Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Un heroico esfuerzo que queda en nada

Y es así cómo, después del estridente berrinche colectivo vociferado por una fanaticada tóxica que no reparó en gastos, actos vandálicos y de notoria agresividad que pusiera de rodillas a la Warner Bros. para permitirle al exiliado director Zack Snyder mostrarle al mundo su corte original sobre “La Liga de la Justicia” después que el mando de dicha producción le fuera negado y dado a Joss Whedon tanto por el descontento del famoso estudio ante los pobres resultados que mostró en “Batman v. Superman” como por el trágico suicidio de su hija Autumn, aquí está lo que dichos aficionados seguro esperaban fuera la reivindicación del Universo Expandido de la DC en cine ante los desiguales resultados producidos, curiosamente, por el mismo Snyder, convencidos de que en la laptop de este director donde él aseguraba guardaba en su disco duro tal proyecto les aguardaba el equivalente cinematográfico-comiquero del Vellocino de Oro. Y justo es decirlo, se trata de una obra con aspiraciones autorales que mejora -por muy poco- lo visto anteriormente, ya que se trata básicamente de la misma historia pero engrosada tanto por un obsceno abuso del ralentí como por escenas que expanden y profundizan en las vidas y orígenes de algunos personajes (como es el caso de Cyborg, muy ninguneado en el corte de Whedon) dotando de cierta sustancia a sus caracteres pero aportando muy poco a una trama que no pierde su diluida inercia argumental y trato majadero a la psicología y motivaciones de sus protagonistas, pues hablamos de figuras insignes en el mundo de los cómics y en el real, donde su estatus de íconos culturales rebasa su mera estampa, pero aquí manejados como simples marionetas que proceden según la conveniencia de la trama sin genuina fuerza o dimensión.
Las primeras dos horas procuran fijar el tono y plástica de la cinta, combinando una paleta de colores terrosa con fríos grises acerados que no luce sombría o amenazante, pero sí apta para los tibios acontecimientos que plantea. La línea argumental no difiere mucho a lo ya visto: un villano llamado Steppenwolf (Ciaran Hinds) proveniente del planeta Apokolips procura reunir tres cubos llamados Cajas Madre otorgados hace siglos para su cuidado a los Atlantes, a las amazonas de Temiscira y a los hombres, todo en nombre de Darkseid, el cruel tirano de ese mundo. Para detenerlo, Batman (Ben Affleck) y la Mujer Maravilla (Gal Gadot) procuran la formación de un grupo capaz de frenar al extraterrestre y sus huestes invasoras (denominadas “Parademonios”) reclutando a otros metahumanos o seres con capacidades físicas y mentales formidables, como es el caso de Aquaman (Jason Momoa), cuya naturaleza huraña lo orilla a negarse en un principio; Flash (Ezra Miller), el hombre más veloz del mundo perseguido por la angustia de tener a su padre (Billy Crudup) en prisión acusado de un crimen que no cometió y Cyborg (Ray Fisher), un joven cuyo padre científico (Joe Morton) tuvo que reemplazarle varios miembros anatómicos por piezas de alta tecnología para salvarlo después de un terrible accidente. La motivación de Batman para esta empresa, además de enfrentar a Steppenwolf, es la de expiar su culpa por contribuir en la muerte de Superman (Henry Cavill), un acto que encontrará resolución en el tercer acto de la cinta cuando el Hombre de Acero logra revivir gracias a las Cajas Madre, aunque no en sus completos cabales.
Es indudable que Snyder tiene corazón de geek, pero eso no basta para que en su ejercicio como creador cinematográfico flaquee en materia relevante como sustancia emocional, la cual suple o confunde con una suerte de números musicales que semejan la playlist de un millennial deprimido (la secuencia donde Flash le salva la vida a su futura esposa, Iris Allen, pretende encapsular lírica con emotividad empleando una fabulosa canción de Nick Cave, pero el conjunto se ejecuta casi de forma risible y absurda) ejecutados con el acostumbrado y ahora sobrado gusto por el ralentí de Snyder o un supuesto sondeo en la psicología de los personajes mediante diálogos forzados e incluso anacrónicos por la supuesta oscuridad o abatimiento que deben expresar (a modo de epílogo, el director nos sitúa en un futuro distante donde Batman entabla un risible intercambio verbal con el Guasón -Jared Leto- con intercambios melodramáticos como “Ten cuidado con lo siguiente que digas” o “¿Cuántos ojos muertos puedes ver antes de que tú mismo mueras por dentro?”). La firmeza con que Snyder pretende cimentar su universo heroico queda al final en nada por rizar demasiado un rizo que ya pecaba de barroquismo, incapaz de mediar o contener sus propios excesos, pues lo solemne es paroxista, lo dramático siempre desborda en la tragedia y lo divertido se exacerba hasta rayar en la sangronada (aquí mucha culpa tiene el bufonesco y pesado trazo que se hace de Flash, con un Ezra Miller que simplemente no posee ni gota de bis cómica).
Este esperadísimo corte de Zack Snyder sólo repunta su habilidad como esteta y por ello urge verle un trabajo alejado de cualquier matiz fantástico para testificar su habilidad como narrador y cineasta, pero por lo pronto, este filme producto de una necedad colectiva nerd es, a fin de cuentas, completamente intrascendente por su inhabilidad de contar algo que valga la pena.

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