Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La tristeza y la indignación y el luto y la incriminación no se excluyen.

(Adagio en mi país (fragmento)

En mi país, qué tristeza,
La pobreza y el rencor.
Dice mi padre que ya llegará
Desde el fondo del tiempo otro tiempo
Y me dice que el sol brillará
Sobre un pueblo que él sueña
Labrando su verde solar.
En mi país qué tristeza,
La pobreza y el rencor…
Alfredo Zitarrosa)

Los hechos son terribles, contundentes. La responsabilidad criminal. Lo acontecido en la línea 12 del Metro en la Ciudad de México no fue un accidente, un accidente es un evento inesperado, que no se puede prever y que, en general, provoca daños, lesiones o consecuencias negativas. El desplome de la columna y de la trabe en la estación Olivos es un hecho ilícito, un delito y no culposo o de imprudencia, sino lo que la doctrina penal llama preterintencional, en el que el responsable se representa (tiene noción) del resultado dañoso que se puede causar y decide seguir adelante con su conducta sea cual sea el resultado que se produzca.
En las horas subsecuentes al evento se ha divulgado profusamente material que prueba más allá de cualquier intento de justificación, que las autoridades de la Ciudad de México, tuvieron conocimiento del riesgo que implicaba seguir operando la línea 12. El austericidio al que nos ha conducido las decisiones perversas del presidente Andrés Manuel López Obrador, privilegiando sus ocurrencias en detrimento de programas fundamentales de gobierno, como la salud, la educación, la ciencia y la tecnología, la seguridad, etc., ha provocado ya desastres, muchos de ellos más graves, pero ciertamente menos aparatosos que el desplome del Metro. La inundación de buena parte de regiones pobladas de Tabasco para librar el área del proyecto anacrónico de la refinería de Dos Bocas; el pleito emprendido contra los laboratorios y distribuidoras de medicinas que ha tenido como resultado inmediato el desabasto de productos medicinales básicos y la afectación de un sector, que debiera ser preferente, que es la niñez y en particular de los pacientes de cáncer, la testarudez del presidente y lo falaz de su comportamiento ha producido muchas muertes que no sólo se podrían evitar, sino que se “debían” evitar; los dislates en la educación entre ellos el más reciente de “reinventar” en quince días la historia y cultura de nuestro país no son ni originarios ni exclusivos de la 4T tienen claramente antecedentes en los regímenes totalitarios y fascistas de Hitler, Mussolini, Stalin y más cercanos Castro, Chávez y Maduro y tendrán la consecuencia de un terrible atraso a corto, mediano y largo plazo, un costo que el país tardará mucho tiempo en solventar; la desaparición de los programas básicos del CONACYT lo han dejado convertido en un cascarón que proscribe la ciencia “conservadora y neoliberal” y estimula la proclive a la 4T, reduciendo drásticamente los apoyos e inversiones que debería ser un área preferente para el desarrollo del país; la distracción de las fuerzas armadas para atender sus ocurrencias prioritarias, con el pretexto de ahorrar y combatir la corrupción, ha tenido como resultado inmediato y directo que abandonen lo que debería ser su tarea fundamental y que ahora mismo, el 35 por ciento del territorio nacional se encuentre controlado por grupos de la delincuencia organizada, según datos duros de organismos internacionales que manifiestan su grave preocupación.
El evento de la línea 12 se muestra incontrastablemente como una metáfora de lo que ocurre en nuestro país. No la suma, sino la resultante de diferentes hechos de corrupción que dan como resultado una catástrofe. La decisión de llevar a cabo una obra emblemática, llámesele línea 12, estela de luz, o aeropuerto de Santa Necia, se adereza con la inefable regla de la alta burocracia: “haz obra, que algo sobra”. La participación de constructoras con una clara vocación política de contubernio que se pliegan a los caprichos o “requerimientos” de la política y no de la ciencia o de la técnica. Se sabe que la línea 12 habría de ser subterránea pero la premura para la inauguración, derivada de “necesidades” políticas de Marcelo Ebrard, determinaron realizar un tramo elevado que, debería ser más barato pero que no se reflejó en un ahorro para la obra; la oportunidad para el “negocio” se presentó con la compra de trenes que no eran compatibles con las vías o viceversa y en lugar de cambiarlas, en el clásico “ai se va” se hicieron ajustes sobre la marcha en los ejes y ruedas, lo que de entrada ya daba un déficit de eficiencia que se reflejó en la velocidad de los convoyes, muchos incidentes más se superaron con la “habilidad” de las autoridades mexicanas para solventar los contratiempos: lo importante es salvar el negocio y la oportunidad política. ¡Qué importa que señaladas las lacras de planeación, ejecución y puesta en marcha de la obra, hayan propiciado que el señor Ebrard y su tesorero, ahora presidente de MORENA hayan tenido que hacer mutis durante algunos años, suficientes para que prescribiera la responsabilidad!
Sabemos que hubo alertas, que hubo señalamientos concretos, que se difundieron comunicados y mensajes que advertían la necesidad urgente de dar mantenimiento a todo el sistema de Transporte Colectivo: el incendio del control central, los alcances y choques, el cierre temporal de algunas estaciones y los problemas técnicos de operación lo presagiaban. Las autoridades se cerraron, entre las prioridades no estaba el mantenimiento: la promoción, la imagen, la propaganda son prioritarias y también los aportes a las obras preferentes del Presidente.
Luego del accidente se han prodigado los mensajes de duelo, de condolencias y los señalamientos vagos del tipo “investíguese hasta sus últimas consecuencias, caiga quien caiga”. Entre el alud de mensajes nacionales y del extranjero fue notable el silencio del presidente López Obrador, hasta la mañanera en que, como en la guerra, mandó a la Chambaun y a Marxelo a poner su cara.
Las advertencias, las alertas, los focos rojos en el país están prendidos, pero el “guía” electo por una minoría de ciudadanos que se convirtió en mayoría electoral “ni los ve ni los oye”. Toca el turno a los ciudadanos.

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