.

Supongo que ya está por las librerías.

Finf finguer in ein hant, un zeinen nit glaij (Traduzco del yiddish: los cinco dedos de la mano, no son iguales).

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