RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El sábado pasado, muy temprano, a las siete de la mañana, escuché en una estación de radio que ese día iba a ser el último para que la gente acudiera a vacunarse contra el COVID-19. Y la vacuna era para los de primera, segunda dosis o la tercera o cuarta de las vacunas de refuerzo. Y me animé a ir a vacunarme cuando escuché que desafortunadamente un promedio de 15 mil vacunas se iba a echar a perder debido a que el día 30 de abril iban a caducar y a pesar de tener ya varios días aplicando las vacunas en diferentes módulos del estado la gente no había acudido como se esperaba. Sin pensarlo mucho me preparé para ir en pos de mi segundo refuerzo y junto conmigo me llevé a mi mamá, pues ella es, se supone, más vulnerable que yo. Araceli mi esposa me dijo que ella como todavía no cumplía la edad para el refuerzo pues no iba a llevar ni sus papeles pues no la iban a querer vacunar. Y eso lo dijo en base a la experiencia que ya habíamos tenido cuando fuimos a vacunarnos para la primera y segunda dosis, pues a ella no la querían vacunar hasta que no fuera cuando, de acuerdo a la edad, le tocaría pues como usted recordará cuando recién salió la vacuna el año pasado el Gobierno Federal, más bien nuestro iluminado presidente, optó porque el Gobierno Federal, vía la Guardia Nacional y el Ejército, controlaran con el apoyo de los superdelegados del Gobierno Federal en los estados la aplicación de las vacunas. Y para ello tendrían el apoyo de la aplicación del personal de los institutos de salud, como sería el caso en Aguascalientes del ISSEA. Pero los que marcaban las directrices y la metodología eran los enviados por el Gobierno Federal. Ellos decían cómo, cuándo, en dónde y a qué horas. E idearon con qué grupos de gente comenzar, en este caso los adultos mayores por ser gente con más problemas de morbilidad. Y enseguida planearon iniciar en tales o cuales municipios, así como en la ciudad capital. Y para ello se utilizaron principalmente escuelas públicas o la UAA, así como espacios de gobierno como el Tres Centurias. Al iniciar la vacunación en todas las entidades federativas comenzó el calvario para todos los ciudadanos: Enormes filas de gente que bajo los rayos solares permanecían parados varias horas aguardando llegar a donde estaban vacunando. No faltaron los pleitos y los gritos de la gente molestos por la pésima organización. Y todo debido a que el Gobierno Federal, para ser más claros el presidente López Obrador, querían que se sintiera que quienes le estaban regalando a la población la vacuna y con ello la posibilidad de no morir como estaba ocurriendo con los miles y miles de personas a lo largo y ancho del país. La gente acudía en tropel, con la angustia reflejada en el rostro a buscar vacunarse a los diferentes módulos. Si en uno ya no había vacuna se trasladaban a otro. En lo personal yo acudí, siempre llevando a mi madre en su silla de ruedas, primero a Villa Juárez, luego de más de dos horas de estar ahí, bajo un inclemente sol nos avisaron que se había acabado la vacuna, alguien soltó la versión que en Asientos todavía había vacunas. ¡Y allá vamos! La carretera iba llena, la gente se fue a Asientos con la esperanza de la ansiada protección contra el virus. En Asientos había un mundo de gente y después de casi dos horas, ya cerca de las cuatro de la tarde, otra vez la noticia fatal: “¡Ya se acabaron las vacunas!”. Y a casa con la desilusión marcada en el rostro. Tanto correr y asolearse, trasladando a mi madre en su silla por las calles de tierra para que al final de cuentas no hubiera habido nada. Después de varios días de nueva cuenta a hacer el intento en Pabellón. Ahí logramos que nos pusieran la deseada vacuna. Sólo a mi mamá y a mí. A mi mujer no se la pusieron porque todavía no daba la edad. Algo inaudito pues si la idea era que la gente se vacunara para que fuera amainando la pandemia pues qué mejor que vacunar a destajo. Por lo que semanas después tuvimos que volver a hacer el recorrido para que se la aplicaran a ella. Meses después todo el periplo de la primera vacuna lo volvimos a vivir para la segunda y tercera dosis. ¡La muerte chiquita! Y todavía faltaba la cuarta dosis. La verdad yo la pensaba, pues la pandemia ya iba de bajada y me dije: “Con tres dosis ya ando protegido, aparte sigo usando el cubrebocas, así como el gel y pues no pensamos ir a la feria, pues eso si sería buscarle ruido al chicharrón”.

Sin embargo, el sábado pasado cuando oí la nota en el radio que era el último día para aplicarse la vacuna y que la gente no estaba acudiendo, pues me animé. Y allá vamos. ¡Y que diferencia! Ahora para vacunar no estaban en plan de divos pidiendo llevar la solicitud ya impresa y tampoco era por edades. Había poca gente en los centros de vacunación- Nosotros fuimos al Centro Comercial Altaria. En la entrada principal estaba el módulo el cual era atendido por elementos del Ejército. No había fila en lo absoluto pues como iban llegando de inmediato los mismos soldados le llenaban a uno su registro con tan sólo presentar la credencial de elector. Y la gente se podía aplicar, como lo menciono líneas arriba, la primera, segunda, tercera o cuarta dosis. Nada de que sólo era para determinado grupo de edad. No. Parejito como en la danza. La idea era que se vacunara la mayor cantidad de gente porque ese día, 30 de abril, varios miles de dosis se caducaban y era una verdadera grosería que se tuvieran que eliminar. Ese día a mi mujer, le aplicaron su segunda dosis de refuerzo a pesar de que todavía no tenía la edad, pero eso de la edad no tenía nada que ver, sólo era un requisito del gobierno: primero los de 60 para arriba, luego los de 50 y así de manera descendente. ¿Pero para qué hacer esperar a las personas? Si ya estaban ahí pues a adelantarle a la vacunación. Lo vivido el sábado pasado debió haber sido la estrategia inicial de la vacunación. Hubiera habido menos problemas y habría resultado más ágil.

Creo que a López Gatell le fallaron muchas cosas en su estrategia para atacar el virus. Desde un principio cuando soslayó el uso del cubrebocas nos dijimos: “¡Ya valió! Este hombre con tal de quedar bien con el presidente se va a llevar por delante a miles de mexicanos”, como sucedió. Y en esto no tuvieron nada que ver los gobiernos estatales, pues los ataron de manos en lo referente a la organización. En varias ocasiones observé cómo el gobernador Orozco trató de mejorar la organización, pero no lo dejaban meter mano. Era claro, el Gobierno Federal no quería compartir el mérito.

 

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