En días pasados, un lector de esta columna, a raíz de lo que escribí la semana pasada (“El animal humano”), me preguntaba extrañado si creía que los animales no humanos tienen inteligencia. Se refería a la cita de Mark Bekoff, experto en la mente animal, y Jessica Pierce, filósofa y teóloga, que aparecía en mi texto: “estamos en un momento en que los animales ganan protagonismo. […] Las investigaciones sobre la inteligencia animal y emociones animales interesan a disciplinas que van desde la biología evolutiva y la etología cognitiva, hasta la psicología, la filosofía, la antropología, la historia y los estudios religiosos”.

Un buen punto de partida para acercarnos a este tema tan complejo son las palabras del afamado primatólogo neerlandés Frans de Waal: “¿Y por qué nuestra especie es tan proclive a infravalorar la inteligencia animal? De manera sistemática les negamos aptitudes que damos por sentadas en nosotros mismos. ¿Qué hay detrás de este proceder? A la hora de averiguar a qué nivel mental operan otras especies, el auténtico desafío no reside en los propios animales, sino en nosotros mismos. […] Antes de preguntarnos si los animales poseen cierta clase de inteligencia, especialmente las facultades que valoramos en nosotros mismos, tenemos que vencer nuestra resistencia interna a siquiera considerar la posibilidad”. Ahí está en buena parte la clave.

Si la capacidad de ponernos en el lugar del otro escasea entre nosotros, cuando se trata de otra especie animal, dicha capacidad es prácticamente inexistente. Algunos, como el filósofo Thomas Nagel, consideran que es imposible, ya que los sentimientos y la conciencia son subjetivas y no pueden compartirse. Sin embargo, existen intentos interesantes. Charles Foster, abogado, experto en ética con profundos intereses en medicina veterinaria y zoología, escribió un libro titulado “Ser animal. Aventuras a través de lo que separa a las especies” (2017). Y Tim Birkhead, ornitólogo, publicó “Los sentidos de las aves. Qué se siente al ser un pájaro” (2014).

Se podrá señalar que lo descrito por ambos no pasa de ser un esfuerzo de la imaginación sustentado en nuestros conocimientos sobre la conducta y la cognición animal, con la ayuda de dispositivos tecnológicos que nos acercan de manera indirecta a un mundo sensorial más o menos distinto del nuestro. Es cierto, aunque la imaginación respaldada por la ciencia es hoy por hoy el único recurso que tenemos para aproximarnos a este profundo misterio.

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