Luis Muñoz Fernández.

La repugnancia por los cuerpos de las personas ancianas (que a menudo son también miembros de la categoría de los discapacitados) presente un aura similar: no hay envidia,no hay temor a un poder o inteligencia superior, ni siquiera el miedo a una sexualidad incontrolable o la propensión a la violación, tan solo el horror ante la perspectiva de desintegrarnos y entrar (presuntamente) en decadencia, cerca de la muerte. En las personas “sin discapacidad” también hay alivio, aunque un alivio intranquilo, al observar los cuerpos de los discapacitados: son diferentes, y yo no soy así. Con los cuerpos de los ancianos no existe ese alivio: por mucho que una persona más joven intente confinar a los ancianos en la “otredad”, en cierto nivel sabe que será así en el futuro, a menos que se destino sea, aún peor, una muerte prematura.

Martha C. Nussbaum y Saul Levmore. Envejecer con sentido, 2018.

La duración de la vida ha sido, es, y seguramente será una de las más acuciantes obsesiones del ser humano. Si bien aspiramos a vivir lo más posible, la observación de los muy longevos nos hace reflexionar y preguntarnos si acaso vivir tanto vale realmente la pena. Por eso nos asombra lo que nos cuentan María Blasco y Mónica A. Salomone, bióloga una y periodista especialista en ciencia la otra, en la entrevista que le concedieron al periódico español El País con motivo de la aparición su libro Morir joven a los 140 (Paidós, 2016):

El animal más viejo del mundo vivió 507 años. Fue una almeja de Islandia que había nacido en 1499, antes que Miguel de Cervantes. Murió en 2006 tras ser recolectada por unos científicos. Un año después, en 2007, apareció en Alaska una ballena boreal con un arpón clavado desde el siglo XIX, sugiriendo que este mamífero puede vivir dos siglos. Y las mariposas monarca, que normalmente sólo viven unas pocas semanas, producen una vez al año una generación Matusalén que alcanza los seis meses de vida para poder migrar desde Canadá a los templados bosques de México.

Me pregunto cómo averiguarían la fecha de nacimiento de la almeja pero, de ser cierta,su longevidad es asombrosa. Y son también sorprendentes los finos ajustes de la maquinaria de la naturaleza para que en el caso de las mariposas monarcaaparezca en el momento preciso del año una camada destinada a viajar tan largas distancias para hibernar en los bosques de oyameles, esas coníferas nativas del centro y sur de nuestro país. Cuanto más conocemos del mundo natural más aumenta la reverencia hacia sus maravillas y, a la vez, crece el sentimiento de triste impotencia ante la posibilidad de que nuestros descendientes no lleguen a gozar de ellas.

María Blasco Marhuenda es una bióloga española que dirige desde 2011 el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid. Formada en universidades y centros de investigación de España y de los Estados Unidos, fue investigadora posdoctoral del famoso laboratorio de biología molecular Cold Spring Harbor en Long Island, Nueva York, en donde fue alumna de Carol Greider, quien junto a Elizabeth Blackburn y John Szostak, recibió en 2009 el Premio Nobel en Fisiología o Medicina “por el descubrimiento de la enzima telomerasa y cómo los cromosomas están protegidos por telómeros”.

Para entender lo anterior, tenemos que remontarnos a la década de 1960, cuando el doctor Leonard Hayflick estudiaba la multiplicación de las células. Tras una serie de experimentos con células pulmonares, llegó a la conclusión que, en condiciones normales, nuestras células podían dividirse solamente unas cincuenta veces. Al llegar a ese número, las células envejecían y morían. Este fenómeno se conoce ahora como “límite de Hayflick” y desbancó la idea previa de que nuestras células eran inmortales, hipótesis defendida por Alexis Carrel, médico y científico controvertido que inventó las suturas vasculares que hoy permiten los trasplantes de órganos y que ganó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1912. Sólo son inmortales células anormales como las cancerosas.

