Los mitemas de una princesa llamada Blanca Nieves.

CORTE Y QUEDAEn el corazón de una manzana envenenada yacen los principios fundamentales del pensamiento occidental. Dicho fruto es otorgado maliciosamente como un acto que involucra seducción y corrupción simultáneas en un categórico juego de voluntades para determinar si la oblación a la inocencia aún tiene cabida en el oscuro mundo labrado por el antropocentrismo. Dicha referencia atañe, por supuesto, a un texto popular encajado hasta la médula ósea en los atingentes culturales más elementales por los motivos que orillan a esta fruta, la mítica y proverbial manzana, a obtener su condición letal. Su mortal degustación encierra un código ontológico que trasciende sus raíces folclóricas para hablarnos un poco de la condición humana y cuán presta se encuentra para mancillar a la primera oportunidad un poco de etérea inocencia solo para demostrar un punto: el dominio de la mundología sobre la espiritualidad. Una lucha de poder donde se involucran castas, soberanía y cordura ganadas o perdidas ya sea con algo de sangre o con una simple mordida a una manzana. Y pensar que esta historia se lee a todos los niños desde hace siglos, aunque probablemente sea lo mejor, pues nada como el cuento de Blanca Nieves y los 7 enanos para preparar a los infantes al duro mundo que enfrentarán en años venideros.
Como ya es sabido, dicha narración comenzó a manifestarse a raíz de las tradiciones orales europeas, emergiendo primero como anécdota y después como toda una historia con sus rigurosos recursos estructurales literarios, brotando múltiples versiones pero destacando aquella que le otorgaron los afamados hermanos Grimm para heredarle a la historia la versión más favorecida por el gusto popular. Una trama en apariencia sencilla que involucra todos los componentes maniqueos y simbólicos necesarios para una justa transición al cine, medio que revelaría lo que subyace allende una mera competencia de apariencias en el Medioevo y arbitrada por un espejo antropomórfico.
En 1916 la primera adaptación de “Blanca Nieves” llega a las pantallas en una ambiciosa producción norteamericana dirigida por J. Searle Dawley, producida por la compañía fotográfica Eastman-Kodak y protagonizada por Dorothy Cumming, quien a la postre se consagraría en el papel de María, madre de Jesucristo, en la primera versión de “Rey de Reyes” (1927) de la mano de Cecil B. de MIlle. 20 años después, Walt Disney inmortalizaría al personaje y sus arquetipos en su versión animada, titulada “Blanca Nieves y los 7 Enanos”. Es aquí cuando las diversas lecturas que se registran en el cuento original se tornan con fuerza al espectador ante el poco reparo que tiene el Tío Walt para vociferar su moralina agenda. Se nos presenta a Blanca Nieves como un personaje que solo puede salvar el escollo de su orfandad con la fálica presencia de un físicamente armonioso Príncipe Azul (elemento pasivo vs. activo diría Freud) y que representa la única posibilidad para cortar el lacerante cordón umbilical que significa su cruel madrastra (matriarcado vs. emancipación). Ella, a su vez, se erige como un personaje de complejidad psicodramática al renunciar a un estereotipo de maternidad abnegada y atarse a su Yo hasta extremos homicidas, pues no tolera que su hijastra sea más bella, aún si este juicio proviene de un artefacto mágico cuyas elocuciones son tomadas como absolutos (psique vs. racionalidad). Blanca Nieves es llevada al deliberadamente contrastante Bosque Negro para ser asesinada por un sirviente de la “malvada” reina -a estas alturas del relato, cabría preguntarse si la madrastra no es tan solo una mujer de intenciones malinterpretadas o simplemente carente de catarsis carnal-, mas el homicidio no puede ser consumado y ella escapa para refugiarse en un hogar donde habitan 7 enanos, con quienes convivirá en sano amasiato y antiséptica relación afectiva sin temor a perder su mayor posesión: aquella virginidad que imbuye de blancura a su nombre (mundanidad vs. martirio). La madrastra la localiza y, caracterizada como grotesca anciana, le ofrece el ya mencionado fruto ponzoñoso, no como una lección monomaniaca de jerarquía familiar o un arranque psicopático producto de ver telenovelas, simplemente para quitarla del camino ¿Su única salvación? El beso del príncipe, quien cumple con lo que se espera de él y viven felices para siempre (idealización /entelequia romántica vs. cotidiano). Un campo de batalla de conceptos y constructos ubicados en una tierra fantástica, tan fantástica como la nuestra.
Esta producción marcó la senda narrativa de todas aquellas que le prosiguieron donde el protagonismo recayera en una figura principesca femenina y su antítesis de igual condición. Blanca Nieves se convirtió en el molde de todo leitmotiv de los cuentos de hadas paridos en el cine y sus propias adaptaciones trataron de darle un giro a tal convencionalismo, como ocurrió en las versiones alemanas sobre el personaje, filmadas entre 1955 y 1960 y que procuraron hacer una exploración más profunda sobre el universo de la protagonista, sobre todo su relación con su menos conocida hermana Rosa Roja, beligerante y no siempre en acuerdo con su más famosa pariente. Por su parte, “Blanca Nieves: Un Cuento de Terror” (Cohn, E.U., 1997) eligió la senda menos benévola y manifestó las cualidades más ominosas del relato, con una atmósfera gótica y decididamente torcida, no así “Espejito Espejito” (Singh, E.U., 2012), reciente recapitulación del cuento clásico pero narrada en tono guasón, lo que tal vez le favorece como sátira a los desgastados modelos que han mimetizado sus bastardos mediáticos, así como “Blanca Nieves y el Cazador” (Sanders, E.U. , 2012) una apuesta en recalentado del mito pero exacerbada y pagada de sí misma, construida en basamentos fílmicos de moda y tan efímera que la tan prometida secuela simplemente no llega. Aunque, tal vez, ya no logre sorprendernos, pues en este momento ya todos hemos elegido y, por mi parte, ya saboree el néctar de la manzana envenenada. La elección hacia la realidad puede ser tan pavorosa como exquisita, y si no surgen animales bien intencionados tratando de salvarme, qué mejor.

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