Margarita Estela Esparza Valdivia

A Estela le falta malicia

Cuauhtémoc Esparza Sánchez[1]

Inspirada en el señalamiento que la maestra Ma. Del Rosario Reveles Ávila me hacía, de por qué no hablar o escribir de mi mamá, y en el bellísimo artículo sobre la señora María Esperanza Contreras Montoya de la maestra Alma Rita Díaz Contreras, actual directora del Museo Zacatecano y su “título insuperable”: “Flores de Plúmbago y Zarcillos de Oro Real para ella”, me intereso por continuar escribiendo sobre otras mujeres en la sombra, sin reconocimientos, entre ellas, mi madre, rindiendo un pequeño tributo a alguien digna también de “Flores de Plúmbago y Zarcillos de Oro Real”.

Cuando mi padre se daba cuenta, de cómo mi madre trataba tan bien a los parientes difíciles, pues era servicial y saludadora con los vecinos, empleados, empleadas y conocidos abusivos, y al advertirle de las malas intenciones de alguien, no nos creía nada. Siempre nos decía desesperado: “A Estela le falta malicia”. Y no es que quisiésemos que fuera una malvada, sino simplemente que abriera los ojos.

Y es que así como era sonriente, educada, limpia, decente, con un gran sentido del humor, servicial, preocupada de su mundo, su país, su familia, sus vecinos, su iglesia, buena esposa, buena hija, hermana, tía y madre, muy femenina; no era ni vengativa, ni mentirosa, ni mal pensada; sino que se entristecía simplemente cuando tenía algún problema con alguien. Nunca se valoró, nunca se estimó, nunca hubo en ella una gota de soberbia, de altanería, de prepotencia, de ira.

Siempre he pensado y sentido que pese a que “algunas veces” llegó a ser algo claridosa, aunque con mucho tacto y que llegó a enojarse mucho por algo, vivió toda su vida acomplejada, pese a ser bonita, a que sus hermanos la apodaban “chiquiada”, a ser hija de un padre guapo, trabajador y consentidor con ella; de una madre atractiva y trabajadora también, que llegó a ser invitada para ser reina de la Feria de San Marcos en Aguascalientes, de quien también heredó lo deportista y de sus tíos paternos famosos en la primera mitad del siglo pasado en la ciudad de Aguascalientes de donde era originaria; por atractivos, activos en el deporte, en sus sastrerías, en sus pequeñas empresas y hasta en sus romances; pues algunos de ellos llegaron a casarse hasta tres veces, cuando los divorcios y los segundos o más matrimonios eran un verdadero escándalo.

Y claro que recibió amor en su vida, ¡gracias a Dios! no sólo de sus padres, hermanos, tíos, primos, esposo e hijos, pese a todo, y también de sus sobrinos de sangre y hasta de sus sobrinos políticos.

Clara Estela Valdivia Carreón fue la segunda de ocho hermanos, con orígenes guadalupanos por parte de su abuela paterna[2] e hijos, sobrinos, nietos, bisnietos y tataranietos de costureras, sastres, panaderos y profesores. Su hermana mayor, Emma Ofelia, fue su cómplice, compañera, colega, defensora y amiga incondicional de toda su vida, pese al cariño que también recibió siempre de otra de sus hermanas menores: la doctora Martha Eloísa Valdivia[3]. Juntas jugaron basquetbol en el equipo de “Las Invictas” y en el de la Escuela Normal, que se convirtió en la selección de Aguascalientes, ganando un campeonato nacional contra el equipo de Monterrey en el año 1951[4], junto con Elvia Gómez, Teresa Morales, Rosa Imelda López, Gelos Ávila, Nelly Galindo, Teresa Delgado, Lupita Rodríguez y Coco Coronel, entre otras.

Su entrenador era su propio tío, el maestro Eugenio Carreón Díaz, integrante y fundador de uno de los primeros equipos de basquetbol varonil de Aguascalientes, en 1931. Junto a sus hermanos, el equipo de los “Hermanos Carreón”, ganadores de la mayoría de los torneos locales, y con otros primeros basquetbolistas de Aguascalientes del Primer Campeonato Nacional de Primera Fuerza de Basquetbol en México en 1932, organizado por ellos mismos[5].

Los hermanos Carreón, sastres y basquetbolistas, profesores de educación física, peluqueros y hasta agricultores, fueron la adoración infantil, juvenil y eterna de Clara Estela. Hasta su muerte, hablaba feliz y orgullosa de su Estado, de sus escuelas, de sus amigas “las merries”[6], de su Feria de San Marcos, de la calle Madero, de su Escuela Normal, de sus tíos, de sus abuelitas y siempre, siempre de sus hermanos.[7]

Sin embargo, mi madre nunca se valoró… y nunca la valoramos.

(Continuará…)

[1] Historiador zacatecano, sobrino de don Hidalgo Esparza Ruiz de la Peña, que fue tesorero del Gobierno de Aguascalientes y gran amigo y colega de don Alejandro Topete del Valle, cronista de la misma Ciudad y Estado.

[2] Su abuela paterna Eloísa Ortega Yáñez era originaria de la ciudad de Guadalupe, Zacatecas.

[3] “La Gran Loi”, doctora en Economía por la Universidad de Leningrado, junto con su esposo el doctor Rafael Ortega Paczka, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Chapingo y creador en el año 2018 de las variantes de maíz: Estrella, Celeste y Eloísa.

[4] Dato del que nos enteramos hasta después de su muerte, pues ella sólo presumía las frases y las buenas acciones de sus abuelitas, de sus tíos y de su mamá. Repito, ni vanidosa, ni soberbia, ni presumida, ni grosera, ni altanera. La recuerdo ahora y creo que debió llamarse Irene: era “sumamente pacífica” y en los últimos años de su vida muy depresiva.

[5] Antes de 1932 no había torneos ni campeonatos de basquetbol a nivel nacional, pero al impulsar los hermanos Carreón el Primer Torneo Nacional, se continuaron como hasta la fecha.

[6] Vecinas de su calle de Josefa Ortiz de Domínguez, se apellidaban López.

[7] Tres de los cuales estudiaron sus posgrados en el extranjero siendo profesionistas exitosos.