Sandra Yesenia Pinzón Castro

Hace unos días, en un evento universitario, hablábamos sobre la importancia del mes de mayo, porque en él celebramos a todas las figuras y etapas que hacen que una sociedad prolifere, se desarrolle y progrese: la gestación y la crianza; el aprendizaje y la enseñanza; y, finalmente, el trabajo en condiciones dignas. Celebramos a las madres, a los docentes, a los estudiantes y, durante la conmemoración del Día del Trabajo, a quienes lucharon para que se formalizaran derechos laborales indispensables, así como condiciones de trabajo adecuadas para que los trabajadores tuvieran posibilidades reales de desarrollo social.

Creo que estaremos de acuerdo en decir que lo anterior es más que suficiente para pensar en mayo como uno de los periodos anuales de mayor valor simbólico, en términos de derechos y valores. Y, como si esto no fuera suficiente, también este mes nos obsequia una efeméride de carácter histórico-militar tan brillante y de tan alto orgullo, que nuestros paisanos que radican en Estados Unidos la celebran como la fiesta mexicana más importante: me refiero a la Batalla de Puebla.

Frente a hechos de mucho mayor impacto, como la Independencia y la Revolución, uno puede preguntarse por qué es tan llamativo -sobre todo entre nuestros vecinos del norte- lo que ocurrió el cinco de mayo de 1862. Para responder a ello, vale la pena recordar brevemente los hechos:

En aquellos años, México atravesaba un periodo de crisis, debido a que la Guerra de Reforma había dejado nuestra economía muy desgastada. Eran tantas las dificultades que no teníamos cómo seguir pagando las deudas con países como España, Francia e Inglaterra. Mientras se hacían las negociaciones diplomáticas, las naciones mencionadas desplegaron tropas y amagaron con una intervención bélica de grandes dimensiones; pero al final sólo el Imperio Francés pondría en marcha una invasión que llevaría hasta sus últimas consecuencias.

Cabe destacar que en esa época Francia competía por ser la primera potencia mundial, y el número de sus tropas, armas y municiones le eran suficientes para expandir su influencia y sus territorios. La nación europea no sólo estaba mejor pertrechada y sus militares superaban numéricamente a los nuestros, sino que además, y como ya hemos dicho, México se encontraba sumamente desgastado por las constantes guerras interiores que venían sucediendo recurrentemente desde 50 años atrás.

Siendo objetivos, la república mexicana no tenía forma de resistir una invasión como la que estaba desplegando Francia… Y aquí viene lo heroico y digno de orgullo: a pesar de las sensibles desventajas, la fracción del ejército mexicano que defendía la plaza de Puebla, bajo el mando del General Ignacio Zaragoza, logró mantener la posición y repeler hasta tres veces las acometidas de los franceses, provocando que finalmente se desbandaran.

Con esta defensa de la soberanía, en la que valerosamente cientos de soldados y civiles mexicanos entregaron hasta la vida, nuestro país mostró su enorme bravura, su coraje, su amor a la patria y su compromiso con los valores de nuestros símbolos patrios. Como nación independiente, esta batalla ha sido la más importante que hemos librado frente a potencias extranjeras, por la lección simbólica que les dimos: a costa de lo que sea, no permitiremos que nos arrebaten la independencia que tanto esfuerzo nos costó conseguir.

Regresando a la historia, Francia volvería tiempo después a la carga, estableciendo finalmente a Maximiliano de Habsburgo como emperador de México en 1864. Pero todos sabemos cómo terminó Maximiliano sólo tres años después y en qué condiciones mentales Carlota pasó el resto de su vida…

Como decíamos hace unos momentos, aquella época y aquella batalla en particular, del 5 de mayo de 1862, plasmarían con letras de oro en los anales de la historia el significado que tiene para los mexicanos su independencia y soberanía; su identidad frente a otros países. Así, no es gratuito ni extraño que entre los connacionales que han tenido que dejar la patria se sienta con mayor fuerza esta celebración, porque precisamente estando en territorio extranjero pueden apreciar y extrañar muchas cosas que nosotros, estando aquí, damos por supuestas.

Bien haríamos nosotros también, aquí en México, en devolverle un poco el lustre que ha perdido esa efeméride en los últimos años, para recordar (sobre todo en estos tiempos) que, lejos de polarizarnos y machacarnos en nuestras diferencias, debemos en cambio recordar todo lo que tenemos en común y todo aquello que nos une y nos hace grandes, muy grandes, como nación.