Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El título “La Isla de la Fantasía” siempre resonará entre aquellos que crecimos en la mágica y excesiva década de los 80’s por ser uno de nuestros catalizadores imaginativos más recurrentes sustraído de la pingüe programación televisiva por los entonces chavales que devorábamos con fruición todo lo que la televisión tenía a bien regurgitarnos, sobre todo las series norteamericanas programadas en horarios moderadamente nocturnos que eran la delicia de jóvenes y adultos debido a su variedad de temas y contenidos (una revisión a cualquier TeleGuía de aquel entonces constatará esto), pues la mesa catódica nos servía desde Autos Increíbles hasta Dinastías o Caminos al Cielo. Pero “La Isla de la Fantasía”, teleserie creada por Gene Levitt en 1977, magnetizaba a la audiencia frente al televisor tanto por su estructura antológica que permitía que cada episodio desplegara un cúmulo de historias como por su actor protagonista, el mexicano Ricardo Montalban que, con todo y sus manías o gusto por la sobreactuación, le daba un aire aristocrático a su papel, el mítico e insondable Señor Roarke, siempre acompañado de su minúsculo valet Tattoo (Hervé Villechaize) y encargado de cumplir todas las fantasías -razonables y aptas para toda la familia, por supuesto- que los huéspedes que arribaban a su maravillosa isla tropical pagaran y tuvieran.
Ahora la mirada es otra, pues los encargados de la compañía Blumhouse (responsables de varios títulos exitosos de horror contemporáneo) han decidido que las enseñanzas moralinas o los conflictos maniqueos no tienen cabida en una puesta al día del añejo formato tan aceptado en su momento porque, y aquí estoy especulando, no es lo que los millenials o Zetas quieren ver, por lo que esta versión para cines es un filme de terror con ciertos toques gore que, en lo particular, me parece una premisa con muchas posibilidades debido al aura de misterio que siempre envolvió tanto al protagonista de la serie como a la isla misma (caray, hasta hubo un episodio en el que Roarke se enfrentó al mismo Satanás, interpretado por Roddy McDowell). Desafortunadamente el proyecto cayó en manos del equipo creativo responsable de la atroz “Verdad o Reto” (2018), liderado por el torpísimo director y guionista Jeff Wadlow, así que la cinta se va al diablo.
La estructura es semejante a la de la serie: cinco vacacionistas llegan a la idílica isla invitados por el Señor Roarke (ahora interpretado por Michael Peña) para que cumplan sus más caros sueños. Entre ellos se encuentra una asiaticoamericana llamada Gwen (Maggie Q) que busca corregir un error del pasado cuando rechazó una propuesta de matrimonio, la rencorosa Melanie (Lucy Hale) con afanes de venganza contra una bully que le hizo la vida imposible en la preparatoria, el silencioso Patrick (Austin Stowell) quien alberga la esperanza de ser un soldado igual de valeroso que su padre y los atarantados hermanos Weaver, Brax (Jimmy O. Yang) y J. D. (Brian Hansen), quienes sólo buscan un reventón desenfrenado con mujeres y alcohol. Por supuesto, sus fantasías no saldrán como esperan y poco a poco se verán inmersos en una red de muertes y actos violentos (bueno, no tan violentos, pues esto es clasificación B) a raíz de la naturaleza mística de la isla e instigados por el propio Roarke por motivos que se guardan al final como una vuelta de tuerca la verdad muy manipuladora y algo tonta.
La cualidad misma de la serie como objeto de culto no basta para sostener esta mediocre adaptación que no decide si se va por la vía facilona del humor gringo bobalicón o el horror de supervivencia marca XBOX. Ni siquiera la aparición del siempre bienvenido Michael Rooker como un deus ex machina humano en un guion bastante perezoso para prescindir de uno logra sacudir el sopor que este rutinario y bastante ñoño ejercicio en terror pueril produce. Añadido al desabrido caldo son las patéticas actuaciones -incluida la normalmente eficaz Maggie Q, a quien espero le pagaran bastante por la molestia- que llevan a cuestas personajes mentalmente disminuidos, pues todas las decisiones o acciones que toman son siempre las incorrectas, amén de no ser más que clichés vivientes que deambulan sin ton ni son. Esta versión de “La Isla de la Fantasía” debería perderse en un mar remoto sin que alguien la rescate.

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