El material genético que se encuentra en el núcleo de cada una de nuestras células está formado por una molécula filamentosa que tiene forma de doble hélice y que , como todos sabemos, está compuesto por ácido desoxirribonucleico o ADN. Ese filamento, dependiendo de las necesidades de la célula, puede estar desenrollado, para que la información que contiene pueda ser aprovechada, o enrollado, formando unas estructuras que conocemos como cromosomas.

Recordemos que cuando un célula va a dividirse “empaqueta” su material genético formando una estructuras que llamamos cromosomas, cuyo número por célula es siempre el mismo en condiciones normales. Las células humanas tienen 46 cromosomas, salvo las células germinales como óvulos y espermatozoides, que tienen justamente la mitad, es decir, 23 cromosomas.

Cada vez que una célula se divide se acortan los extremos de sus cromosomas llamados telómeros. Y que cuando el acortamiento de los telómeros llega a cierto punto, la célula deja de dividirse, acumula cambios por envejecimiento y muere. Todas nuestras células tienen una proteína que se llama telomerasa, que se encarga de alargar los telómeros cada vez que estos se acortan, de modo que puedan continuar dividiéndose.

Tanto las células embrionarias, que necesitan dividirse muchas veces al principio de nuestra vida, como las células cancerosas, que ya mencionamos, tienen una telomerasa muy activa y eficaz. En cambio, nuestras células adultas tienen una telomerasa inactivada. Eso explica que los telómeros vayan acortándose sin remedio conforme la célula se divide y que, tras alcanzar el límite de Hayflick, nuestras células envejezcan y mueran, tal como nos pasa a nosotros también.

Son precisamente María Blasco y sus colaboradores uno de los equipos de investigación más destacados en el estudio de los telómeros y la telomerasa. El pasado lunes 8 de julio de 2019 publicaron un artículo en la revista Proceedingsde la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos en donde demuestran que la velocidad con la que se acortan los telómeros permite predecir con gran precisión y fiabilidad la longevidad de una especie.

No es pues la longitud de los telómeros lo que determina la duración de la vida, sino la velocidad con la que se acortan tras cada división celular: “los telómeros en cada una de las células de un ratón miden cinco centímetros, mientras los de los humanos apenas 4.3 milímetros. Sin embargo, los humanos vivimos 30 veces más”, explica Blasco al periódico El País en donde también leemos que el trabajo publicado por el equipo de María Blasco (que midió por primera vez la velocidad de acortamiento de los telómeros en diferentes especies)“detalla que los ratones pierden 7.000 pares de bases –unidades teloméricas– al año, mientras que en un humano la velocidad es 100 veces menor. El trabajo presenta una pirámide de esperanzas de vida conforme a la velocidad de degradación de los telómeros que está coronada por los humanos, la especie analizada más longeva y la que tiene también menor velocidad de acortamiento. Le siguen los elefantes de Sumatra (60 años de vida media), flamencos (40), buitres leonados (37), gaviotas de Audouin (21), delfines (17), cabras (16), renos (15) y ratones (2), de largo los que más rápido consumen su material genético protector”.

Para Pedro de Magalhaes, investigador de la Universidad de Liverpool, lo publicado por María Blasco parece establecer una asociación (que se tendrá que confirmar en más especies) entre la velocidad del acortamiento de los telómeros y la longevidad. Sin embargo, no se puede afirmar todavía que se trata de una relación causal. Por tanto, el uso de medicamentos que afectan esa velocidad todavía no debe implementarse porque puede tener efectos peligrosos. En lugar de eso, Elizabeth Blackburn, descubridora de la telomerasa, nos aconseja que para reducir el impacto de los factores externos en los telómeros que acelera el envejecimiento hagamos lo siguiente: “dormir bien, tener una buena actitud, no fumar, no beber demasiado, comer una dieta mediterránea y hacer ejercicio”.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com