Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

La conocí hace 27 años, muy jovencita. Empezó a trabajar en una escuela del medio rural con mucho entusiasmo, como lo hacen todas y todos los maestros que se inician en la docencia. Hacía grandes esfuerzos por lograr que sus alumnos aprendieran los contenidos de sus clases; por eso, por la vehemencia que ponía en su labor, ella estaba segura que sus alumnos estaban aprendiendo todo lo que ella les ensañaba; pero el día que les aplicó un examen de conocimientos, con tristeza se dio cuenta que la mayoría de los alumnos reprobó.

Ese día, al regresar a su casa, a la maestra Laura se le notaba en su rostro el desencanto, el desánimo y hasta coraje por los resultados del examen. Después de saludar a su madre, le comentó a ella: “Tú crees mamá, tanto esfuerzo que pongo en mis alumnos para enseñarles los contenidos de los programas y de los libros de texto, y cuando les aplico un examen, la mayoría reprueba”. Cuenta la maestra Laura que su madre, después de escucharla con atención, le dijo: “Mira hija, si la mayoría de tus alumnos reprobó, entonces el problema no está en los niños, puede estar en lo que enseñas y en la forma en que estás dando las clases. Todos los niños aprenden, unos más que otros, pero todos aprenden. Entonces, hija, ponte a pensar en qué y en dónde pueden estar las fallas para que las corrijas”.

“Inicialmente, me molesté por lo que dijo mi madre -dice la maestra Laura _, pero después, ya más tranquila, me puse a revisar mis planeaciones, a constatar mi dominio sobre las materias que impartía, a examinar el desarrollo de mis clases y de las técnicas que aplicaba; incluso, hice un análisis de las preguntas que formulé en el examen, y me di cuenta que, efectivamente, tenía fallas en varios aspectos mencionados”. De esta manera, gracias a los comentarios de su madre, la maestra Laura empezó por fortalecer sus conocimientos sobre las asignaturas del programa; pues como ella misma decía: “No podía enseñar una materia que yo no dominara”. Después, la maestra se dio a la tarea de preparar muy bien sus clases mediante una planeación en la que, centralmente, destacaban los aprendizajes y las actividades que los alumnos debían realizar para lograr los aprendizajes señalados; asimismo, buscaba nuevas estrategias didácticas y nuevos apoyos educativos para obtener buenos resultados en los aprendizajes de sus alumnos. Hizo, también, cambios importantes en sus exámenes; preguntando lo que realmente enseñaba; además, propiciando razonamientos, análisis, comparaciones, argumentaciones y diversas formas de desarrollar el pensamiento. Y entre algunos otros detalles de capital importancia y que deben subrayarse, la maestra Laura se mostró, con sus alumnos, más cercana, más comprensiva, más afable y más atenta, sobre todo, con los niños que tenían problemas de aprendizaje, a grado tal que privilegia la atención personalizada según requerimientos de cada alumno. A partir de aquel auto fortalecimiento académico y de los cambios que hizo en su práctica docente, los alumnos de la maestra Laura mejoraron, progresivamente, sus aprendizajes.

Aparte de lo anterior, lo extraordinario de la maestra está en que lo que inició haciendo hace 27 años, hoy sigue haciendo lo mismo: trabaja con entusiasmo, se auto prepara permanentemente, acorde con los cambios y exigencias del momento; hace cambios en lo que no le resulta bien, hasta lograr el mejoramiento deseado y cada vez es más ingeniosa y creativa; por lo que sus alumnos siempre muestran aprendizajes relevantes. Y muy a pesar de que, por motivos incomprensibles e intransigencias, un supervisor quiso generarle problemas gratuitos, la maestra salió adelante y sigue siendo, hasta hoy, un ejemplo para todos. Con maestras y maestros así, los niños están en buenas manos.

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