Cuando era estudiante de medicina, mi profesora de Medicina Forense solía decir “para ser forenses hay que ser fríos e insensibles”, todos hacíamos hilaridad del tema; y es que en apariencia así se espera que sean los personajes del mundo forense, se supone que deben tener ese grado de frialdad que los haga entrar y salir del drama sin ningún sesgo de afectación, se espera que deben tener un “poder” que los haga inmunes al sufrimiento de los demás. En teoría suena fantástico, pero llevarlo a la práctica es complejo.

Recuerdo mi primer asunto, un típico caso del viejo sistema de justicia penal, sustentado en actuaciones ministeriales bastante irregulares; yo cumplí en parte lo que compete a mi profesión, durante el camino creí ciegamente en la inocencia del imputado pues todo apuntaba a eso, defendí el asunto como si se tratara de mí, trabajé incansablemente en la búsqueda de información para contribuir en su absolución. Me dolía en el alma saberlo dentro de prisión, inocente y en suma, víctima de un sistema contaminado, con sus pequeños hijos y familia esperando afuera e implorando justicia. Ha pasado más de una década desde entonces y extrañamente, no he logrado tener ese poder mágico de exentarme de las emociones que produce el analizar casos, incluso hasta el día de hoy sigo pensando en aquel asunto, pues se ve reflejado en otros, pienso indefectiblemente en su familia o en el si hubiera podido ocurrir de otra manera. Y así, podría seguir contándoles casos y casos, es ahí donde puedo decir que no tengo de esa madera a la que hacía referencia mi profesora, que carezco de ese plumaje de quienes pueden cruzar el pantano y salir inmaculados y revestidos de insensibilidad.

Aunque siempre resulta tentador definir qué es un perito, entre el propio gremio este término rápidamente encuentra sus límites, pues se reconoce la necesidad de diferenciar al perito habilitado del especialista. Manera rigurosa de clasificar la expertis. Nuestros propios sistemas jurídicos se refieren, por ejemplo, a ciencia, arte, técnica u oficio, y distinguen, en general, las profesiones regladas del resto. Aunque considero que un perito debiera definirse, estipulativamente, menos en sí mismo y más como el vector de una respuesta a una solicitud de conocimiento -no todo, y no sólo, aquello que de una manera u otra conforma la empresa científica y especializada es fiable o garante-, es decir, reconocer a los forenses con posesión de su sólida experiencia, de su formación específica, sí, pero también suficiente y adecuada en la materia requerida como para poder exponer y defender delante de un tribunal sus argumentos, demostrando así su eficiencia contrastada y su competencia.

Pero como he venido señalando, la madera del perito no radica únicamente en su sapiencia ni profesionalización; quizá las fortalezas de un perito forense no debieran estar asociados a la rigidez o a la frialdad, más bien se vinculan con valores opuestos como la sensibilidad y la conciencia, la empatía. Peritos que estén dispuestos a asumir los costos emocionales que van implícitos en los asuntos delicados y pagar el duro precio de vivir con el recuerdo de aquellos a los que les arrastró la injusticia.

Si se coincide con esta idea y se quiere ejercer bajo este postulado, lo primero que se debe reconocer es que la calidad humana es igual o más importante que la calidad profesional. Esforzarse por ser un gran perito, pero también esforzarse por ser mejor persona. Ejercer como un perito con visión humanista dará de comer, pero también quitará el hambre, es una tarea difícil en todos los sentidos: mantener la imparcialidad y objetividad es imperante, rebatir contra periciales para conseguir pruebas factuales y relacionales si es necesario, pero buscar la causa justa también es importante, esto no es otra cosa que encontrar una causa de motivación, porque no existe nada más apasionante que trabajar en pos de lo que se considera justo. No me malinterprete, esto no quiere decir que se trata de defender inocentes o castigar culpables, no se trata de idealizar el concepto de justicia, sino de atender los asuntos que por sus particularidades inspiren lucha y defensa de los derechos humanos; dedicarle tiempo a cada asunto es humanizarlo, y hoy en día poco tiempo es lo que tienen los peritos, los oficiales, que están rebasados por cargas de trabajo muchas veces humanamente imposibles; sin embargo, en un servicio humanizado se deben atender pocos casos a la vez, porque será sólo el perito quien asuma esa labor tan delicada de aquellos que ponen su confianza en las pruebas periciales, que esperan su dedicación y esfuerzo para lograr una prueba contundente y sin fisuras en un procedimiento judicial; nunca se debe romper ese compromiso profesional ni la responsabilidad de servicio hacia nuestra sociedad para contribuir al esclarecimiento de hechos posiblemente delictivos, ya que un perito es una persona reconocida como una fuente confiable en un determinado tema, gracias a su profesionalización, a su experiencia y a su compromiso con la verdad.

Como puede notar, tener madera de perito es vivir con intensidad el ejercicio de una profesión. Ser perito de la vieja guardia implica revestirse de una cualidad idealista, un poco necia al considerar que somos una luz de esperanza, un conducto por medio del cual se puede alcanzar la anhelada justicia, ser una persona que al analizar los casos tiene la capacidad de conmoverse pero que sabe tomar decisiones con firmeza y profesionalismo, y, principalmente que tiene la sensibilidad de comprender que en el drama, sobretodo en el drama penal, no hay ganadores ni perdedores, sólo hay seres humanos, víctimas o acusados, que quizá estén pasando por el peor momento de sus vidas. La frase de mi maestra debe cambiar, para ser forenses hay que ser sensibles y empáticos, porque los asuntos se defienden como si fueran nuestros y se pierden como lo que son, nuestros.