Hace unos días, la niña Camila, de 8 años, fue asesinada en Taxco, supuestamente por una amiga de su mamá que la había invitado a una alberca en su casa. A la madre de la niña se le hizo creer inicialmente que había sido secuestrada, dado que le exigían dinero por su liberación, pero muy pronto, con ayuda de los vecinos que tenían cámaras alrededor de la casa a la que fue invitada la menor, se pudo constatar que la niña había llegado feliz a la casa de la amiga y salió de ella sin vida en una bolsa negra.

Aparentemente, la niña murió por estrangulamiento y el cuerpo fue arrojado en una carretera cercana. Pronto localizaron el cadáver y la indignación de la familia, vecinos y amigos creció de manera desmedida, la cual culminó con el linchamiento y muerte de la presunta homicida y sus dos hijos, que quedaron graves.

Todo ello ante unos policías que se limitaron a contemplar la escena, intentando llevarse, sin muchas ganas, a los agredidos. Tampoco se les ocurrió llevar a un hospital a los atacados, que habían quedado en muy mal estado.

Llama la atención el grado de violencia en ambos acontecimientos. El asesinato de Camila refleja una brutalidad y carencia total de valores por parte de los presuntos infanticidas (dado que no hubo investigación y juicio, no se tiene la certeza). De igual forma, su linchamiento fue de un salvajismo desmedido.

En medio de todos estos acontecimientos lamentables sobresale una incapacidad, y en ocasiones, ausencia total por parte de las autoridades municipales y estatales, lo cual confirma que tanto el Estado de Guerrero como varios municipios de esa entidad, tales como Taxco, Acapulco, Iguala y Chilpancingo, entre otros, tienen gobiernos fallidos. Lo que impera en Guerrero es la ley de la selva.

¿Qué está produciendo en México este fenómeno? ¿Qué hemos hecho tan mal como sociedad que ha producido a estos personajes deleznables? Parte de la respuesta es la ausencia de estado de derecho, lo cual permite la impunidad y, por lo tanto, el que se cometan delitos sin temor. Otra parte es la descomposición moral de la sociedad, la deshumanización y la falta de empatía, derivados del fracaso educativo y familiar.

También influye el hecho de que sectores de la sociedad deliberadamente promueven el salvajismo. Por ejemplo, la delincuencia organizada tiene métodos de reclutamiento y formación que logran deshumanizar a los sicarios desde muy pequeños. Los enseñan a cometer todo tipo de atrocidades que luego exhiben en redes sociales. A los sicarios que se resisten simplemente los eliminan. ¿Será que esta descomposición ya permeó a otros sectores de la sociedad? Probablemente, porque ante la impunidad, cualquier comportamiento se vale.

En México, este fenómeno se está fortaleciendo gracias a gobiernos fallidos y la ausencia de estado de derecho. Por ello, las expresiones de violencia están creciendo. No solo son los más de 180 mil asesinatos que van en este sexenio; los más de 100 mil desaparecidos durante varios sexenios; y la violencia en calles y carreteras por incidentes de tránsito, robos y extorsiones.

También la violencia contra la población debida a las malas políticas gubernamentales en materia de salud que causaron más de 800 mil muertos en la pandemia, el dejar sin vacunas a niños, sin medicinas a los enfermos y sin tratamientos contra el cáncer, etc., ocurridas por negligencia o incapacidad de las autoridades. Por otra parte, también está la violencia cotidiana en los hogares, la cual produce feminicidios e infanticidios.

Es tiempo de reflexionar cómo podemos transitar a un país libre de violencia, empezando por los hogares y luego en círculos concéntricos por el resto de los estratos de la sociedad. Debemos construir una sociedad que recupere la compasión y elegir gobiernos que ayuden a recobrar esa humanidad perdida, para que lo sucedido en Taxco no se convierta en un acontecimiento cotidiano.