Para el cierre del año pasado, las variables macroeconómicas de Argentina, ponían a la economía del país en una encrucijada. El 2018, concretaba el cuarto año, de los últimos siete, que representaba una contracción de economía – 2.5 por cierto-. El desempleo y la pobreza continuaban su alza y no se visualiza un cambio de tendencia.

Sin embargo, el aspecto que más incertidumbre ha generado en el país y a los inversionistas internacionales, ha sido su falta de capacidad para controlar su inflación. Para el cierre del año, se ubicó en 47.6 por ciento. Actualmente continúa con incrementos en doble digito.

El gobierno comandado por Macri, decidió basar su estrategia contra el alza generalizada de los precios, en dos herramientas de política monetaria. La primera de ellas, fue utilizar los fondos de gobierno como el principal motor para reactivar su económica (¿Dónde hemos escuchado esta idea?). Esta acción también fracasó, logrando solamente un considerable aumento en su déficit fiscal. La mano de gobierno, si bien es importante para el desarrollo de una economía, es el propio mercado quien debe de ser el principal impulsor de la misma. La capacidad del gobierno de brindar infraestructura, servicios y condiciones favorables a la Iniciativa Privada, debe ser su principal objetivo económico.

En segundo lugar, se decidió agilizar el incremento de sus tasas de referencia. Como ya hemos comentado, este aumento ocasionaría una desaceleración de su economía, lo que permitiría controlar la estabilidad de precios.

La estrategia funciona, siempre y cuando sea vista en un mediano y largo plazo. Esta fue la equivocación que cometió el gobierno argentino. La Banca Central de la República de Argentina, con su total “autonomía”, elevó considerablemente su tasa de interés, buscando frenar la inflación que les aquejaba.  Esto fue un total fracaso, por el horizonte que contenía la maniobra.

En el corto plazo, ésta no puede contenerse, sin importar qué tan estricta sea una política monetaria. Los efectos secundarios, sitúan al peso argentino más vulnerable a cualquier medida implementada, la cual no sea bien absorbida por los inversores y estos retiren su llamado capital golondrino.

Esta hiperinflación, ha ocasionado un severo conflicto distributivo en el país. La mayoría de los trabajadores, exigen un aumento en sus salarios que les permita poder hacer frente a la caída en el poder adquisitivo, que arrastra casi cuatro años continuos.

En este contexto, el gobierno de Macri continúa realizando anuncios sobre la implementación de su política monetaria; sin embargo, no reducirán las expectativas inflacionarias, como ha pasado en los últimos tres años. Como era de esperar, la inflación ha vuelto a subir en los últimos meses. La situación es cada día más complicada.

Se tiene muy poco tiempo para remediar la situación, ya que para el 2020, la deuda se incorporará al coctel de malestares que amenazan la economía. La próxima administración, ya que este año se presenta elecciones presidenciales, tendrá la difícil tarea inicial de lograr convencer a los mercados internacionales de crédito, que el país tendrá un rumbo distinto y podrá dejar de ser uno de los más endeudados.

En caso que no se logre este cometido, se presentará un severo problema de deuda. En ese escenario, un mayor costo de traspaso de deuda sería letal para la economía, pues las autoridades tendrían que asignar una mayor proporción de los estancados ingresos del país en moneda extranjera para pagarla.

Es indispensable que el gobierno entrante, logre cambiar de rumbo las políticas macroeconómicas actuales. Si bien es cierto que no existe una receta que logre un crecimiento económico sostenido, el poder ver algo diferente en la toma de decisiones, pudiera al menor otorgar una oportunidad al país de mejorar la situación presente.

De caso contrario, su caída del poder adquisitivo y su inminente crisis de deuda, los sumergiría en pozo, del cual tomarían lustros para salir. Este entorno no es nuevo para el pueblo argentino.

Referencias:

 

 @GmrMunoz