Ricardo Orozco Castellanos

 La dilatada trayectoria literaria y académica de Gonzalo Celorio (México, 1948) ha alcanzado en los últimos años cimas que no por esperables resultan menos sorprendentes. Por un lado, en la vertiente de su carrera académica, su paciente labor como funcionario en diversos ámbitos de la difusión de la cultura (especialmente la literaria) ha desembocado en el cargo de director de la Academia Mexicana de la Lengua -desde 2019-, habida cuenta de su paso por la UNAM, donde fue coordinador de Difusión Cultural y director de la Facultad de Filosofía y Letras. Fue también director del Fondo de Cultura Económica y ha sido por mucho tiempo asesor literario de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

En su faceta de narrador y ensayista, su carrera resulta igualmente significativa, sobre todo si se revisan sus novelas Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999), Tres lindas cubanas (2006), El metal y la escoria (2014) y Los apóstatas (2020); las últimas tres recrean con madura visión retrospectiva su historia familiar, lo mismo desde el ángulo materno que del paterno o la fraternidad entrañable y dolorosa. El reconocimiento unánime de la crítica y de sus colegas lo llevó a obtener, en el año 2010, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Lingüística y Literatura.

Como docente y estudioso de la literatura mexicana e iberoamericana ha desplegado una intensa actividad desde hace casi cincuenta años. Quienes han sido sus alumnos lo recuerdan como un ameno interlocutor, con una personalidad cálida y cercana, de trato cortés y palabra franca, sin regodeos ni barroquismos, a pesar de su gusto por las enrevesadas formas del arte barroco. Yo tuve el inesperado placer de conocerlo cuando él era un profesor todavía muy joven (frisaba la treintena) y me fue asignado como lector de mi tesis de licenciatura en la UNAM. Me trató con gentileza y fue extremadamente generoso con el aspirante a crítico literario que yo era por entonces.

Todo lo anterior no es sino un preámbulo para consignar aquí mi entusiasmo por la más reciente publicación del maestro Celorio: Mentideros de la memoria (México: Tusquets, 2022). Nos hallamos frente a un libro magnífico e inclasificable, que mezcla el relato autobiográfico con excelentes semblanzas literarias, aderezado con anécdotas poco conocidas, protagonizadas casi siempre por escritores ya inmortalizados en el panteón hispanoamericano (Borges, Rulfo, Arreola, Cortázar, Bryce Echenique, Fuentes, García Márquez, Augusto Monterroso), anécdotas apostilladas con amplias dosis de humor, envueltas en la delicada seda de la ironía que caracteriza la prosa de Celorio. Los capítulos, cuidadosamente distribuidos, están narrados en primera persona, aunque el foco de atención se desplaza sutilmente desde la voz autoral hacia el personaje que se quiere introducir y que será desde luego el núcleo de cada episodio. Los tiempos y las circunstancias oscilan en un rango muy amplio: el arco del tiempo va de los años sesenta, cuando Celorio se decidió por estudiar profesionalmente Letras, hasta el pasado más o menos reciente. El hilo narrativo traza una urdimbre compleja en que los lugares asumen un rol definitorio: bares, residenciasy restaurantes de la ciudad de México convertidos en escenario real de historias en buena medida inventadas; aulas de la UNAM, calles y plazas, barrios de Buenos Aires, México, Madrid, Bogotá y singularmente de París; hoteles de aquí y de allá, casas, apartamentos y hasta los palacios presidenciales de Colombia y de México. Los lugares que aparecen no son meros decorados o ambientaciones artificiales, creados para producir un efecto de realidad; más que descritos son lugares escritos, parte integral y altamente significativa de la historia revelada por el autor.

El caso extremo, me parece, es el capítulo denominado “La cama de Julio Cortázar”. En este relato, Celorio se muestra en su mejor elemento: combina con admirable pericia ficción y reportaje, erudición y remembranza; ficcionaliza su apasionada admiración por el autor de Rayuela al grado de que, al finalizar la lectura del texto, no sabemos con certeza si la historia que nos ha ido contando es tan solo una mentira urdida por su memoria para tematizar la relación erótica largamente aplazada con Françoise (personaje del que parece imposible demostrar su existencia real, y del que Celorio deliberadamente omite cualquier referencia que permita una identificación), justamente a partir del espacio mínimo representado en el texto por la habitación en la que Cortázar vivió sus últimos días. Al respecto, el guiño literario de Celorio es inmejorable: “Tantas veces he dicho que yo dormí en la cama de Julio Cortázar, que me lo he acabado por creer” (p. 62): realidad y ficción perfectamente mezcladas, indistinguibles. Cobra aquí profundo significado el título barroco del libro, el cual es un eco indudable del aforismo que García Márquez dictaminó en sus propias memorias: la vida no es como la vivimos, sino como la recordamos para contarla.

Más allá del anecdotario, a veces sorprendente, de las celebridades literarias que pululan por sus páginas, el libro de Celorio nos deja un cúmulo de impresiones emotivas en los textos que mejor ensamblan las memorias del autor, presentadas casi siempre en escorzo, con los rasgos descarnadamente humanos de los personajes retratados. La facultad narrativa del autor, plenamente literaria, convierte la mayoría de los capítulos en relatos emocionantes, incluso estremecedores, cuyos resabios de dulce amargura perviven en el gusto del lector. Así ocurre, particularmente, de manera muy intensa, en el relato que abre la colección: “Algo sobre la muerte del menor Sabines”, vibrante historia trágica acerca del malogrado hijo del gran poeta chiapaneco; y también en “Natasha”, breve semblanza dramática de la hija de Carlos Fuentes y Silvia Lemus que murió tan joven. Y tratándose de semblanzas geniales, destacan los estupendos retratos de Luis Rius (poeta y maestro del exilio español en México), Juan José Arreola y Umberto Eco, textos ampliamente recomendables, modelos de prosa, paradigmas de lo que debieran ser los homenajes literarios.

Gonzalo Celorio ha compuesto un libro redondo en un género inaprehensible, en el que lo mismo se funden el reportaje informado, personalísimo, con el ensayo erudito y la franca libertad del cuentista. Atravesada por los humores etílicos que recuerdan su maravilloso periplo nocturno por la ciudad de México en Y retiemble en sus centros la tierra, los placeres gastronómicos, la pasión por el flamenco y el son cubano -provenientes de las vetas española y caribeña que ya había celebrado en sus novelas Tres lindas cubanas y El metal y la escoria– esta nueva obra de Celorio confirma su maestría de escritor y el indiscutible lugar de privilegio que se ha ganado en la república de las letras mexicanas.