Gerónimo Aguayo Leytte

En la actualidad, con el desarrollo acelerado de la tecnología, la práctica de la medicina ha tenido modificaciones relevantes. Por una parte, nunca antes como ahora se dispone, para el médico y personal de salud, de una gran variedad de estudios y procedimientos para acercarse al diagnóstico, o confirmarlo y en ocasiones resolver el problema. La tomografía de cualquier parte del cuerpo, de alta resolución, la resonancia magnética de cualquier órgano, los dispositivos en catéteres para disolver o extraer coágulos, la extracción a través de sondas de cálculos renales, en la vesícula o en la vejiga, la cirugía de mínima invasión que ya también se realiza en el cerebro, estudios de tejidos (biopsias) que determinan, en el caso de los tumores, la susceptibilidad a tratamientos ahora con anticuerpos dirigidos a células tumorales de diferentes tipos. Los trasplantes de diferentes órganos también ahora con sobrevidas mayores de los pacientes, al recibir fármacos nuevos que evitan el rechazo al órgano injertado. Esta lista no exhaustiva a cuenta de ejemplos de indudables avances tecnológicos y médicos.
Con todo este panorama promisorio de una mejor calidad de vida, nos enfrentamos al alto costo de estos estudios y procedimientos que deberían ser usados por el médico con un gran sentido de responsabilidad y ética para provecho de todos, especialmente los más desprotegidos, en las instituciones públicas.
La preparación del médico ahora y siempre ha implicado infundir un profundo deseo de servicio e interés por el ser humano, tanto en los aspectos físicos, como mentales y emocionales, además del compromiso de un estudio constante de la ciencia (medicina y mucho más) para discernir que será lo mejor para sus enfermos.
Vienen a mi mente dos temas de actualidad con referencia a la mejor forma de estudiar medicina en estos tiempos. Por una parte, el auge y crecimiento de los modelos de simulación, que significa la posibilidad de aprender medicina a través de robots que simulan enfermedades y situaciones clínicas y que, sin duda, estimulan al estudiante a enfrentarse a casos y circunstancias que se asemejan a la realidad. Ante la dificultad en ocasiones para que los alumnos asistan a prácticas en los hospitales, como ha sido el caso de la pandemia COVID, parece una medida viable, pero que no sustituye el contacto cercano con el ser humano enfermo, que tiene miedos, angustia, tristezas, que la máquina no nos puede reproducir, además de la complejidad en ocasiones de síntomas y hallazgos que vivimos al tener frente a nosotros un paciente.
Por otro lado, también el desarrollo vertiginoso en la actualidad de la inteligencia artificial relacionada a la medicina que, sin duda, tiene también cierta relación con los modelos de simulación. Entre algunas aplicaciones que se han estudiado es lograr máquinas, como las expendedoras de golosinas o bebidas, que introduciendo nosotros, los usuarios, los síntomas, y además nos tome los signos vitales, obtengamos de inmediato una receta y la consecuente dotación de medicamentos. Se antoja práctico, rápido y tal vez no tan barato pero dejaría de lado la rica complejidad del ser humano.
Recientemente leí un artículo que me impactó y que me remite al cultivo de las humanidades, de las artes, sin descuidar la ciencia, para acercarnos al ser humano, mujer, hombre. La tesis fundamental es que nuestro cerebro no es como un ordenador o computadora. Es mucho más. La trascendencia de nuestra actividad cerebral apenas la vislumbramos y tanto científicos como filósofos o artistas están intentando desenredar lo que el Dr. Bruno Estañol llamó: El telar encantado.