Gerónimo Aguayo Leytte

Hoy visité a Enrique, un paciente a quien atiendo en su casa desde hace dos años. Él padece una enfermedad que le produce debilidad en sus extremidades y la falta de suficiente movimiento ha adelgazado sus músculos. El trastorno es conocido como enfermedad de neurona motora y también tiene los epónimos o nombres distintivos: Síndrome de Charcot, pues este distinguido médico francés, considerado el padre de la neurología moderna, fue el primero en describirla en 1869. También se le conoce como Enfermedad de Lou Gherig en honor al famoso beisbolista de Nueva York, quien la padeció y se le diagnosticó en 1930.

Se sabe que este padecimiento afecta a las neuronas motoras de la médula espinal y en ocasiones también a las del tallo cerebral. Las neuronas motoras o motoneuronas, se dividen en dos grupos, las motoneuronas superiores que tienen su origen en la corteza cerebral motora primaria y extienden sus axones para conectarse con las motoneuronas inferiores en conglomerados o núcleos situados en el tallo cerebral o en la médula espinal. De ahí las motoneuronas inferiores llevan sus axones para conectarse en la placa neuromuscular y producir el movimiento deseado. Este sistema motor inferior es el que resulta afectado.

Las posibles causas y las repercusiones en el funcionamiento neuronal en esta afección son objeto de intenso estudio en diversos grupos de científicos en todo el mundo, sin embargo, todavía no existe una hipótesis clara que unifique todas las teorías y por ello los tratamientos son por el momento limitados.

Los médicos que atendemos enfermos, con frecuencia nos enfrentamos a padecimientos que todavía no tienen cura. Debemos conformarnos por lo pronto con tratamientos incompletos que pueden modificarse en los próximos meses o años. De ahí la importancia de mantenernos actualizados y enfocarnos no sólo a ese sistema neuronal motor alterado, sino al hombre que sufre, que tiene temores, preocupaciones, sueños, intensos deseos de sentirse mejor.

Es mi gran reto como médico: conocer lo más posible el sistema nervioso del ser humano, que posee millones de neuronas y sus intrincados circuitos y, a la vez, generar una profunda empatía con el hombre doliente para suavizar el impacto de la enfermedad, aconsejarlo, acompañarlo, mientras no haya una solución total a su problema de salud.

La medicina es una ciencia, lo vemos todos los días con sus notables avances en muchas de sus áreas. También debe aceptarse en ella la ignorancia de muchos aspectos, la incertidumbre, la paciente espera y la perseverancia por parte del que desea practicar el arte y la ciencia de curar, sin olvidar la riqueza de la faceta humana que nos obliga a actuar y a aprender.

Me reconforta ver como Enrique continúa haciendo frente a la enfermedad y he aprendido mucho de él y de su familia, me siento emocionado al verlo y con frecuencia me pesa mucho su mirada inquisitiva que me pregunta si ya hay un nuevo remedio a su mal.